La novia viuda

La novia viuda

La Gualdra 400

 

Cada noche se despedían con un abrazo en la mejilla y ella le daba la bendición con la mano que él besaba con devoción. Al darle la espalda, él ya no vio las pocas lágrimas que resbalaban por las mejillas de Iso.

Unas horas antes habían ido, como cada domingo, a misa de seis. Al ver la decoración interior de la iglesia, las casablancas en los floreros, la música que surgía desde lo alto, la gente que volteaba a verlos como si estuvieran esperándolos, el saludo por parte del cura, Iso imaginaba el día de su boda.

No escuchó la misa, se la pasó divagando en esa fantasía. Por eso cuando salieron y él le invitó unos esquites, ella no quiso. Entonces le invitó unos plátanos fritos, pero tampoco aceptó. Qué te pasa, estás muy rara, le dijo él; pero Iso parecía no escucharlo, caminaba como si los pies le vinieran ligeros. En su cara se iluminaba una sonrisa de ensueño.

Apolonio no se quedó con las ganas y pidió unos plátanos sin crema. Se los comió sentado en la misma banca que los había acompañado en tantas otras ocasiones. La misma banca en donde se dieron el primer beso y donde también le dio el sí. Pero no el sí a ser desposada.

Iso pensó soñaba con la idea salir en la sección de sociales del periódico zacatecano. Boda de la hija de don Herminio González. Excelente recepción en casa de la familia González y frases así flotaban en su mente.

El hecho es que nunca se casaron. De regreso a su casa. Apolonio fue víctima de un engaño. La muchacha que vendía los plátanos y que siempre miraba a Iso con ojos de envidia, le había puesto veneno para ratas y los retortijones en el estómago fueron el inicio de una muerte prematura.

Mucha gente fue al funeral. Iso fue acompañada por sus padres, vestida impecablemente. Jamás imaginó cambiar el blanco de su vestido por el negro de luto por su amado. Aunque demostraba una entereza digna de ser admirada, por dentro se sentía deshecha.

La gente y los vecinos comenzaron a llamarla en secreto la novia viuda. Pensaron, además, que ella era como un mal agüero. Así que nadie se le acercaba. Jamás volvió a tener novio. Ni amigos. Cuarenta años después, continúa yendo a misa, pero en las mañanas, ataviada con el rebozo sobre la cabeza para cubrir las canas.

Salió de la iglesia y fue directo a comprarse una gelatina de jerez con vainilla que acompaña con rompope. Se sentó en la banca y cerró los ojos. Imaginó el beso de Apolonio sobre su mejilla. Al llegar a casa, abrió el periódico. Vio que el suplemento cultural conmemoraba la edición número 400 y en la última página encontró un cuento. Se titulaba “La novia viuda”. Comenzó a llorar.

 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_400

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