El poder de los recuerdos en el cine de animación: ‘Coco’ y ‘Loving Vincent’

El poder de los recuerdos en el cine de animación: ‘Coco’ y ‘Loving Vincent’

La Gualdra 318 / Cine

 

Muchas veces se ha dicho que nuestra historia define quiénes somos como seres humanos, mientras que nuestros recuerdos influyen en nuestra personalidad y en nuestras creencias, en los ideales a los que nos aferramos.

En la actualidad, entre algunas personas aún persiste la idea de que, en el cine, el género de animación sólo se remite al mercado infantil, como reflejo del enorme bombardeo publicitario que se maneja en algunos títulos de esa categoría, que resultan en éxitos taquilleros pero de poca calidad y propuesta.

Bajo dicha lógica de producción y posterior promoción, la única compañía de cine que ha logrado salir airosa es Pixar (DreamWorks en contadas excepciones) con títulos que funcionan en el plano de entretenimiento, pero que también trascienden como grandes películas gracias a sus bien trabajados y profundos guiones.

En el otro plano del cine, se ha vuelto más común ver a cintas independientes abrirse lugar entre las grandes producciones, esto gracias a su creatividad y el impacto visual que manejan, y al hecho de que directores más reconocidos deciden participar en ellas, como son los casos de Charlie Kaufman, Wes Anderson, Richard Linklater y Hayao Miyazaki.

Dos de las películas más importantes de dicho género que fueron lanzadas este año corresponden a cada uno de estos dos grupos, pero curiosamente cobran relación directa una con la otra. Por un lado Coco, la película del Día de Muertos de Pixar, dirigida por Lee Unkrich; y por el otro Loving Vincent, la ambiciosa cinta biográfica sobre Vincent Van Gogh, dirigida por Dorota Kobiela y Hugh Welchman.

En Coco conocemos a Miguel, un niño con aspiraciones a músico a pesar de que su familia se lo prohíbe y que accidentalmente viaja al mundo de los muertos, donde conoce a su ídolo Ernesto de la Cruz, el músico más grande de todos los tiempos y que tiene claras reminiscencias a Pedro Infante.

Loving Vincent es narrada a través de los ojos de Armand Roulin, hijo del cartero encargado de la correspondencia de Van Gogh con sus familiares y amigos, y después de la muerte del pintor y de una carta pendiente por entregar, el protagonista de un viaje lleno de dudas e interrogantes respecto al artista.

En ambos casos el valor de la memoria y de los recuerdos es esencial para sus respectivas tramas. En el caso de la primera para poder comprender una tradición tan profunda, compleja y a la vez tan extasiante como lo es la celebración del Día de Muertos. En el segundo caso, para entender a esos artistas frustrados e incomprendidos en su momento, bajo la duda incierta en aquella época de si alguna vez su trabajo y obra serían reconocidos.

Más allá del derroche técnico empleado, en ambas producciones sus protagonistas buscan, a través del valor y la inspiración de sus ídolos, su propio lugar y pertenencia en el mundo, y están dispuestos a dejar todo lo que tienen atrás, con tal de conseguir dichas respuestas.

Así pues, ambas cintas se manejan de un modo atemporal donde el contexto y sus limitantes influyen directamente en el sentido de identidad de ambos protagonistas, cuya resolución final se encuentra en las artes, en la música y la pintura, que responden a cuestiones inherentes y universales en todos los seres humanos, sin importar nuestra edad o lugar de origen.

 

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