Tortas japonesas

Tortas japonesas

Cuando atiende el teleprompter es materialmente imposible saber lo que piensa, pues no hace sino repetir una sucesión de lugares comunes, de los más trillados,  abundante en estado de derecho, régimen de libertades, respeto irrestricto a los derechos humanos, etcétera; y resulta, evidentemente, de lo más aburrido.

Cuando improvisa  es otro cantar, pues apenas aparta la vista del artilugio en cuestión suele enredarse en algún tartajoso fárrago, en el que las ciudades devienen estados, los gobernadores presidentes municipales, los novelistas historiadores, mudan los países de nombre y un abundante etcétera; y es por ello imposible enterarse ya no de lo que piensa sino de lo que desea comunicar; y si bien quienes lo escuchan sienten a menudo vergüenza ajena, recordarlo  resulta a no pocos extraordinariamente divertido.

Empero hay otra variante: la que emerge ya no por algo ligeramente parecido a un cuestionamiento, sino  una mera falta de aplausos.

Es entonces que recrimina la ausencia de reconocimiento a su espléndida labor; que se duele por la falta de un recuento puntual de los (ingentes) beneficios generados; que reprocha se repare no en los miles de kilómetros de caminos, sino solamente en un socavón; que le irrita  se molesten algunos por el espionaje de que son objeto, sin atender la importancia que ello les confiere; que amenaza con persecuciones judiciales; que se aflige en suma de que le hagan bulling.

Es entonces que sabemos lo que verdaderamente piensa, lo que resulta un tanto cuanto aterrador.

 

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