¿Feliz año?

¿Feliz año?

Inició el año 2018 y seguimos con lo mismo, pero exacerbado; un balance, pues, incrementado, porque tantas desdichas ocurridas, llegan a hacer una desdicha tan grande, ya no como riesgo, con alguna eventualidad, sino ahora más bien como una vigorosa realidad, que día a día cobra presencia en las páginas de los diarios su aporte de dolor, muerte y tristeza. No es tan natural social lo que ocurre, porque el año que recién inicia es un año electoral, precisamente, clave para celebrar una elección bastante marcada, desde hoy, con posibilidades diversas, a las que se supone políticamente se trabajan, entre otras múltiples opciones, para poder dar una auténtica batalla electoral entre el PRI y una oposición política que, con un poco más de responsabilidad por el futuro, puede asumir una posición de atracción y suma, si decide contribuir y concurrir a generar una coyuntura, no sólo más cercana a generar condiciones reales para lograr la alternancia, sino marcada, por eso mismo, por una todavía eventual perspectiva de imprimir un viraje al actual modelo neoliberal, más dañino y cercano a la obsolescencia, si la imaginación de la oposición diera más de sí, para concurrir a construir entre todos los opositores la fuerza requerida para producir una alternancia, cuya pluralidad generará e incrementará la capacidad nacional para construir una democracia con consistencia suficiente para contener, enfrentar y hacer virar al neoliberalismo, hacia opciones más auténticamente democráticas, algo distinto a sólo operar, una vez más, una eventual democracia electoral.

¡Ah, sí, tenemos la capacidad de celebrar elecciones democráticas! Perfecto, y cuándo esa democracia electoral se va transfigurar con la sola celebración de las elecciones para ser también, política y programa, capaz de generar un gobierno o gobiernos más democráticos y persistentes en cambiar y en arriesgar algo más que la democracia, como espectro, durante las campañas electorales, desde el votar y el insistir en contar bien los votos y resguardar con celo político democrático la papelería y las boletas, hasta que no quede duda de la imposibilidad de alterar los resultados obtenidos, con los votos emitidos por una ciudadanía a la que se respetaron sus preferencias.
¿Hay algún espacio o un tiempo ciego en el que puedan ser alteradas las cifras de los votos emitidos por los votantes y aparecer alteradas, al final, en el afiche de resultados que se deja al público, como prueba de fidelidad, justeza? ¡Vean, electores, funcionarios electorales y público¡ Si todavía están allí los votos emitidos, éste fue justamente el resultado. Pero, si acaso allí no hubo manipulación, cabe imaginar, pensar y averiguar, dónde, sí pudiera, puede, ocurrir. O sea, antes y/o después de exhibir en la casilla, la cartulina con los resultados.
Por supuesto, entre políticos y electores, demócratas y democráticos, sean partidistas o no, nada deben temer por su ser, ejercicio y reproducción política – electoral – democrática mediante elecciones, libres y democráticas. Pero todas ellas, son políticas, y habrá que superar ya, la transfiguración de las despensas y demás “utilería”, en votos. En todo caso, se debería averiguar y divulgar, en qué momento y cómo las despensas, se llegan a convertir en votos. El asunto es: ¿se respeta o no se respeta la democracia, el voto y al votante, su integridad política?

“Utilería” es un término, muy, muy, muy amplio y pareciera que con los apretones de la crisis, de los precios y los costos, se amplía la posibilidad de convertir política y votos, en mercancías o cosas más útiles para la casa, la mesa o el despacho, que en democracia y con ella, en vida (¿política, económica y cultural?) democrática.

La duda existe, persiste, inquieta: desde los tiempos bíblicos, la transformación del pan y el vino, es significación todavía clave, ¿seduce? para poder hacer política o fe. Interesante, si el voto se emitiera por seducción, eso no conlleva sólo pensamiento, inteligencia, frialdad, al contrario, se carga de pasión. De un ”apasionamiento” cívico – político, por el demos; uno que se devora, elección tras elección y se torna cíclico, interminable. ¿Cuánto lleva de vida la Constitución, las Constituciones, la Biblia y la TELE?
¿Explicará eso el arraigo por ambos caminos y sus cuestionadores obstáculos a la tranquilidad e irrupción de novedades o la rotura de la cotidianidad, que afilia, o bien, transgrede, ¿qué le seduce más? ¿Qué le hace hervir más su cuerpo, sus pensamientos o su sangre, o ambos, en una peculiar e individual y subjetiva mezcla, qué hace pesar más Usted? ¡Je, Je! ¿Disfruta más el gozo o el sufrimiento acético? ¿Por dónde va y le da a cada quien ir, por la pasión como gozo o como sufrimiento? Por donde vaya, por donde, Usted, quiera ir, está a tiempo, apenas inicia el año, que la pase bien, por donde haya elegido o le apasione ir.

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