Iglesias evangélicas contra la descolonización en América Latina

Iglesias evangélicas contra la descolonización en América Latina

¿Cómo es posible predicar a Jesús y al mismo tiempo predicar el racismo o el odio? ¿Cómo ha sido posible esta alianza entre iglesias cristianas y las más abyectas causas? En el caso de América del Sur las oleadas de iglesias evangélicas han traído como consecuencia la derechización social, que rompe toda teoría que haga venir las ideas políticas de la posición social que se tenga. La penetración religiosa del fenómeno al que nos vamos a referir rompe la relación ideas-posición social. El evangelismo contemporáneo tiene su especificidad, distinto al conservadurismo histórico católico, y aun el protestantismo originario, luterano o calvinista.

El catolicismo conservador histórico viene de una alianza de dos rasgos que se juntaron en lo que los sociólogos de la religión llamaron ‘Cristiandad’ (que es la forma histórica que tomó el cristianismo después del siglo V): sociedad jerárquica con el mando de la nobleza y teología basada en la metafísica griega. Esa iglesia vio a los movimientos republicanos como peligrosos e injustos, porque destruían el orden social-natural que era, claro está, jerárquico (hiera-arquia: el orden de lo sagrado o lo real). La Cristiandad produjo grandes sumas teológica basadas en pensadores griegos, no en investigaciones bíblicas o en investigaciones históricas. La institución generó un catecismo u ortodoxia doctrinal que dictaba la jerarquía eclesial para todo el mundo: se homogenizaba lo que debía enseñarse y creerse. Dicho catecismo, aun con eso, no era arbitrario, se fundaba en elaboraciones teológicas complejas, discusiones arduas y acuerdos finales.

Cuando surgió el movimiento protestante en Alemania del siglo XVI, se regresó a la Biblia que se tradujo a lenguas domésticas (Lutero personalmente hizo la traducción al alemán) y se fue abandonando la antigua versión en latín (vulgata). El pueblo empezó a leer directamente los textos bíblicos: pentateuco, históricos, profetas, sapienciales, los evangelios, Pablo, y los pocos textos no paulinos. Y surgieron las dos consignas que determinaron para siempre al movimiento evangélico: solo scriptura y sola fide. La fe y las escrituras son las que salvan. No hay magisterio de autoridades las que determinan lo que debe creerse o enseñarse. Una cosa buena de este movimiento fue el nacimiento de la teología bíblica, y se produjeron teólogos de gran calado. Pero se produjo también una dinámica que no pudo controlarse: la libre interpretación de los textos de acuerdo al estado de fe. La libre interpretación traerá consecuencias impredecibles.

Pues bien, tanto en la escolástica católica como en el evangelismo histórico, no parten de Jesús, sino de doctrinas metafísicas en la primera, y de formas de fe modernas (hiper subjetivas) en el segundo. La segunda inició la posibilidad de manipulación al infinito de los textos sagrados: los intereses de los que predican y los estados subjetivos de los miembros de esas iglesias que se reproducían, determinan las consignas que expresaban los patrones de conducta de dichas iglesias. En ambos casos se parte del abandono de Jesús de la historia. Este último implica interpretar los textos sagrados no desde un determinado estado emocional o cierta ontología, sino de una rigurosa investigación histórica y filológica para saber qué realmente se quiso decir en esos textos al momento de ser escritos. El rigor histórico y filológico elimina la famélica y arbitraria interpretación de la emocionalidad desbordada que, a su vez, es manipulada por intereses terrenos bastante pedestres.

Las iglesias que llegan por oleadas en toda América Latina no son las comunidades calvinistas históricas de puritanos que ahorraban y potenciaban el capitalismo (como lo dice Weber), sino pentecostales enloquecidos que llaman a la emocionalidad carismática. El asunto es que los contenidos religiosos que gestionan están separados de la historia, le ética y el proyecto de Jesús. Pastores pentecostales y carismáticos (a diferencia del protestantismo histórico, o el de su antecedente metodista o bautista) no necesitan prepararse en teología o filología del siglo primero, ni exégesis o estudios rigurosos en sagradas escrituras. Así las cosas, la emocionalidad se conecta con el estado de ánimo político de las comunidades ‘cristianas’ que constituyen esas iglesias. Si son comunidades blancas que se les causa molestia la migración de pueblos del sur, conectan ese estado de ánimo con las emociones ‘del espíritu’ en los trances litúrgicos; y el resultado es la idea que el espíritu les dice que hagan la guerra contra la migración. Además del tradicional discurso conservador de esos grupos, que los predispone a posiciones poco evangélicas. Por ello, observamos que son iglesias cristianas que promueven el odio, racismo y violencia abierta (al diferente) sin control. En Bolivia observamos el discurso de odio a los indígenas con el pretexto de que su religión es ‘de satán’ que alude a fuerzas de la naturaleza, a la Pachamama.

Las oleadas de los grupos evangélicos de estas características devastan las identidades culturales que ofrecen la cohesión que requiere la resistencia a las formas de dominación neo-colonial. En este contexto, si el protestantismo histórico fue el impulso a la ética del capitalismo (Weber), las oleadas evangélicas se constituyen en fuerzas de la neocolonización, y por lo mismo, se declaran enemigas del movimiento inverso: la des-colonización. Para que las iglesias cristianas se conviertan en fuerzas de la opresión neo-colonial, se requiere que transiten por un paso previo necesario: el olvido del Jesús de la historia, su teología y su proyecto liberador. Son iglesias que se definen claramente contra la descolonización.

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