Nuestras causas, nuestras instituciones

Nuestras causas, nuestras instituciones

Una de las características más ciertas, pero también más ausentes de la democracia es el acto y la decisión misma de deliberar, es decir: reflexionar para debatir, analizar los argumentos, darle seriedad y responsabilidad al diálogo y la confrontación sobre la agenda pública. Este elemento es aún más necesario en una democracia naciente como lo es la mexicana, y cuya ausencia permea todos los días, permitiendo la demagogia, la burla, las medias verdades y los linchamientos idiotas.

Hemos asistido recientemente al desencanto de nuestra transición, que no tiene nada de reprochable en comparación con otras democracias jóvenes; con una ambición sin sentido histórico ni análisis comparado, exigimos arribar en treinta años a lo que a otras naciones les costó trescientos. Quizá no vamos como quisiéramos, pero negar los avances es no solo mezquino, sino contraproducente: no se llega a ningún lado a través de la crítica feroz que lo destruye todo sin ánimo mínimo de pragmatismo que permita a las ideas sobrevivir a la voz.

A través de un camino complejo, en el que la mirada estuvo siempre puesta al futuro y la ambición en sintonía con la historia, utilizamos a las instituciones como vía para una transformación única en nuestra existencia como nación. De este proceso surgieron y se implantaron en nuestra conciencia cívica, palabras y conceptos que cambiaron definitivamente la agenda pública, pero también nuestra visión política y social: derechos humanos,  competencia electoral, IFE (INE), transparencia, auditoría, rendición de cuentas, independencia judicial, IFAI (INAI), entre muchos otros.

Uno de los pasos más importantes que hemos dado en materia de construcción institucional está avanzando con una sólida convicción civil, más que política, haciendo una clara diferenciación entre las causas que abandera la clase política y nuestra sociedad civil. Hablo del Sistema Nacional Anticorrupción, cuyo avance se debe más a liderazgos democráticos y transparentes, surgidos de acuerdos al interior de las organizaciones promotoras de dicho sistema y a la inteligencia de estos liderazgos, en las arenas mediáticas y académicas,  que a nuestros representantes anclados en la tradicional visión de la cosa pública.

Hoy el Sistema Nacional Anticorrupción, sufre de un parto difícil, por la mezquindad de quiénes aún no se enteran que México cambió más allá de la simulación con la que algunos se lavaron las caras. Sin embargo la convicción cívica ya dicha se ha vuelto una avanzada que no se ha podido detener, aún con las más agrias y vergonzantes estrategias de desarticulación, entre las que destacan la nula voluntad política para dotar de elementos materiales a dicho entramado institucional y en estos días, la intención del desprestigio.

Tal como pasó con el Instituto Nacional Electoral, en esta coyuntura coinciden los unos y los otros: los que (cuando menos en el discurso) se indignan de la voracidad del poder y sus capacidades para corromper la competencia electoral y con ello la legitimidad misma del sistema democrático, como los que con un cinismo repugnante, han forzado a la ley para que se neutralice a sí misma, volviéndose no solo incapaz, sino puerta misma para la impunidad.

En el caso del Sistema Nacional Anticorrupción parecen coincidir también los quijotes cuya única receta son ellos mismos y sus causas (no solo AMLO) y los villanos, cuyo status quo representa la comodidad de mantener privilegios, en lugar de compartir y respetar los derechos comunes (no solo Escudero).

Pero los ciudadanos (todos, con o sin militancia, filias y/o fobias) cuya convicción común y causa cívica es combatir lo mejor posible a la corrupción, mal que nos daña hoy, nos mutila el futuro y nos atrofia la confianza, no nos vamos a dejar, no debemos hacer brazos caídos, porque entonces se nos caerá encima la responsabilidad histórica, pero también las consecuencias cotidianas que cada día son más evidentes y difíciles de tolerar.

No vamos a renunciar a las instituciones como pretenden los de un lado y los del otro, porque, tal como lo expresa el Colectivo Nosotrxs, las instituciones y el Estado mismos, son nuestros; tampoco rendiremos las causas, pues por más ambiciosas que parezcan ser, tal como decía Galeano con la utopía, nos han permitido avanzar y estar cada vez más cerca del ideal al que aspiramos hace décadas.

Deliberar nos permite hacer nuestros los conceptos, los principios y valores, pero también las luchas y aspiraciones comunes. Hay que replicar juntos, ahora que coinciden las ambiciones de los políticos tradicionales en desmantelar los avances alcanzados, que las causas y las instituciones son nuestras, y que nosotros, somos todos (incluidos ellos).

 

@CarlosETorres_

www.deliberemos.blogspot.mx

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