Pasa el tiempo

Pasa el tiempo
Monet. 'Paisaje claro de luna'. 1864.

La Gualdra 383 / Río de palabras

 

 

Aquí amanece. Son las seis en punto. Decidí salir a trotar para despeinar la costumbre. Tengo una sed como si hace años no te viera. Lo único que hice en exceso fue esperar, leer, escribir, pensar y sentir. A eso se debe mi resaca. Hay luces fuera de aquí, se escucha la gente que va y viene, los cantos de los grillos que orquestan poemas al oído, como tu misma voz. Tiempo atrás hubo frío. Miento si te digo que extraño el ruido en exceso de las ciudades cosmopolitas, o las enormes carreteras con tanto animal metálico. Siempre he aspirado a vivir en lugares tranquilos, simples; vivir en sitios donde todavía alcance a escuchar los sonidos del insecto más pequeño, conocer su mundo. Ya amanece. La luna se hace cada vez menos luz y más cielo; a lo lejos, muy a lo lejos, se divisa el horizonte que pinta nubes de amarillo y rojo bajito. Debe ser el sol que viene. Vivimos, eso vale. Regreso a la habitación.

Estoy sobre la cama, tendido boca al techo, sólo contemplo un rectángulo blanco, mientras escucho un ligero viento que viene de afuera. Ya hace calor, así que termino de tirar mi bóxer hacia el pequeño sofá que está a mi derecha. El frío ya pasó y mis infinitas historias crecen en la imaginación. En estos momentos se escucha el tren, es una voz permanente de la ciudad. Cierro los ojos y salgo de mi casa a tu encuentro. La puerta está entreabierta y descubro un mensaje que reza: ven hacia mí. La intuición mueve mi cuerpo escalera arriba; escucho el peculiar sonido del agua sobre la piel, tu piel. Tardaste, dice esa voz suave que me enloquece, la voz serena como canto que llega de las aguas claras y emerge en mi oído. Me vuelvo a desnudar para ti, para vos, como bien dice el poeta sudamericano. Abro una cortina de cristal y encuentro tu templo.

Mientras recorro el breve espacio, dirijo mi vientre a tu vientre, llega la electricidad al roce de tu piel. Me pierdo. No dejo de admirar esa silueta. Enmudezco. Toco tus labios. Vuelo. Beso tu frente, recorro la boca. El cuello. Exploro. Mi saliva es confusa mezcla entre la humedad de mi lengua, tu espalda y el agua. Un baile de dos, a ritmos sincronizados se dejan llevar al suelo. Qué bien se siente confundir tu piel con los besos al viento, a la nube y sobre el cielo. Vamos al pasillo de pecado, de la gloria, de los manuscritos voyeristas diseñados para cubrir los cuerpos: sábanas de palabras que nos cobijan. Comenzamos. Sí. Una, otra, otra y otra vez hasta saciar el instinto. Hacer del orgasmo una composición, una oda al arte hasta sublimar el acto. Fijo mi vista a tus ojos, me contemplo y te hago promesas del momento. Robo el beso adolescente y la caricia deseada. Escribo, te escribo, me escribo. Vuelvo a domir.

 

 

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