Discurso de aceptación del Doctorado Honoris Causa

Discurso de aceptación del Doctorado Honoris Causa
Francisco Beverido. Foto de Galo Le Madec Beverido

La Gualdra 322 / Teatro

 

Agradezco con mucha emoción la distinción que nuestra Universidad, a través de su Consejo Universitario, me concede. Me siento muy honrado y, desde mi modesta perspectiva lo considero un honor inmerecido pues pienso que sólo he hecho la labor que me correspondía, como actor, como director, como investigador, como promotor, como docente. Manuel Montoro, en una ocasión como ésta, citaba a Leonardo da Vinci con esta frase: “Jamás me canso de ser útil”, desde cualquier trinchera

A principios de los sesentas, Xalapa no llegaba a los 100,000 habitantes, sus calles estaban asfaltadas o empedradas en su mayor parte, y casi todas las casas ostentaban su techumbre de tejas y aleros –para beneplácito de los viandantes–, muchas de ellas tenían además chimeneas. La ciudad se ubicaba al sur del Cerro del Macuiltépetl y reposaba apenas en su ladera, además, desde este cerro hasta el Cofre de Perote los campos conservaban sus frondosos bosques. El clima, pues, era frío y húmedo, con el tradicional chipi-chipi muy frecuente, y en invierno envolvía la ciudad una densa niebla.

Francisco Beverido recibe el Doctorado Honoris Causa. Foto de Galo Le Madec Beverido

Francisco Beverido recibe el Doctorado Honoris Causa. Foto de Galo Le Madec Beverido

 

La Universidad Veracruzana para ese momento gozaba ya de un prestigio y una posición privilegiada, y su Compañía de Teatro era un referente a nivel nacional.

En abril de 1962, Marco Antonio Montero, al frente de la Compañía de Teatro de la Universidad, estrenaba su puesta en escena Hamlet, de William Shakespeare. El reparto era de primer orden, pues al elenco de la Compañía se sumaba la presencia de algunos actores de la Ciudad de México: Héctor Ortega como Hamlet, Manuel Fierro como Claudio, Sonia Montero como Gertrudis, Farnesio de Bernal como Polonio, María Luisa Castillo como Ofelia, no recuerdo quién como Laertes, entre muchos más.

La puesta en escena no se presentó en un teatro. Montero escogió como escenario un lugar que llegaría a ser emblemático de la ciudad: el Puente de Xalitic, que entonces contaba con pocas viviendas alrededor y era posible admirar en toda su magnificencia. En ese momento, aunque la primavera ya había iniciado oficialmente, las nieblas invernales aún no abandonaban la ciudad.

Imaginen ustedes la parte superior del puente con torretas y almenas en lugar de arbotantes, el primer arco desde el sur cubierto con un enorme gobelino para convertirse en la habitación de Gertrudis; el arco central como sala del trono; la escalera poniente –la más larga– como trayecto para el cortejo fúnebre de Ofelia; y todo ello envuelto en la niebla.

Ése fue mi primer contacto con el teatro profesional, con el teatro de la Universidad Veracruzana.

En realidad, hubo algún contacto previo en mi natal Córdoba, gracias a mi tío, el Dr. Luis Beverido, quien me permitió asistir no sólo como espectador de algunas de sus puestas en escena, sino sobre todo a los últimos ensayos de una de sus producciones, con lo que tuve oportunidad de ver por primera vez el proceso de construcción de una escenografía.

A todo esto, debo decir que ese 1962 marca mi ingreso a la Universidad Veracruzana, pues en ese entonces la enseñanza media formaba parte de la Universidad. Cuando recibí la documentación correspondiente a mi inscripción a primer año de secundaria, recibí también con gran orgullo un escudo de la UV (el primero), el diseño de don Manuel Suárez a todo color impreso sobre plástico y montado sobre un trozo de fieltro para ser aplicado al uniforme. Entonces la enseñanza Secundaria no era una mera prolongación de la primaria ni un estadio intermedio y amorfo antes de la Universidad. Era realmente el inicio de una educación profesional.

Al año siguiente, además de conocer el Teatro del Estado no sólo desde la perspectiva del público sino también en su interior, recorriendo todos sus entresijos, tuve también la primera experiencia de pisar un escenario. Jorge Godoy se acercó a dirigir El periquillo sarniento de José Joaquín Fernández de Lizardi, en versión teatral de Héctor Azar, a la Secundaria (entonces era secundaria) “Antonio María de Rivera”.

En ese contexto tuve oportunidad de conocer y en algunos casos convivir con los personajes que le dieron lustre la Universidad Veracruzana y la ubicaron como una institución humanista del más alto nivel: Gonzalo Aguirre Beltrán, Fernando Salmerón, Sergio Galindo, don Adolfo Domínguez, Montero, Francisco Savín, Francisco González Aramburu, Mary Christen, Librado Basilio, Luis Mario Schneider, César Rodríguez Chicharro, Juan Hassler, Waltraud Hangert, Mario Orozco Rivera, Francisco Salmerón, Guillermo Barclay, Alfonso Medellín, Carlo Antonio Castro, Carlos M. Vargas, Carmen Vargas, Carlos Juan Islas, a un muy joven Roberto Bravo Garzón, a Fernando Vilchis y Leticia Tarragó, Raúl Ladrón de Guevara, Carlos Okhuysen, y muchos más. Y más tarde a Manuel Montoro, Mario Usabiaga, Jorge Ruffinelli, Fernando Ávila, y un muy largo etcétera.

Cursé los dos últimos años de secundaria y toda la preparatoria en dos de las mejores escuelas de la época: la secundaria “Antonio María de Rivera” y la Escuela Secundaria y de Bachilleres Experimental anexa a la Facultad de Filosofía y Letras. En ambas se me permitió hacer mis primeras experiencias en la dirección teatral. En la segunda, incluso, gracias al apoyo del Lic. Carlos Manuel Vargas y la Mtra. Carmen Vargas Delgadillo, convertimos el patio de la escuela en un escenario desmontable, de manera que para las ceremonias usuales (día de la madre, día del maestro, etc.), se “vestía” dicho patio con piernas y bambalinas para la presentación de los números artísticos correspondientes. En esos casos me tocó, en todas las ocasiones, fungir como maestro de ceremonias.

En 1966, gracias a la invitación que me hiciera don Adolfo Domínguez, director del Teatro del Estado, a la llegada de Manuel Montoro, tengo la oportunidad de tener mi primera experiencia como actor profesional con la Compañía de Teatro de la Universidad, en la puesta en escena de Mariana Pineda, de Federico García Lorca, al lado de Ana Ofelia Murguía, Juan Allende, María Rojo, Manuel Fierro, Guadalupe Balderas, María Luisa Castillo, Rocío Sagaón, entre otros. Como mi participación se reducía a los actos primero y tercero, en los entreactos tuve mi primer conocimiento, gracias a Modesto Ramírez, Francisco Luna, Benito López y Jorge Ortiz, de los secretos de la tramoya y la construcción de escenografías.

Francisco Beverido. Foto de Galo Le Madec Beverido.

Francisco Beverido. Foto de Galo Le Madec Beverido.

 

En este breve repaso quedan de manifiesto los caminos que habría de seguir más adelante.

Mi primera intención era ser actor y también director de escena; la práctica me enseñó la importancia y los entresijos de la actividad técnica: tramoya, iluminación, musicalización; la experiencia con mis compañeros de escuela, aunada a la información adquirida en la Facultad de Letras, me llevó más adelante a la investigación teórica y a la docencia; mi propio interés me llevó por último a la investigación histórica.

Algunas veces me han preguntado, como se acostumbra en algunas entrevistas, de no haber tenido esta profesión, ¿qué otra cosa me hubiera gustado ser o hacer? La respuesta es invariablemente la misma: hubiera elegido el mismo camino.

Porque el teatro es un universo amplio y diverso. Uno puede hacer teatro desde trincheras muy diferentes. La cara más visible del teatro es la del actor, que es quien está frente al público. Muchas veces también es conocido el nombre del director, aunque no está a la vista del espectador. Pero el teatro no es, no puede ser nunca un trabajo individual: es siempre un trabajo de equipo. Como actor uno depende, por una parte, de la labor del director y de los “partenaires”, de los compañeros actores en escena, pero también del trabajo de los creativos: escenógrafos, iluminadores, musicalizadores, diseñadores de vestuario y otros, y también de todo un ejército de técnicos: tramoyistas, carpinteros, pintores, electricistas, utileros, vestuaristas, utileros, maquillistas, etc.

El teatro no es sólo un entretenimiento, es un medio de comunicación y es una fuente de conocimiento, puede ser incluso un acicate para la búsqueda y para la adquisición de otros conocimientos.

El teatro no es sólo un “reflejo de la vida” o un “espejo de la vida”. En el escenario, como en un laboratorio científico, el conocimiento se pone a prueba: ¿qué pasa se mezclamos esto con esto otro?, ¿qué pasa si lo comprimimos o si lo extendemos? Una obra de teatro es una microhistoria, nos ayuda a conocer y a comprender al otro; desde el actor que debe “reconocer” a su personaje para encarnarlo, hasta el espectador que pude verse reflejado en el escenario.

Me gustaría hablar de muchas cosas: de lo que significó para mí y para la Universidad el Teatro del Estado, la Casa del Puente, de los Festivales Universitarios, de la creación de “La caja”, o también de la labor desarrollada por un equipo dedicado y eficiente en el Centro de Documentación Teatral “Candileja” A.C. que ha rebasado ya los veinte años de existencia (y que antecede al CECDA) o de lo que motivó y lo que se logró con los Festivales de Teatro en la Alacena y Adultíteres, pero eso haría de esta intervención algo demasiado largo y seguramente caótico por la multitud de temas. Tampoco quiero abusar de su tiempo y de su paciencia.

Me conformaré con lo siguiente: esta participación mía, como aquel programa cómico de la televisión de los años sesentas que conducía Raúl Astor, o como una mala obra de teatro, tiene tres finales.

Aquí va el primero.

  • Lo he dicho en algún otro momento, pero me parece que vale la pena retomarlo en este contexto y en las difíciles, complejas y trágicas circunstancias que nos toca vivir: estoy convencido de que sería más barato y mucho más productivo construir, equipar y mantener una casa de cultura o un teatro que una prisión. Añadiré lo siguiente: me parece que sería más barato y mucho más provechoso construir, equipar y mantener un complejo deportivo que una cárcel. No es una idea nueva. Considero que es el mismo espíritu que motivó al veracruzano Benito Coquet cuando, siendo director del Instituto Mexicano del Seguro Social y con el respaldo del presidente Adolfo López Mateos, construyó los Centros de Seguridad Social y Bienestar Familiar y sembró de teatros el país, considerando que el cuidado de la salud no debía ocuparse exclusivamente del tratamiento o la cura de las enfermedades, sino que debía ir más allá y prevenir no sólo la salud física sino también la salud mental de los derechohabientes. Un legado importantísimo que el neoliberalismo se ha encargado de ir desmantelando. Curiosamente tengo entendido que en Islandia (of all places) existe un programa semejante con muy buenos resultados. Creo que deberíamos voltear la vista hacia otras latitudes y no quedarnos sólo con el único ejemplo de lo que tenemos al norte. El teatro entretiene y educa.

El segundo final:

  • Agradezco profundamente, a nombre propio y a nombre de mi familia, la distinción que el H. Consejo Universitario me concede en esta ocasión, ya que para nosotros tiene un significado muy especial. Este año se cumple el centenario del nacimiento de una persona para quien la Universidad Veracruzana fue muy importante y quien fue muy importante, en mi opinión, para la Universidad Veracruzana, un destacado alumno de la Facultad de Antropología y un destacado integrante del Instituto de Antropología: Francisco Beverido Pereau.

El tercer (y último) final:

  • Con la distinción que hoy se otorga a mi persona, hago votos porque la Universidad, sin dejar a un lado la ciencia y la tecnología, conserve, acreciente y enriquezca la actividad humanística que desde sus inicios fue su columna vertebral, la que la ubicó entre las instituciones educativas y culturales más importantes en el panorama nacional, posición que nunca ha perdido, porque desde su seno, así como en otras áreas, a través de la literatura, de la música, de la pintura, de la danza y muy destacadamente del teatro, ya sea con su compañía profesional, con la actividad docente de la Facultad de Teatro y ahora la Maestría en Artes Escénicas, como incubadora e impulsora del teatro estudiantil y del teatro independiente, podemos con orgullo decir como Fuenteovejuna, “todos a una”: ¡Damos más!

 

Xalapa, Ver., a 11 de diciembre de 2017

 

 

 

Paco Beverido, Doctor Honoris Causa por la UV

La familia de Paco es el teatro, lo digo yo, que soy su hermana, y que desde que nací lo he visto entre tablados y candilejas. Esta familia a la que él se ha entregado le ha respondido celebrando su vida en el teatro. La tarde del 11 de diciembre de 2017 la Universidad Veracruzana, su alma mater y su casa de trabajo, le otorgó a Francisco Beverido Duhalt, a solicitud de sus pares, la máxima distinción académica que puede otorgar: el Doctorado Honoris Causa.

No, no podría pretender hacer una crónica objetiva del evento, pues, además de mi parentesco, se trató de un acto emotivo, cálido, con un protocolo poco ortodoxo, pero a la medida de las circunstancias. Para empezar, Paco entró en la sala como se ingresa a un teatro: investido de un personaje. El público, deliberadamente no advertido de esto, tardó unos instantes en comprender que las palabras pronunciadas no eran las del actor, sino las de Iván Ivanovich Niujin, personaje del monólogo Sobre el daño que hace el tabaco, de Antón Chéjov.

Por tratarse de una sesión solemne del Consejo General Universitario, los asistentes eran los consejeros-alumnos y consejeros-maestros de todas las facultades, los vicerrectores de las cinco regiones que componen la UV, así como funcionarios, académicos, investigadores y amigos de Paco.

El monólogo cautivó al público. Cuando llegó el momento de los discursos ya había un ambiente que, sin salirse del rigor mínimo indispensable en esas circunstancias, había perdido el acartonamiento y la gravedad.

Víctor Hugo Vásquez Rentería, académico de la Facultad de Idiomas, leyó una semblanza de Paco cimentada en su acercamiento personal al teatro y sus encuentros con él, a lo que siguió una prolongada ovación de pie, como pocas veces se escucha en ese recinto destinado a los actos protocolarios del Consejo Universitario.

La Rectora, Sara Ladrón de Guevara, impuso enseguida la medalla y el homenajeado procedió a responder al reconocimiento con las palabras que aquí mismo se reproducen. Para concluir, no sin agregar sorpresa y emociones, Sara Ladrón de Guevara leyó un discurso que no sólo hacía hincapié en la labor de Paco, en la importancia del Centro de Documentación Teatral “Candileja”, en los múltiples personajes representados en su carrera actoral, en las numerosas puestas en escena de las que ha sido director y en la gran labor que ha realizado como promotor cultural, sino que integraba también sus recuerdos de infancia (los de ella, los nuestros), sus visitas a nuestra casa (fuimos compañeras en el Jardín de Niños), la influencia de mis padres, a los que tan bien conoció, en la formación de Paco. Fue un discurso que en lugar de citas y doctas referencias evocaba momentos significativos.

La ceremonia duró una hora y media, pero ni los consejeros, ni las autoridades, ni ninguno de los invitados tener prisa por que terminara. En esta velada la academia, la familia y el teatro fueron uno.

Maliyel Beverido

 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_322

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