Armando, nos vemos al rayo de luna. ¿Qué tanto es tantito?

Armando, nos vemos al rayo de luna. ¿Qué tanto es tantito?

Nomás pasando las doce, me aproximé a la silla donde daba bola el señor Don Gumaro, porque yo sabía que ahí iba a encontrar a Armando. El de sobra conocido por los maloras de la Colonia Tabacalera como “Chin-chin El Teporocho”, llegaba a esas horas con pasos de don chingón y se apoltronaba en el asiento del bolero, aunque sus zapatos no necesitaran lustre. Uy uy uy. Pero esto era parte de su ruta diaria. Pasear por Reforma, estacionarse en la esquina de Lafragua por un rato, leer rápidamente los encabezados del Esto mientras echaba a retozar el ojo, le daba una sensación de poseer efectivamente a la ciudad que tanto amó.

Armando Ramírez, escritor, novelista, periodista y promotor cultural, era parte de la tertulia que se armaba, después de las 5 de la tarde, en la Librería Reforma, frente a la entrada principal del periódico Excélsior, liderada por el poeta sevillano Juanito Cervera. Caray, qué verbo el suyo: pasaba de Faulkner y Moravia a Artemio Del Valle-Arizpe de seguidilla y sin cortar la respiración, y a continuación desplegaba las anécdotas más típicas del grupo de “Los Pergaminos”, en donde se juntaban para hablar mal de sus esposas los ancestros Leduc, Liguori, Zabludowsky y Don Silverio Pérez, entre muchos otros, en “El taquito”, célebre sitio ubicado en la esquina de Carmen y Bolivia del centro de la ciudad.

Armando Ramírez, verbo acá, a principios de los ochenta.

Cuando las comenzamos a cotorrear de valedores.

Armando cargaba en sus alforjas muchas historias, chismes y aún episodios del boxeo y el bajo mundo. Por ello, no es nomás por decir, era considerado un personaje central de la vida de una Ciudad de México que se iba con pasos acelerados por el resumidero, acosado por las patadas agresivas de la modernidad. Habría que decirlo, encontrarse con él por las banquetas era una bocanada de aire fresco para una ciudadanía absorta, depresiva y triste, que luego no encontraba con qué responder a una realidad inclemente. Armando era un líder simpático, de harto verbo, una persona de confianza a la que se podía recurrir para obtener una respuesta rápida de un tema menudo, era un costal de mañas histriónicas, de chistes buenos diseñados al momento, un alquimista del albur y un poseedor de chorros de humanidad y sencillez. Uy uy uy.

Ese día, a un lado de la bolería de Don Gume, se cumplían dos del terremoto destructivo del 19 de septiembre del 85. La gente aún transitaba con miedo a las réplicas y volteaba constantemente para arriba. Yo tenía el compromiso de recoger a Armando para irnos al último cuadrante del barrio de Tepito, entre Carranza, Tenochtitlan y Aztecas, donde pasó su niñez, y entregar víveres y ropa que habíamos reunido para repartir entre la gente más necesitada. Después, habría que ir al barrio de San Camilito, atrás del Mercado de Garibaldi, para ver qué había pasado con nuestro ídolo Don Luis Villanueva, alias “Kid Azteca”.

Y ahí vamos, en su vochito naranja de modelo antiguo repleto de cosas, entre las calles polvosas de una ciudad que todavía no se reponía del desastre. Armando había participado en el movimiento del 68, fue activista de la Voca 7, situada en Tlatelolco y sabía mucho de los movimientos y demandas populares. Un día me dijo: “Yo soy hijo de la educación pública, aprendí a leer en los Libros de Texto Gratuito y me alimentaron los desayunos escolares”. A pesar de ser nativo de Tepito, no era bueno para el trompo, pero no le sacaba. Yo con él me sentí seguro a la hora de entrar en los espacios laberínticos de tres vecindades, cuyos escombros caídos al azar me hicieron llorar. Bueno, esa es mi especialidad: llorar. Les habló con elocuencia y energía a los vecinos y los instruyó acerca del reparto de las cosas, preguntó por las familias y sus hijos, y les recomendó que no cayeran en el agandalle ni en la rapiña. Todo un personaje. Uy uy uy.

Después, de una puerta estrecha, en una vecindad que milagrosamente no perdió la compostura, hablamos de San Camilito, salió el “Kid”, Don Luisito, en camiseta de tirantes. Siempre pulcro, de chanclitas de charol y pantalón con una tirilla negra de seda a los costados. Si usted lo hubiera visto: Kid Azteca no era un padrotón, pero sí un caballero que inclinaba la cabeza ante una beldad. Y nos dijo: “Por mí ni se preocupen, chamacos. Estoy muy bien. Gracias por las cosas, pero las regalaré más adelante a la gente que las necesite”.

¿Por qué platico esto? Porque mi carnal Armando Ramírez ya se nos adelantó, después de que lo hicieran Armando Vega-Gil, Jaime Avilés y Eusebio Ruvalcaba. Caray, los de mi promoción ya están apagando los candiles. Si ya antes el Rusty, Salmón y Charly Girón piraron sin dar la nota, ahora se amplía la lista con la partida de Armando.

Neta, lo voy a extrañar. No hace falta decir lo mucho que me alimentó cultural y espiritualmente con las novelas de librerías de viejo que me dio a leer, con sus reclamos airados en contra de los fresas que hablan de la ciudad sin conocerla “y nomás vienen al centro a ponerse hasta la madre”, con las sabrosas pláticas salpicadas de personajes bizarros y con las remembranzas del 68, cuando corría apenas una puntita adelante del macanazo seguro.

Armando murió pobre. No tenía dinero para una operación delicada. Falleció ante la presencia de sus hijos que lo amaban y admiraban. Sin un clavo en la bolsa se nos fue, pero nos dejó sus novelas y sus reportajes, testimonios de su divertida estancia en esta canica. Uy uy uy. ■

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