César Trujillo: Centroamérica es mi casa

César Trujillo: Centroamérica es mi casa
César Trujillo. Fotografía de Gisel Juárez

La Gualdra 404 / Entrevistas / Poesía

 

César Trujillo (Yajalón, Chiapas, 1979). Licenciado en Lengua y Literatura Hispanoamericana por la UNACH. Ha publicado los poemarios: Laberintos, Donde termina el país de las maravillas, De corazones y cardiopatías, Bitácora del capitán Francisco de Ulloa y Evocación de la infancia. Parte de su obra está antologada en Tratado Mesoamericano de Libre Poética: Ecos Náhuatl Honduras-México Tomo 1; Un manojo de lirios para el retorno; 8º Carruaje de Pájaros; Plexoamérica, Poesía y gráfica Chiapas-Chile; Universo poético de Chiapas y La piedra del fuego. Escribe la columna de opinión “Código Nucú”, es director de la plataforma de noticias CoyatocNews y Delegado en Chiapas del SNRP. Su obra ha merecido el Premio Nacional de Poesía Rodulfo Figueroa 2017, el Premio Municipal de Poesía Juegos Florales San Marcos Tuxtla 2019 y el Premio Nacional de Poesía Ydalio Huerta Escalante 2019. Actualmente cursa la carrera en Ciencias Políticas y Administración Pública. La obra de César Trujillo se circunscribe a los poetas honestos que describen su interior apegado al mundo que les tocó vivir. Pertenece a una generación de poetas que transitan distintas geografías literarias dentro y fuera de nuestro país. Chiapas, su estado natal, es cuna de atisbos y esas otras epistemologías que concentran su punto de encuentro en mostrar la verdad literariamente.

 

Armando Salgado: La tierra nos curte: ¿para ti qué significa vivir en el estado donde naciste, Chiapas? ¿Qué representa radicar en la frontera sur? ¿Centroamérica te es familiar?

César Trujillo: Desde niño aprendí amar a mi tierra. Mis abuelos me enseñaron a contemplar el universo que es Chiapas y el cosmos verde que lo cubre todo. Vivir aquí significa sentir la magia de sus pueblos: contemplar sus colores, tradiciones, su gastronomía. Aquí se puede pasar de un paisaje a otro en un abrir y cerrar de ojos; concebir, con el olfato incluso, los cambios de flora y fauna en cada zona. Yajalón mismo es un pueblo mágico al que custodia el Ajkabalná y desde donde se puede ver la lluvia desgajarse de los cerros. Sin embargo, vivir en Chiapas también es ser testigo de las enormes brechas de desigualdad: cinturones de miseria y marginación a la que cientos son condenados por una clase política frívola que ha atropellado, durante sexenios, la bondad y el corazón de los pueblos, abusando de esta tierra de cacao y maíz.

Todo esto me ha llevado a replantear mi historia personal, a buscar entender lo que pasa en mi estado y a repensar lo que conocemos como frontera sur: espacio que funge como un imaginario donde se cometen un sinnúmero de atrocidades y se vulneran los derechos de quienes tienen, como delito, soñar y buscar vivir lejos de guerras, hambre y violencia que documenta el poeta Balam Rodrigo en sus libros Marabunta y Libro centroamericano de los muertos. Esa frontera porosa es donde se tejen historias de las que nadie habla, donde se mutila sueños y vidas. Porque en sí, todos ocupan cifras y datos duros, y nuestro ser ahí no tiene cabida. De Centroamérica, soy. Tengo amigos entrañables e historias zurcidas dentro del corazón. Pasar la frontera sur, al contrario de lo que se cree, no es abandonar el terruño sino interiorizarme en él. Es mantenerme una sintonía con la calidez humana, los amigos y el voseo. Centroamérica es mi casa.

 

AS: ¿De qué modo crees que la poesía chiapaneca ha contribuido a la riqueza de la poesía mexicana? ¿Yajalón, la región donde naciste ha marcado de alguna manera tu escritura? ¿En qué momento decidiste escribir poesía?

CT: Chiapas tiene una tradición poética arraigada con Centroamérica. En ella cohabitan Jaime Sabines, Rosario Castellanos, Juan Bañuelos y Óscar Oliva (por mencionar a algunos), estos últimos como pioneros. A mi juicio esa riqueza se da en esa suerte de puente entre México y Centroamérica. Ahí Chiapas desenreda las relaciones poéticas con la frontera. La poesía se renueva, como Octavio Paz diría, sin ignorar las herencias culturales y sin quedarse anclado en el pasado. Y también, claro, entre la experimentación del lenguaje y la denuncia social. En el caso de Yajalón se encuentra en todo lo que hago. Mis últimos tres libros son una evocación constante a encuentros y desencuentros con mis seres queridos, con las calles y las personas que se van con la muerte, a los sueños y las charlas que de niño tenía. Recuerdo haber comenzado a escribir poesía a los 13 años. A esa edad, en clases de español, en secundaria, pude tener mi primer acercamiento a la literatura. Recuerdo haber quedado maravillado con los románticos. Empecé imitando las formas, buscando la música que sonaba dentro de mí cuando leía y trataba de emular esas imágenes. Desde ese tiempo no he dejado de escribir hasta ahora que es ya para mí oficio como tal.

 

 

AS: ¿Cómo combinas el periodismo, la docencia y la literatura? ¿Qué retos tiene todo profesional que se dedica a comunicar hechos y la verdad? ¿Por qué los escritores del “sur” en nuestro país suelen tener posturas sociales refrendadas en sus obras?

CT: La literatura me llevó al periodismo. Luego a la docencia. Es una suerte de complemento que me permite crecer. Mi primer contacto, después de la familia, es con la información que se genera en el país a muy temprana hora: consulto medios nacionales y locales; releo mis columnas. Anoto vacíos y errores. Posteriormente, mis alumnos: convivo con sus experiencias, con el modo en se teje cada clase, con sus bromas, su modo de pensar y la forma en que ven el mundo, que me ha hecho verla de diferente modo también. La literatura está en todo. Años atrás entendí que escribir es mi oficio, es lo que soy. Por tanto, leo y escribo todos los días. Trato de ser autocrítico y cuando considero que no es suficiente, tomo el teléfono y consulto con los amigos ciertas dudas para enriquecerme. En sí, las tres comulgan en mi vida y me permiten abordar todo de diferente forma.

Ahora bien, México es el país más peligroso para ejercer el periodismo. A los políticos les incomoda ser centro de análisis, descubiertos o que se ventilen prácticas que dañen su imagen. Les molesta y es riesgoso. Siempre lo será. Quizá por ello escribo columna: para mostrar esos patrones que se enlazan cuando de política se habla. Y bueno, siendo Chiapas uno de los estados más pobres del país, teniendo municipios enclavados en niveles altos de pobreza extrema, refrendar la solidaridad con quienes requieren que su voz se vuelva un canto de protesta, una manifestación de la realidad sin maquillaje es un compromiso personal.

 

AS: Tus libros Evocación de la infancia y Bitácora del capitán Francisco de Ulloa son perspectivas que hurgan la memoria de los pueblos y también dentro de ti: ¿cómo los concebiste?, ¿qué otros derroteros aborda tu poemario “La casa que fuimos” el cual obtuvo recientemente el Premio Nacional de Poesía Ydalio Huerta Escalante 2019?

CT: Empecé a escribir ambos libros en 2012. Curiosamente, cuando presentaba Bitácora del capitán Francisco de Ulloa en el Museo de la Marimba, en Tuxtla Gutiérrez, me llamaron para avisarme que Evocación de la infancia había obtenido el Premio Nacional de Poesía Rodulfo Figueroa. Hay quien ha dicho, lo recuerdo, que del primero deriva el segundo. Lo cierto es que en ambos escarbo dentro de mi infancia y juventud, y la figura de mis padres, hermanos y abuelos cabalgan al unísono. Aparecen y se agolpan ante los llamados o simplemente llegan de forma inesperada. Los pendientes que dejé con mis muertos son un eco constante, pero también las risas o los días que desandamos los montes. Incluso, junto a los miedos y a ese pasado que se agolpa en mi memoria como si se tratase de ayer.

En La casa que fuimos es el abuelo, sus sueños, nuestros encuentros que me permiten contar lo que fue, incluso, dentro del vientre de su madre: como un grito ahogado cuando fue desplazado y que desde el sueño podía reconstruir; o el llanto desgranándose cada que evocaba sus días grises y nos hacían verlo extraviado en su propia luz. Es, en sí, una evocación, pero ahora desde él y su infancia, su enfisema, su particular forma de enseñarnos a amar la vida.

AS: Cuéntanos sobre tu columna “Código Nucú”: ¿cuánto tiempo llevas compartiéndola?, ¿dónde se puede leer?, ¿cómo fue que decidiste rematar cada una de tus opiniones periodísticas con esos “manjares”?, ¿has pensado abordar otros géneros literarios?

CT: Este 6 octubre hizo dos años que Código Nucú nació como proyecto. Le antecede Palabras de otro, una columna que escribí durante tres años en un periódico local. Sin embargo, al comenzar a estudiar Ciencias Políticas mi forma de entender el comportamiento del sistema en nuestro país cambió. Con ello, también mi perspectiva de análisis. Las lecturas y charlas con mis maestros me han puesto frente a un panorama que debe analizarse desde el fondo. Así decidí cambiar todo: creé un nombre abonando a esa búsqueda de identidad, coloqué elementos culinarios como el Nucú y dejé que las palabras comulgaran con la gente.

En el Manjar, un apartado dentro de la columna, se toca un tema diferente y con dejos de ironía (en ocasiones) o más crudo. Ahí comparto una frase que tenga relación con lo tratado, recomiendo un libro y un disco. Pienso en más adelante retomar la crónica que años atrás trabajé cuando laboraba en otro medio y que me permitió contar historias. Eso me gusta. Por ahora, sólo están las microhistorias que comparto en redes sociales.

 

AS: ¿Qué hace Cesar Trujillo para intentar ser feliz?

CT: La felicidad debería estar en lo que somos y en lo que no. Confucio decía que “sólo puede ser feliz siempre el que sabe ser feliz con todo”. En mi caso el equilibro es la familia. De ahí parte mi bienestar. Si algo se mueve, si algo surge, mi centro lo hace. Fuera de ahí, termino, como, todos, sacudido por este sistema de consumo, la voracidad del capitalismo y el individualismo que tanto daño le ha causado a la humanidad.

 

La casa que fuimos
Mi abuelo construye la casa desde el sueño.
Acarrea troncos y cerca con púas la media hectárea
que el padre de mi abuela le heredó antes de morir.
Los adobes son de arcilla del cerro.
Las chozas apenas rozan los aleros.
El humo del fogón es la respiración del mediodía
donde la abuela prepara tortillas
y los tíos muelen café o maíz para el pinole.
Mamá alimenta patos y gallinas.
La huerta es el serpear del viento donde reposa el estridular de los grillos.

…………………………………………………

El abuelo parte de madrugada con medicamentos para los tseltales.
Cada tarde vuelve sobre sus pasos.
Se quita la camisa.
En una vasija se lava la cara.
Sirve café de una olla humeando y busca en la radio una estación con marimba.
Antes de sentarse llena una cubeta con maíz resquebrajado.
Se lava las manos.
En la mesa da gracias a Dios:
bendice los frijoles, las tortillas, la carne y las verduras,
para luego pedir por los desamparados, los sin techo,
los que observa morir en su camino.
Antes de las cuatro, salen a repartir el pan:
mi madre lleva de la mano a su hermanito.
Las calles son un lamento que apenas acaricia el pasto con los dedos.

 

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