¡Queremos Rooock!

¡Queremos Rooock!

El segundo fin de semana de septiembre de 1971 se convocó a un evento llamado “Rock y Ruedas” a realizarse por allá cerquita de Valle de Bravo, en un lugar llamado Avándaro. De todas las partes del país la chaviza y mucha gente adulta se dio a la tarea de acudir a dicho espacio. Todos los puntos de la República en mayor o menor medida estuvieron representados en esa gran fiesta que ofrecía una buena combinación: un buen rally automovilístico con muchos de los mejores pilotos mexicanos y foráneos que hacían su lucha en México y la mejor representación rocanrolera que se podía ofrecer dentro de la baraja de buenos grupos mexicanos que existía y se manifestaba buscando su propia identidad en la baraja artística nacional de ese gran movimiento cultural que se dio alrededor del rock. Aunque en ese tiempo dominaba la aportación de la llamada Ola Inglesa el de Norteamérica trataba de no desmerecer a pesar de su evidente inferioridad ante el arte inusitado de los europeos, ingleses, principalmente.

Nadie pensó en que aquella convocatoria sobrepasaría cualquier expectativa. La revista Rolling Stone hizo el cálculo de asistencia de trescientos mil amantes del rock, porque definitivamente desde los primeros arribos, algunos desde una semana antes, su pudo deducir que el rally no podría llevarse a cabo. Incluso, puesto que todas las áreas aledañas al escenario y las “gradas” donde se acomodaría a los espectadores. Incluso, hubo algunos grupos que se aventaron el “palomazo”, donde destacó la puesta en escena de una versión mexicana de la ópera rock “Tommy” escrita por Peter Townsend, estrella del grupo The Who.

Al llegar el día del gran concierto, todos los lugares estaban atiborrados mientras miles de rockeros invadían carreteras y las veredas previas al lugar del concierto. Las filas interminables conducían a una aglomeración frente al gigantesco escenario donde difícilmente cabía un cuerpo más. Contra lo que pudiera imaginarse, considerando la época en que el concierto se llevó a cabo, había una gran cantidad de chicas entre la gran masa de jóvenes acelerados; además había gente que jamás se hubiera uno podido imaginar que asistiría: padres de familia con sus pequeños hijos, gentes con muletas o en sillas de ruedas. En fin, dentro del tipo de asistencia esperado, había una gran cantidad de asistentes fuera de contexto que engrosaron a los menos esperados, una gran cantidad de miembros del Ejército Mexicano y de la policía, presumiblemente del Estado de México. Lo demás, mucha euforia, camaradería, convivencias en un ambiente de cordialidad y buena onda entre el picosísimo olor a petate quemado de humos extraños que hacían valer los preceptos fundamentales de la “convivencia sagrada” del personal hippie mexicano al que el insigne maestro Carlos Monsiváis bautizaría desde ese acontecimiento como “jipitecas”, no se puede definir aún si fue en forma peyorativa, pero le dio voz y nombre propio al ejercicio de la hippiedad a todos aquellos que optaron por esta forma de manifestación cultural en los años subsiguientes, porque no hay que olvidar que eran años en que la guerra sucia contra los libre pensadores se manifestaba en y con su más brutal saña. Aún estaba muy fresco el olor a sangre por la represión a los jóvenes politécnicos el último Jueves de Corpus por los tristemente célebres “halcones”.

En fin, la convivencia se dio y se dio en la más completa de las armonías, grupos como Tinta Blanca, La Revolución de Emiliano Zapata, La División del Norte, Tequila y varios más deleitaron al “respetable” que se manifestó con coros que rayaban en la inconformidad y agresividad hacia un gobierno represivo que enarbolaba banderas de una falsa moral. Por esta razón, principalmente, los medios satanizaron el evento como un acto de degradación humana y las buenas conciencias encabezadas por el gobierno priísta de Luis Echeverría y el clero nacional con la comparsa de los medios que entonces monopolizaba un compañía televisiva que hasta estos días idiotiza a la gran masa del pueblo mexicano hicieron su trabajo de desinformar a la opinión pública y al mundo sobre lo que en verdad ocurrió en dicho lugar. Total, que lo que fue la gran manifestación cultural del género musical rocanrolero del pueblo joven de México, sirvió para estigmatizar, juzgar y condenar sumariamente al Rock en México a cadena perpetua. Aún hoy, este anatema se deja sentir hacia todos los artistas del rock, por las mismas “buenas conciencias” que no ponen el mismo frenetismo prohibitivo ante otras manifestaciones “musicales” como las bandas de música guarra, el reggaetón, cierto tipo de corridos y la música de prostíbulo tan socorrida entre los decadentes gustos de la sociedad.

La misma Ciudad Educadora tiende a mantener esta mala práctica. En la semana habrá un concierto donde participarán más de una docena de grupos a los que no se les ha permitido presentarse en alguno de los foros tradicionales de la ciudad Patrimonio Cultural. Los pretextos son lo de menos, siempre conducen a lo mismo, el rock sigue siendo considerado música de marginados y al concierto mencionado se le envía sin remedio a un punto marginal; fuera de los límites del Centro Histórico y con todas las condicionantes negativas habidas y por haber. Aún así, habrá de celebrarse la XIV Edición del Día Estatal del Rock Zacatecano dedicada a homenajear a Pablo César C. Láriz con alrededor de 40 grupos los días 24 y 25 de noviembre.

Así que, recordándole desde aquí a quien quiera o no quiera oír o leer, que deben quitarse las máscaras de la hipocresía, que “El Rock es Cultura” y que la banda no se cansará jamás de gritar que ¡QUEREMOS RROOCC

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