‘Nunca más su nombre’, de Joel Flores

‘Nunca más su nombre’, de Joel Flores

La Gualdra 338 / Libros

 

Hablar de una novela no es del todo fácil. Se corre el riesgo de ser demasiado entusiasta o demasiado parco al detenerse en los detalles de su estructura, queriendo resaltar más esto o aquello, con la única finalidad de contagiar un gusto. Tarea nada sencilla. Quizás lo más honesto para esta labor es realizarla desde la perspectiva de la emoción por lo que se ha leído, o quizás desde una perspectiva histórica, a la espera de alcanzar el tono adecuado para hablar de los hallazgos. Alguna vez encontré por ahí una frase que decía que todos los escritores mexicanos son hijos de Juan Rulfo, debido al tema de la búsqueda del padre, que es un tema común entre nosotros. Basta recordar el inicio de la famosa novela del escritor jalisciense: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo” y compararlo con muchas otras obras contemporáneas para dar cuenta de una línea cara a la tradición mexicana.

Esbozo unas direcciones para decir que, sin duda alguna, Nunca más su nombre, la primera novela de Joel Flores (Zacatecas, 1984), que mereció el prestigioso Premio Bellas Artes Juan Rulfo ─precisamente─ para Primera Novela 2014, editada por Ediciones Era el año pasado, se inscribe en esa ruta donde ir hacia el encuentro del padre ─ese fantasma amarrado al potro del alcohol, dice Paz, en uno de sus poemas─, es ir a la caza por saber en verdad quiénes somos, cuáles son los pedales que accionan nuestros movimientos más personales y, tal vez por eso mismo, difíciles de confrontar y reconocer. Un aire de familia recorre las páginas de esta novela que no permite soltarla, es decir, desde el inicio, donde el protagonista escribe: “El día que me dijeron tu papá se está muriendo, estábamos mudándonos de casa y desempleados”, se pueden identificar, bajo un aire inestable y opresivo, las claves de esta novela que no defrauda en lo más mínimo, porque teje una red de referencias desde donde asirse para anudar y desanudar su trama con deleite.

En Nunca más su nombre existe una renuncia a uno de los bienes más preciados, el nombre que individualiza y señala un derrotero; porque no volver al nombre es emigrar a otro sitio, fincarse en las ganas querer olvidarlo todo y recomenzar no sólo en otra parte, sino en un lenguaje distinto al heredado por la familia, por la región en la que se vivió, por unas palabras que ya no son capaces de comunicar su sentido: “Nos aferramos al pedazo de tierra que nos vio nacer, le catamos desde niños frente a un sol furioso, aun sin ser abrazados por ella, y al final nos convierte en personas con lugar de nacimiento pero desempleados, desaparecidos, muertos y fantasmas”. La novela encara un desamparo con toda la carga vital que supone hacerlo, porque verse o sentirse solo es, en ocasiones, comprender que no existe otro camino para seguir que el de la confrontación con la memoria.

La novela comienza así: un aprendiz de escritor tiene que decidir si va a despedir a su padre en su lecho de muerte, si inicia el camino de vuelta, esa especie de catábasis, o descenso a los difíciles recuerdos de su infancia; confrontarse no sólo con la tormentosa relación con el padre, con el ambiente enrarecido de una ciudad azotada por la violencia del crimen organizado, sino con un futuro que pareciera haberse hipotecado: “No estudiando podías conseguir lo que nos habían prometido las generaciones anteriores: una casa, un auto, un seguro médico, una afore que acumulaba dinero para la futura jubilación”. Escribir, apunta el autor de la novela, es confiar en el poder del lenguaje, trazar sobre el blanco del papel las palabras puente, los signos que permitan alcanzar respuestas a preguntas que no pueden resolverse fuera de los límites de la ficción, porque quizás sólo las palabras son el instrumento que construye y distingue una realidad desde donde todo puede entenderse.

En la novela de Joel Flores no sólo existe ese rasgo de familiaridad con la tradición mexicana, también con ese otro que por desgracia se nos ha vuelto cotidiano. La obra afronta sin temor alguno una actualidad descarnada, donde el contexto social muestra su lado más atroz: “Era imposible aceptar que mi amigo, con el que había crecido al parejo, se había unido a lo que detestamos desde niños: a un grupo delictivo que, a cambio del dolor ajeno, podía obtener dinero y poder”; afronta comprometerse a nombrar ─con todas sus letras─ la violencia que cuestiona los valores que una generación anterior forjó como promesa inalterable.

Nunca más su nombre es una obra donde se sugiere una vía de resistencia, una forma de deslindarse del pasado para configurar una identidad propia, una moral distinta a la de sus predecesores: “Al cumplir la edad para trabajar, me rebelé contra el ciclo heredado por los abuelos. Empecé a leer los libros que sacaba de la biblioteca de la escuela”. En esta rebeldía se halla su anábasis, su viaje de vuelta de un infierno personal, su ruptura y reconciliación con el pasado, la fundación de una residencia distinta ─no viciada por la herencia de la sangre, tanto del abuelo como del padre─, acaso más cálida y esperanzadora: “La distancia, el no haber visto a mi familia y amigos durante un año, me hizo considerar que no somos el camino que hemos construido de forma solitaria, sino el que nos ayudaron a forjar aquéllos que han pasado, de buena o mala manera, por nuestra vida”.

 

 

*José Antonio Banda (Coatzacoalcos, 1982). Maestro en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Guanajuato. Miembro de la Red de Arte Joven de la Comunidad de Madrid entre 2007 y 2008. Miembro fundador de Fomento Cultural Irapuato y del Consejo Editorial de la Revista Argonauta, revista cultural del bajío. Ha publicado Cuaderno en ruinas (Plataforma, 2011), Teoría de la desolación (Azafrán y Cinabrio, 2012), El pozo abierto (Cartonera La Cecilia, 2014; Quemar Las Naves, 2016) y Río interior (Ediciones Atrasalante/ISC, 2016). Becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Guanajuato, en su edición 2013, en la categoría Jóvenes creadores. Ganó el Premio Nacional de Poesía Sonora “Bartolomé Delgado de León” 2014, en el marco de los XXII Juegos Trigales del Valle del Yaqui, con el libro “Río interior”, y el Premio Ramón Figuerola 2016, en el marco de los XXX Juegos Florales de Coatzacoalcos, Veracruz.

 

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