‘El lado alcohólico del corazón (crónica de un conquistador de cantina)’ [Fragmento]

‘El lado alcohólico del corazón (crónica de un conquistador de cantina)’ [Fragmento]

La Gualdra 290 / Poesía / Notas al margen

 

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Hola, me pareciste guapa de lejos. Digo, no quiero decir que de cerca seas fea. Quizás no miss universo, pero a mí, por ejemplo, no hace falta verme (ni de lejos, ni de cerca) para darte cuenta que soy poco agraciado, por no decir que feo. Tú,

en cambio, pareces buena para algunas cosas. El amor, creo yo, se te da bien. ¿Te gustaría invitarme una cerveza mientras acomodo las palabras exactas para decirte que apenas te vi y ya sentí que te quería de los ojos para dentro?

 

 

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No soy bueno para enamorar chicas, ¿sabes? Normalmente termino asustándolas luego de la primera cita. Tengo problemas intestinales y la tristeza, enfermedad que padezco desde muy niño, siempre termina interfiriendo cuando estoy a punto de contar el final de un gran chiste. No te rías, es cierto. Luego de esta primera cerveza comenzaré a pensar que tu cuerpo es un pozo, un abismo o cualquier cosa parecida a un agujero; me verás, a la segunda chela, colocándome el envase ámbar sobre cualquiera de mis ojos y tratando de explorar tu cuerpo, como si fuera un universo. Hablaré entonces de estrellas y de cosas insignificantes, pequeñas. Como yo o como tú, y entonces, ya a la tercera, comenzaré a pedir que me dejes entrar por el hueco, a descubrir si de todas esas galaxias que vi tras el cristal de mi bohemia hay una donde encuentre lo que estoy buscando.

 

 

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Los astros deben haberse alineado para que tú y yo nos encontráramos. Por ejemplo, ¿ves aquella estrella?, sí, yo sé que es un foco; pero para que ese foco se ilumine tiene que haber millones de estrellas brillando en algún lado. ¿Apoco no es cierto?, ¿ve’a que sí?, pues si no soy tonto. No, realmente tú tampoco eres tonta, no creas, casi nadie entiende mi metáfora del foco, ni yo la entiendo a veces. Pero me gusta pensar en las pequeñas cosas; tú sabes, los focos, las estrellas (porque son chiquitas), los ojales, y desde hace un rato en esa pequeña gota de cerveza que brilla en tu labio inferior. Es lindo pensar las estrellas como pequeñas gotas brillantes de cerveza. Bonitos labios, por cierto.

 

 

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Pero ya basta de cursilerías. ¿Pedimos las otras? Acabo de ver entrar a un cuate que no es poeta, seguro trae unos pesos extra en las bolsas; digo, es quincena. Le digo que de aquí tú y yo nos vamos a coger, así no me niega el dinero; tú sabes, complicidad masculina. Pero no te asustes, no tenemos que ir a coger, quizá solamente terminemos llevándonos estos envases de bohemia para ponernos a ver las estrellas de uno en el cuerpo del otro. Perdón, ya volví a mariconear.

 

 

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Recordarás aquel texto de Cortázar; iba algo así como: lo que me gusta de tu cuerpo es la boca, lo que me gusta de tu boca es la lengua, lo que me gusta de tu lengua es la palabra, y lo que me gusta de la palabra es el sexo. ¿Qué?, ¿no iba así?, bueno pero era algo como eso y hablaba del sexo de las palabras, ¿no? En fin, ése no era un chiste, pero me gusta cómo te ríes. Mi madre se ríe de mí de esa misma manera cuando le digo que algún día dejaré de beber y formaré una familia. Sé que no es cierto; pero me gusta ver reír a mi madre como si le crecieran pájaros de la lengua. Los pájaros son pura palabra, ¿sabías?, aire nomás que al atravesar nuestro pecho canta y hace pío, pío, o ese sonido tan suyo de las aves. Lo sé, no sé silbar, si no te silbaba al oído. Pero tú sí sabes, mira, ¡caray! Tal vez por eso te ríes como mi madre, aunque lo malo de tus pájaros es que ya están medio atarantados por la cerveza y van a terminar estrellándose en mi pecho.

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