Fotos de familia Las Horas Extras, treinta años después

Fotos de familia Las Horas Extras, treinta años después

El trabajo de hacer periodismo, es siempre una aventura. Digamos: una aventura gratificante para unos cuantos, y ruinosa para los más.

Sólo las empresas editoriales que tienen un profundo nexo con corporaciones o grupos patronales, o con ciertas fracciones políticas nacionales, pueden tener certeza de lo que esperan de su proyecto de comunicación en cinco o diez años.

La prensa mexicana más consolidada financieramente, ha construido establecimientos magníficos, con inmensos edificios ostentosos, y penetrado en la TV y la web. Hace un periodismo que debe considerarse la verdad, la verdad para todos, o cuando menos debe entenderse como la verdad oficial.

Estamos en el 2018 y las cosas no han cambiado. En nada. Introducirse en las páginas del periodismo comercial es un reto (no un rito, qué va) donde la gente consume maquinalmente su tiempo. El lector más aguzado, que propone un balance histórico y político de la prensa nacional, podría tropezar y caer al vacío. Vivimos en el pantano de la desinformación.

Sin embargo, en 1977 existió un proyecto periodístico que miraba lejos, con una visión original del país, con concepciones propias y una interpretación diferente del oficio de hacer periodismo cultural.

Se llamó, se llama, Las Horas Extras, con Víctor Roura como director y el que esto escribe como editor. Agustín Ramos, el hoy exitoso y laureado novelista, fue el secretario de redacción.

Por las columnas de este periódico, salido cada catorcena (léase: un catorcenario, porque no existían recursos para un semanario y, mucho menos, para un diario), desfilaron decenas de jóvenes autores que después, a través de los siguientes treinta años, destacarían nacional e internacionalmente como narradores, poetas, fotógrafos, críticos, pintores, etc. Queríamos hacer periodismo cultural, y lo hicimos, con sólo una máquina Composer y cuatro esferas (teníamos más, pero alguien las sustrajo de nuestra primera oficina, en el Palacio de Minería).

En esa época, Víctor Roura era un joven que apenas había rebasado treinta años, su juventud era representada por una idea completa, redondeada, del quehacer periodístico cultural en México. Tenía dibujado en su mente el modelo de periodismo que, en su convicción, podría revertir el raudo adormecimiento de los artistas, escritores e intelectuales mexicanos, víctimas tempranas de las profundas transformaciones que se efectuaban en el modelo económico nacional de los años ochenta.

Desde mi percepción, Roura mostraba una idea fascinante de lo que se debía hacer. Iba más lejos que todos nosotros. Tenía muy claro el panorama. Hasta la fecha.

Mi generación es la de los 50´s, una generación de editores. Ay, los 50´s cumplen 60, diría Alain Derbez. Cuenta con periodistas, elaboradores y difusores de ideología de comunicación, divulgadores de novedades estéticas y creadores de polenta. Creo que mi generación fue impactada profundamente por la historia social del país de la década de los sesenta y principios de los años setenta del siglo pasado, en donde estuvieron involucrados muchos adolescentes y jóvenes mexicanos que conocimos en los pasillos y aulas escolares, y en nuestros primeros puestos laborales. No ha podido borrar ese estigma.

Tengo la idea de que Las Horas Extras reunió una franja de jóvenes notablemente creativos y talentosos, cuya obra todavía no se digiere, porque sus intereses se encontraban, en buen porcentaje, en los temas contraculturales, acaso absorbidos por las novedades técnicas que les proponía el Nuevo Periodismo. Después de treinta años (sí, Las Horas Extras acaba de cumplir treinta años de interrupción) observo con mucho interés el proceso creativo de mis viejos compañeros.

De mi generación adquirí muchas enseñanzas, sobre todo de los dirigentes editoriales Víctor Roura, José María Espinasa, Rogelio Villareal y Pedro Valtierra. En tres décadas de marcha en nuestras vidas, sabemos mucho de cada uno de nosotros, sin guardarnos nuestras diferencias y críticas, y sin dejar de ser solidarios ante los tropezones con que nos castiga la adversidad.

Deseo celebrar estos treinta años del inolvidable proyecto de Las Horas Extras, mediante la inserción de dos fotos significativas, al menos para mí, realizadas por Eloy Valtierra y Melissa Roura. La primera, extraída de la página 3 del número de agosto de LHE, en 1977, donde Víctor Roura y Victor del Real firman, en su oficina de la colonia Roma, el cierre del número que sería vendido el día siguiente en los quioscos de la CdMx. La segunda es del pasado mes de octubre, donde brindaron Víctor Roura, Víctor del Real y Agustín Ramos, después de la primera reunión de colaboradores de la revista Transiciones, en su taller y oficina en San Pedro de los Pinos.

Noten cómo vuela el tiempo.

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