¿Dónde queda la autoridad moral?

¿Dónde queda la autoridad moral?

Más allá de chairos y fifís, filias y fobias, amlovers y antipejes, desde el 1 de diciembre pasado se antojan éstos como tiempos de renovación de la vida pública. Se antojan tiempos de una reformulación del ejercicio público que ahora sí sea una realidad, que ahora sí tenga una autoridad que se respete, y no como sucedió en 1982 con un Miguel de la Madrid de rictus medio ensayado ante el desastre heredado. Se antoja que el servicio público, por ejemplo, de veras sea un servicio para los demás (no para el propio bolsillo), y de que de veras sea público (no para los compas y “el grupo”). Se antoja que el perfil del ciudadano deje de ser el de gandalla, el de “me valen ustedes, yo ya chingué”.

A propósito, meten al viejo Gandhi en esta anécdota: Llegan frente a él mamá e hijo, y ella dice: “Este niño abusa del azúcar y no me hace caso de que deje de hacerlo. Como usted es su héroe, lo traigo para que le prohíba ese vicio”. Gandhi queda pensativo y tras varios segundos dice: “Tráigalo dentro de siete días”. La mamá replica: “Sólo necesito sus palabras. No más”. “Dentro de siete días”, remata el viejo.

Pasado el plazo, están de nuevo frente a Gandhi mamá e hijo. “¿Ahora sí?”, pregunta ella. El viejo se pone serio y dice: “Por favor, niño, deja de abusar del azúcar… Pueden ir en paz”. “¿Por qué nos hizo esperar siete días, si era tan sencillo como decir eso?”, pregunta ella. Contestó él: “La verdad es que cuando usted me dijo que el niño abusaba del azúcar me di cuenta de que yo también lo hacía. Entonces tuve que dejar de consumir azúcar en esta semana para tener coherencia en mi petición a su hijo”.

–¡Pero él no iba a darse cuenta de eso!– recalca ella.

–Él no, pero yo sí. Y tarde o temprano eso iba a notarse.

En estos tiempos que plantean oportunidad de cambiar para mejorar o empeorar, no podemos exigir a los demás, a la sociedad, a las autoridades, lo que nosotros no damos, lo que nosotros no somos, lo que nosotros no practicamos. Tampoco podemos otorgar concesiones ilegales a la autoridad para combatir otra ilegalidad.

No podemos proseguir con la ociosa práctica de que al poder lleguen unos para sustituir a otros… en las mismas prácticas, en los mismos vicios, en los mismos moches, en las mismas mañosas predilecciones.

No podemos seguir arriesgándonos a poner a gente injusta para impartir justicia, a gente con irregularidades en el servicio público a vigilar la transparencia en el servicio público, a gente iletrada para fomentar las letras, a gente insensible para defender los derechos humanos, a gente mezquina para dirigir institutos de mejora continua o emprendimiento.

Dice un meme reciente que el mayor acto de corrupción es aceptar un puesto para el que no se tiene perfil. Agrego: “ni actitud, ni convicción”. Para nuestra cotidiana desgracia, la palabra moralidad continúa encasillada en el terreno de la religión; como si los ateos o los menos favorecidos no tuvieran un sistema de conductas favorables a ellos y su entorno, como si los servidores públicos y los políticos creyeran que por “asumir una moral” los llevarán a misa y a comulgar.

La palabra autoridad, derivada de “autor”, tiene su raíz más básica en el verbo latino “augere”: hacer progresar, aumentar, promover. Merece tener la autoridad quien asume responsabilidad, quien sabe administrar, quien entrega todo para el beneficio de todos. No puede existir autoridad sin una ética que sustente este aprovisionamiento, esta generación de valores positivos.

“Mos”, por su parte, es la costumbre, circunscrita a lo que se conviene en una sociedad que se precia de serlo. Servidor público que simula, político que miente, dirigente manipulador para sus intereses, partido político marrullero, sindicato comparsa, periodista a modo, evasor de impuestos, “chiquipartido” acomodaticio son la constante que continúa sumiendo al país en el voraz incremento de número de pobres y proliferación de injusticia e impunidad. Por eso la esperanza del 2 de julio de 2000 quedó como fracaso (afortunadamente a Vicente Fox no se le ocurrió bautizar a su gobierno entrante como de “cuarta transformación”). El país funciona con el trabajo, más que de los políticos, de todos los mexicanos.

Mientras no nos comprometamos a fondo en la conciencia de que vivimos en un país que se llama Estados Unidos Mexicanos, donde todos debemos trabajar unidos en la observancia de las leyes, en el diálogo y debate de nuestras ideas y en la previsión de nuestras acciones y omisiones, continuaremos siendo la nación de los pequeños intereses a toda costa, de la insensibilidad galopante, de la corrupción a ultranza, de la inmoralidad que empuja a alimentarse con su cola porque “cuando está abierto el cajón, hasta el más honrado pierde” y porque “no hay general que resista un cañonazo de 50 mil” y porque “el perro ladra hasta que le dan a morder hueso”.

De veras, ¿para esto nos educaron nuestros padres? De veras, de veras… ¿no podemos hacer prevalecer la autoridad moral necesaria en cada uno para avanzar todos como un mejor país, con verdadera justicia, oportunidades, dignidad e incluso patriotismo?

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