El reto de la Educación Superior en la 4T

El reto de la Educación Superior en la 4T

México se quedó rezagado respecto al resto de América Latina en la cobertura de Educación Superior. Países como Argentina llegaron a integrar a 6 de cada 10 jóvenes en educación superior. En México es la mitad: sólo 3 de cada 10. Por tanto, hay 70 porciento de exclusión en los niveles terciarios de educación. En los ingresos a las aulas universitarias existe un marcado sesgo de nivel socioeconómico. Esto es: los pobres están fuera. Y nos sólo, la marginación es multidimensional, hay un peso con respecto a ser indígena, afrodescendiente, de origen rural y, (aun con los evidentes avances) persiste la condición femenina. En suma, un gran reto en la política de educación superior es la equidad educativa en este nivel.

En América Latina, hay una especial relación entre inequidad educativa y crecimiento de la desigualdad. La desigualdad se acentúa cuando se analiza la conclusión de la educación terciaria: a pesar de que el porcentaje de jóvenes de 25 a 29 años del quintil de menores ingresos que logra concluir la educación terciaria se triplica entre 2002 y 2016, alcanza a solamente el 3.6% del total. Por esa razón, muchos países de América Latina están haciendo importantes esfuerzos no solamente para extender la cobertura de la educación universal, pero también para introducir medidas de acción afirmativa capaces de actuar sobre esas desigualdades y sus mecanismos de reproducción, como, por ejemplo, las cuotas para el ingreso de jóvenes de familias más pobres o que pertenecen a los pueblos indígenas y a la población afrodescendiente en la educación terciaria y en la educación profesional y técnica. Esto es, el reto, en pocas palabras, es extender la cobertura empezando por las capas más pobres y marginadas de la población. Cubrir de abajo para arriba.

El segundo reto es sincronizar la educación superior con la capacidad productiva y con los grandes problemas nacionales. Hacer que las universidades se comprometan con la realidad social del país. Esto es, la combinación de innovación con pertinencia social. Las dimensiones de la calidad pensada desde los efectos o impactos de la educación en la realidad nacional.

En suma, los retos son dos: (1) lograr la ampliación de la cobertura con enfoque de equidad y (2) gestionar la calidad en clave de pertinencia. Para hacer algo así, se necesita un programa nacional de alto impacto que, claro está, requiere de recursos y estrategias que aún están ausentes. Es sintomático que las instituciones de educación superior no están en los programas prioritarios de este gobierno. La Ley de Educación Superior se ve con buenos ojos y representa algunos avances, sin embargo, falta pasar de este marco normativo al prometido Programa Especial de Educación Superior, anunciado en el Plan Nacional de Desarrollo. Pero las estrategias o promesas que no están expresadas en el Presupuesto, son palabras que se lleva el viento, y para el 2020 la educación superior está muy precarizada, nada que tenga que ver con un ambicioso programa de cobertura con enfoque de equidad. Una cosa es segura: sin una política progresista de educación superior no habrá transformación alguna.

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