El enano

El enano

La Gualdra 318 / Río de palabras

 

Podía haber sido tan alto como sus hermanos, pero los genes lo condenaron a tener esa cara de niño malcriado. Desde los quince años viste como rapero. Casi nunca camina por la banqueta, camina a sus anchas a media calle; le importan un bledo los cláxones de los conductores.

Cuando me lo encuentro en la calle, me lanza escupitajos. Supongo, le molesta que me haya convertido en Testigo de Jehová, y no a las burlas que nos hicimos de pequeños allá en la primaria Oficial Paz Montaño; él me señalaba de chino-cochino y yo le decía: “Enano de mierda”. Ignoro si recuerde esos dimes y diretes, tampoco sé si se acuerde de aquella vez que me amenazó, junto con otros compañeritos, con una navaja (la navaja que su padre usaba para cortar la barba de los vecinos), y me dijo en pleno recreo: “¡Aquí no te queremos ojos-de-alcancía!”, ante el temor de que me la hundieran en la barriga, corrí por toda la escuela y al no hallar un buen escondite, fui hacia el techo del salón, donde me acorraló junto con sus compinches; no tuve más remedio que arrojarme al vacío, quedando para siempre en mi memoria el miedo a las alturas. Jamás llegué a acusarlo, tampoco él renunció a hacerme daño apenas puse un pie en el salón. A pesar de todo, le guardo cierta pizca de cariño. Algo me dice que sería el primero en llamar a la Cruz Roja si me diera un paro cardiaco en el camino.

Si no se ha casado no ha sido por su tamaño y su excéntrica forma de vestir, sino por cómo mira a las mujeres en la calle. Si fuera mi amigo íntimo, además de darle un zape en su cabezota, le diría que enfoque la mirada en sus rostros, no en sus pechos y traseros. Si es tan grande tu deseo, por lo menos que tratara de ser discreto. Ninguna de las vecinas le guarda afecto. Alegan que no habría amor ni cariño, sino sexo árido y violento. Incluso, las he visto cambiar de rumbo cuando lo ven a lontananza. En caso contrario, ellas caminan por la banqueta, gritándole: “¡Qué me ves, baboso!”, y él les responde con alguna grosería o un albur. Para la gran mayoría se torna más enano, acaso un duende o un pequeño demonio.

Quizá un día mi vecino termine atropellado. Ya imagino la alegría de las muchachas del barrio cuando se divulgue la noticia. Se sentirán libres para usar sus minifaldas y blusas escotadas, o de ponerse sus pantalones ajustados, aunque eso signifique ir al velorio y entierro de el enano. Lo cierto es que ellas se vestirán y pondrán bellas sin darse cuenta que lo hacen para él. Quizá, muy en el fondo eso quiere mi vecino. Que haya muchas mujeres de negro durante la misa de cuerpo presente. Quizá, por eso, camina a media calle. Lo cierto es que ningún automovilista le ha cumplido el capricho.

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_318

 

 

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