Los esposos de hielo cultivaban gladiolos

Los esposos de hielo cultivaban gladiolos
Egon Schiele. 'Los amantes II'. 1917. Museo Österreichische Galerie Belvedere, Viena.

La Gualdra 405 / Río de Palabras

 

 

La pareja plantó gladiolos y notó que la tierra era buena, entonces continuó con hortensias y margaritas.

Entre raíces, abono y tijeras de podar, ella pensó que la mayoría de las flores tenía un nombre de género femenino: dalia, alcatraz, malva, maravilla, rosa, azucena, violeta.

Él, como si fuera capaz de leer los pensamientos de su esposa, enumeró mentalmente algunos nombres masculinos: crisantemos, narcisos y jacintos. También distinguió nombres compuestos y abstractos: manos de oso, nochebuena, nomeolvides, pensamientos, etcétera.

Mientras observaban sus cultivos, la pareja decidió que no tendría hijos. El vientre de la mujer no daría vida a niñas con carita de alhelí ni a varones con las manos doradas como el trigo.

El abrazo entre ellos no fue siempre necesario. El mundo vegetal les había mostrado otro tipo de placer y de ansia. Su amor no buscaba la forma o quizá sí, pero para negarla. Para devorarse sin carne, para gritar por dentro, acallar la voz del mundo y de las cosas, para gemir como los lobos, que huyen y también son libres.

En el amarillo del girasol, y en las esporas, estaba la inmortalidad. Las mañanas de los esposos transcurrían escuchando el rumor de las raíces. Comprendían otra lengua y otro saber. Sus corazones vivían agitados casi siempre. Era melancolía o un sentimiento así.

Alguna vez, quizá más de una, ella se tiró bajo el césped. Se quitó la ropa. Toda. Su piel se mojó de rocío. Y tembló. Hubo catarinas en su cabello. Buscar nacer otra vez. Pero no como hombre. Ser algo distinto: un grano de mostaza, un pez, una montaña, una canción.

La esposa dormía. En un movimiento primitivo, sus piernas se abrían, como se han abierto miles de piernas de mujer a través de los siglos. En el subterráneo, el remover de los escarabajos y el latir de las plantas. Él la veía. Miraba el cuerpo de su esposa aún joven, fuerte, lista para herir. Su vientre soñaba.

Él no yacía en brazos de Hipnos: el futuro de su estirpe, sí. Era un sueño largo y profundo. ¿Así duermen los ángeles en el cielo? ¿Así durmió Luzbel cerca de Dios?

Qué bella la jacaranda cargada de flores y el durazno preñado y oloroso. En la casa de los gladiolos viven marido y mujer. No importa la iglesia que los casó ni el ídolo al que oran. Una mañana llegaron de blancos los dos.

Hubo muslos desnudos de la esposa antes, cuando se tiraba a dormir bajo los árboles. Él la veía. Sus ojos la tocaban como sólo puede hacerlo el otro amante: aquél que ve y no palpa. Los dos sabían que el misterio no tiene forma. Atrapar la apariencia era búsqueda estéril. Preferían ser luciérnagas en la oscuridad. Pequeñas chispas de este mundo que se abandonan a sus deseos.

Sus cuerpos no estaban hechos para la violencia y la consumación. Era un tipo de amantes distintos.

En el jardín, él se echaba junto a ella, la besaba. Hubo un tiempo de besos, mucho antes. Después no. La esposa no despertaba. El marido la besaba dormida. El amor pasó por el cuerpo como fantasma. Breves caricias, apenas un roce tenue de hermanos. La intención de una mano sobre el sexo.

Las piernas de la esposa seguían abiertas mientras él la estrechaba junto a su cuerpo. Los árboles entonaban una canción de cuna. En las ramas, los nidos se mecían; en el jardín, los esposos se arrullaban.

Parecían dos cuerpos muertos o demasiado vivos. Es entonces cuando la existencia asusta. Y era justo el sosiego, el silencio de las aves y el crecimiento de los tallos. Ella despertaba para cerrar las piernas, se cubría con las manos. Así los dos dormían. Sólo eso.

La relación de la pareja fue silenciosa. Mudos y absortos compartían la mesa. Cada uno preso de sus pensamientos. Deglutían los alimentos despacio y en orden. Cuando sus miradas se encontraban por casualidad, volteaban nerviosamente hacía el plato. Estuvieron juntos toda una vida huyendo uno del otro.

Luego evitaron todo tipo de contacto: visual, verbal y también físico. No era que no se amaran, tal vez lo hacían demasiado. Habían convertido su existencia en un cristal frágil y hermoso. Temían a la cotidianidad. Preferían no conocerse, no hablarse, jamás penetrar en el mundo del otro. Así podían mantenerse siempre deseables. Porque se desea lo que no se posee y se busca lo ignorado. Su filosofía de amor era dolorosa, pero los mantenía temblorosamente en el paraíso de “las primeras veces”.

La pareja pretendía no agotar las sensaciones, su intención era preservarlas en el estado más primitivo posible. Su orgasmo se nutría del sueño y de lo imposible.

Dormían juntos, pero no se contaban sus miedos. Nunca exploraron todos los rincones de sus cuerpos, apenas y frotaron su piel. Fueron siempre vírgenes. Sólo hubo pocas y tenues caricias sin sendero alguno.

Temerosos de quebrar su espejismo, su ideal del amor; prefirieron el silencio, ser intocados. Eran ambiciosos, lucharon por lo infinito, lo inconmensurable. Su corazón glaciar sólo engendró un jardín perfecto de gladiolos blancos, crema, amarillos, anaranjados y púrpuras.

 

 

*Extraído de A donde corren las niñas. (Pictographia editorial, 2013).

 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_405

 

 

 

 

 

 

 

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