Cuando Stephen Hawking salvó mi cabeza

Cuando Stephen Hawking salvó mi cabeza

En diversas ocasiones he mencionado que en épocas electorales, ésas de infinidad de recorridos derrochando saliva, promesas, despensas, cobijas, tinacos, todo… menos libros. Los libros, la lectura, no aparecen ni en los objetos obsequiados, ni en la estructura de los discursos. Por ello no es común que se regalen libros a los electores. Mi conclusión es raquítica, y quizá errónea: nadie ha muerto por no leer y sí por frío, por hambre, por condiciones insalubres. Aunque también es cierto que un libro nos puede salvar la vida. Durante la mediación de un círculo de lectura me vino el siguiente recuerdo.
Entonces vivía en la Colonia Sierra de Álica, atrás del antiguo Casino del Empleado. Una de las opciones para llegar a mi domicilio era subiendo una calle de escalones. Alguna noche de viernes o sábado me dirigía a mi hogar. En esos días estaba leyendo Historia del tiempo, de Stephen Hawking. El hecho de mirar el pasado cuando observamos un cielo estrellado me maravillaba. Era una idea que rondaba en mi cabeza constantemente. Estaba seguro que pocas personas habíamos reparado en ello. El saberlo me llenaba de orgullo. ¡Cuántas cosas podría conocer así! Estaba maravillado por el descubrimiento y por la lectura.

Pues bien, decía que esa noche iba subiendo las escaleras, pero con la atención puesta en el cielo estrellado. Mi mirada al firmamento era constante. Cuando de pronto atravesó en mi panorama un objeto que se dirigía hacia mi humanidad. Lo esquivé y escuché el estruendo del vidrio al tocar los escalones. Unos hombres que ingerían bebidas alcohólicas en la parte superior de la escalera habían lanzado una botella de cerveza. En ese momento agradecí las reflexiones y los asombros ocasionados por la obra de Hawking. Si hubiera ido caminando como lo hacía (con la cabeza mirando el suelo), la historia sería distinta.

Sin duda en esa ocasión un libro me salvó. Si no la vida sí de un buen golpe. Con el transcurrir de los años esta anécdota me parece una linda metáfora en torno a la lectura por un par de aspectos. Primero porque gracias a la lectura, y posterior reflexión proporcionada por un libro, era que iba volteando “hacia arriba”. La segunda, que es necesario también colocar la mirada en el entorno y no sólo en los libros. Los libros sin mirar la realidad poco aportan.

Alguien dijo alguna vez, creo que fue José Emilio Pacheco, que si se hubiera leído aquel libro alguna ocasión tendríamos más elementos para resolver un problema. Leamos y reflexionemos. Leamos y compartamos nuestras lecturas. Leamos y confrontemos la realidad. Es preferible que un libro nos golpeé, metafóricamente, que un objeto desprendido de manos desconocidas.

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