Venezuela y la democracia como mascarada (Segunda de dos partes)

Venezuela y la democracia como mascarada (Segunda de dos partes)

Con la caída del muro de Berlín y el abandono de la “solidaridad en la lucha común” por una mejor justicia en el mundo, ese materialismo devorador de humanidad, se ha enseñoreado en los comienzos del siglo que vivimos bajo el epíteto de neocapitalismo o neoliberalismo plutocrático, anunciador de más muros, de la posibilidad de guerras mundiales como lo ha señalado el Papa Francisco; es más, en el horizonte de la imaginación colectiva, ese tipo envilecido de doctrina económica es irreversible. Se olvida que esa irreversibilidad está desmentida por la historia. Ningún sistema es expresión definitiva de un pensar o querer; todos llevan la marca de la caducidad.

Podemos rescatar las lecciones de Kandinsky en estos tiempos donde las amenazas de intervenciones militares por parte de los secuaces del materialismo capitalista se multiplican, como en el caso venezolano. Intervenciones vestidas de la farisea mascarada democrática que desautoriza cualquier diálogo. Es la democracia “defensora” de los derechos humanos y que no se avergüenza de que en sus prisiones infernales de Guantánamo y Abu Ghraib, los guardianes orinen sobre cuerpos desnudos de presos aterrorizados por jaurías de perros infernales. Es la democracia -secundada por gobiernos en Europa- a la que no importó el dolor y la desolación de niños y niñas iraquíes que perdieron sus brazos, sus piernas, sus padres, su porvenir.

Es la democracia que miente sistemáticamente: armas de destrucción masiva en Irak, nunca encontradas; es la de los muros de la ignominia que impiden que migrantes que huyen de la violencia y el hambre, encuentren refugio: ¿dónde está la voz de todo el mundo “democrático” cuestionando dicho muro, reprobando que niños en Irak queden mutilados, que niños en Estados Unidos sean separados de sus padres y metidos en lugares alambrados? Es esa que financia fundamentalismos para atacar a sus rivales, y después en el momento oportuno, ejecutar sumariamente a los líderes de esos fundamentalismos, ufanándose impune e hipócritamente de ello.

Rescatar las lecciones de Kandinsky resultaría clave para la resistencia. Tal vez Roma, la celebrada película, sea reveladora del poder liberador del arte en medio de la hipertrofia generalizada de la filosofía de hoy, salvo excepciones, tan obsesionada en el color y textura analítica de los conceptos mismos, desvinculados de toda realidad, de toda problemática vitalmente humana.

Que el alma vuelva a su recién nacer y a su reponerse para enfrentar con valor las amenazas externas e internas a las frágiles libertades de los pueblos latinoamericanos; pueblos que por sí mismos deben resolver sus crisis, como la venezolana. Es fundamental que los pueblos repudien desde el principio, todo género de autoritarismo militarista, toda alta concentración de mando, todo atentado contra la división de poderes, toda tentación reeleccionista -tan de moda en algunas partes de latinoamérica.

Resulta crítico para las libertades de los pueblos, el que estos desdeñen con determinación, toda demanda de mansa conformidad con la opinión de la masa uniformada -que no es el pueblo sino su contrafigura caricaturesca. A tal masa encarnada en las sonambólicas redes sociales diseminadas por el mundo entero, la secundan exaltados y extasiados jilguerillos del poder que con ternura celestial todo le justifican.

Para terminar, habla Zïzëk de la “ultrapolítica” como un intento de despolitizar el conflicto mediante “la militarización directa de la política,”, donde se elimina cualquier ámbito común para la resolución de los conflictos, mediante la tajante división entre “nosotros” -los buenos, y “ellos”-los malos, entre los amigos y los enemigos. Cabe finalmente señalar que en todas partes el látigo, incluso en manos de ángeles, no deja de ser látigo pues su función es azotar; además, los ángeles, si es que los hay en política, nunca recurren al mismo. Que en la fatigosa construcción de la genuina democracia fundada en el respeto insobornable de la dignidad humana, la razón, el derecho y la palabra persuasiva imperen siempre en todos lados, en especial hoy en Venezuela, y nunca la fuerza, nunca el zarpazo intervencionista.

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