El profesionalismo derrotado (segunda parte)

El profesionalismo derrotado (segunda parte)

“… Estoy casi recién “desempacado” de cumplir con mi servicio educativo en la Región número 2 Federalizada del estado; de Fresnillo, Zacatecas, específicamente de la Escuela Secundaria General “Benito Juárez”, conocida como la Uno, por aquellos lares. Aun siento la “resaca” que me produjo la calidez de los alumnos y sus madres y padres de familia, a quienes tuve la oportunidad de interesar en la adquisición de conocimientos y estrategias (martes y viernes de cada semana), junto a los grupos bajo mi conducción, para resolver problemas matemáticos, contando con el apoyo “indirecto” de verdaderos profesionales de la educación, maestros que se aplicaban al cumplir con su función, esmerándose en garantizar el logro establecido por el perfil de egreso de las diferentes asignaturas, la adquisición de conocimientos y el fomento de valores, desde un enfoque muy apegado al humanismo. Sin el afán de polemizar, mi más sincero respeto y reconocimiento al Profesor Martín R. P. y a la maestra Gabriela H. O., bajo cuya atinada dirección cada uno de los subordinados entregábamos lo mejor de nuestras cualidades didácticas y pedagógicas (¿excelencia?) para beneficio de los alumnos, y lógicamente, de la comunidad. ¿Cómo olvidar los nombres de los diferentes camaradas: Laura V., Conchita, Christian, el “Compañero” prefecto, e inclusive al portero de la escuela?, en el entendido que este espacio no me permite citarlos a todos…”

Bueno; en la región 2, las actividades de la Academia de Matemáticas, propuestas por el grupo de profesores encabezado por el maestro Arturo F., y por la participación un poco distante de L. Fernando O. A., siempre intentaban generar inquietudes en el colectivo de los “matemáticos”, que propiciaban en cada uno de los integrantes de la academia cierta fascinación por compartir el bagaje de conocimientos y estrategias para fortalecer la visión y la misión acerca del aprendizaje de los alumnos, así como dicen los técnicos: “el proceso educativo consiste en la adquisición de conocimientos, aptitudes y actitudes para producir buenos ciudadanos, capaces de insertarse óptimamente a las actividades productivas de la demarcación y políticamente capaces para aplicar sus valores críticos en los procesos democráticos conducentes a mejores relaciones sociales”. Bajo la intervención de un estupendo conjunto de profesionales dedicados al desarrollo educativo, se minimizaban los conflictos derivados de una mala concepción del proceso formativo. “… Allá no había empeño por imponer actitudes contradictorias al desarrollo de los educandos. La formación integral del dicente se desarrollaba, generalmente, desde la visión realista de los maestros. Allá no había “excelentes maestros”, según las visiones estereotipadas de individuos perniciosos al desarrollo educativo; allá simplemente éramos compañeros y trabajábamos juntos bajo una finalidad unificada: ofrecer un buen producto, socialmente apto”.

Los considerandos anteriores vienen a fortalecer el entendido del acatamiento de un Código de Ética a seguir por el trabajador de la Educación. En el Acuerdo Secretarial 26/08/19 firmado por Esteban Moctezuma Barragán, aparece la siguiente definición: Código de Ética: Instrumento deontológico emitido por la Secretaría de la Función Pública que rige a las y los servidores públicos del Gobierno Federal, publicado en el Diario Oficial de la Federación el 5 de febrero de 2019; o sea, que de acuerdo a una especie de manual sugerido por la máxima instancia gubernamental en cuestión educativa, se derivan una serie de conductas deseables en un servidor público en el desempeño de su labor, en este caso docente, y haciendo una equiparación con otros códigos, me parece que la primera consideración sería la de la honestidad. Sabido es que para poder superar un problema, primero hay que reconocer que existe; mientras se banalicen las causas y los efectos producidos por ciertas concepciones erróneas y acciones equivocadas, difícilmente se solucionará el problema en cuestión. Esto conlleva a la apreciación de las Reglas de Integridad que se “sugieren” como regentes de la conducta de las personas servidoras públicas de la Secretaría de Educación Pública, en el desempeño de sus empleos, cargos o comisiones, haciendo referencia al artículo 108 constitucional, que señala como servidor público “a toda persona que desempeñe un empleo, cargo o comisión de cualquier naturaleza en el Congreso de la Unión o en la Administración Pública Federal, así como en los organismos a los que esta Constitución otorgue autonomía, quienes serán responsables por los actos u omisiones en que incurran en el desempeño de sus respectivas funciones”.

Actos u omisiones. Los actos cívicos de cada lunes, en la Benito Juárez, permitían espacios para discursos elocuentes de la máxima autoridad de esa escuela, el Profesor Martín, en los cuáles, se hacía hincapié constante a la ambición que debiera mostrar el estudiante, respecto a las calificaciones aprobatorias, mayores al ocho, decía; efectivamente dichos discursos no lograban su cometido íntegramente, pero coadyuvaban a combatir el mal genérico de la educación: la reprobación, y más aún, concientizaban al alumno sobre su función, permitiendo condiciones de aprendizaje difícilmente asequibles en otros centros de trabajo.

Contrastes: “El grupo de “excelentes maestros” sabe bailar (¡a ver!… ¡aplaudan todos!), mientras que los resultados académicos en las diferentes asignaturas, alarmantemente ha entrado en un efecto de caída libre que, sólo en los discursos, en los momentos dedicados al “análisis” o a la valoración de los avances en el quehacer educativo, preocupa a los involucrados, pero sin el más mínimo compromiso de un necesario cambio de actitud ante la debacle educativa”. Pero, para guardar las apariencias, la cosa es sencilla… persigamos a quien intente transformar nuestra real Normalidad Mínima, discriminando sus aptitudes y actitudes, y simulemos la excelencia… ■

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