La inequidad de género: las batallas actuales

La inequidad de género: las batallas actuales

Las inequidades en este país son muchas. Personas que, por alguna determinación biológica, geográfica o cultural, son marginados en la vida social y política. En la historia se ha dado a la mujer un papel marginal y centrado en la vida privada. La llegada de las ideas de la igualdad derrumbó aquellas creencias que afirmaban que las desigualdades eran la expresión de la natural diferencia entre los géneros. El siglo 20 protagoniza una revolución que no estalló, sino sólo ocurrió: la igualdad de los géneros. La primera batalla ya se ganó, la meta de hacer legítima ante la población la demanda misma de igualdad de oportunidades, y que se vea, por tanto, la desigualdad de género como un acto no de orden natural, sino de injusticia. Así las cosas, se establece la segunda batalla: hacer que el ideal de igualdad de oportunidades se realice en la cotidiana realidad. La pelea cultural ya se ganó, ahora falta ganar la disputa política. En este último terreno, ya se avanzó en la parte legislativa o de reconocimiento jurídico; sin embargo, las condiciones concretas desde las más finas formas de las relaciones sociales impiden que los propósitos expresados en las leyes se realicen en la realidad concreta, es decir, que sean efectivas.
El paso a la efectividad de los derechos tiene un impedimento crucial: el uso del tiempo por género. Las mujeres siguen dedicando un tiempo enorme a las labores domésticas, pero aun más: al cuidado de los hijos. Ahí está el Quid. Las mujeres no van a reuniones, a actividades proselitistas o a estudios, porque ‘tienen’ que dar de comer a los hijos, o llevarlos a la escuela o arreglar su ropa o ayudarlos a la tarea escolar. No es malo que lo hagan, el problema es que se convierte en un factor raíz de marginación de las actividades públicas. La solución tiene dos salidas: una es que se logre la equidad de género en esas tareas; y la otra es que exista apoyo del Estado para aliviar dichas responsabilidades a las mujeres. Por ejemplo, las guarderías han tenido una función de lo más importante en este aspecto. Así las cosas, se requiere atender la raíz del problema (la pobreza de tiempo de las mujeres) para que todas personas, sin importar el género tengamos los mismos derechos políticos en forma efectiva, ya no sólo en la legislación. Por lo pronto se echa mano de las llamadas “discriminaciones positivas”, que obligan a los partidos a cuotas de género y medidas por el estilo. Pero en el desempeño de las mujeres electas por la fuerza de la cuota, no todo es feliz: si no tuvieron la oportunidad de prepararse es muy difícil que su desempeño sea óptimo. Debemos pensar cómo resolver la inequidad de género desde la raíz del tema y ya no tener necesidad de discriminaciones positivas que, ahora mismo, resulta artificioso. Debemos llegar al día en que el reparto de responsabilidades públicas no tenga que ver con el género, sino sólo con la voluntad y preparación de la persona. Son las batallas actuales.

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