Polvo, relámpagos y lluvia

Polvo, relámpagos y lluvia
Paisaje zacatecano, de Juan Carlos Villegas. 2017.

La Gualdra 289 / Río de palabras

Ayer, un viento extraño trajo consigo un manto de tierra sobre la ciudad, como cada año antes de la temporada de lluvia. Para los locales es algo de lo más natural. Este meteoro nos es familiar, un signo de la caída de agua que vendrá después; para los ajenos no lo es de la misma manera. Es un fenómeno extraño, casi apocalíptico que anuncia un día extraño en la todavía más extraña bizarra capital de Zacatecas.

Desde la casa de mis abuelos este fenómeno tenía una perspectiva impresionante. Aunque este evento tiene esa facultad: hacer que la gente que lo vive quede estupefacta ante lo que sucede, cómo unas nubes que parecen cargadas de agua y un vientecillo de ésos que anuncian la lluvia, en pocos minutos se ciernan sobre la ciudad y en cuestión de segundos cambien la temperatura y dejen caer su torrente de tierra roja; verlo desde una considerable altura resulta ser algo todavía más asombroso.

Desde la ventana del estudio se podía observar el cerro de La Bufa. En pasado, porque lo que se puede observar ahora es un edificio más alto de departamentos con sus puertas y ventanas que invitan a meterse en la vida ajena. Podíamos ver también el cauce del Arroyo de la Plata que se extiende hasta la ciudad de Guadalupe. Y desde allá, se podía ver cómo estos nubarrones oscuros, con matices grises y de color café se acercaban lentamente, traídos por el aire frío que acompaña las lluvias.

Pero esta región engaña al viento, pues en lugar de proveer a las tempranas nubes de lluvia de agua, las nutre con la tierra seca y suelta que abunda alrededor. Y entonces las primeras lluvias que se ciernen sobre la ciudad, siempre son de ese polvo fino que cubre la piel, los autos y los edificios. Extraño meteoro propio del semidesierto.

El espectáculo que viene a continuación es un concierto de relámpagos que se puede apreciar a lo lejos, y que quizá tiene como escenario la Sierra Madre. La espectacular fuerza de la naturaleza crea un fantástico evento donde las principales protagonistas son las oscuras nubes que chocan entre ellas desatando una tormenta eléctrica muda desde la distancia, pero que permite imaginar el estruendoso ritmo de relámpagos que se percibe desde la ventana de la casa de los abuelos.

Cuando la lluvia llega a la ciudad el sonido parece atenuarse. Los pájaros interrumpen sus cantos, los grillos dejan de vibrar y su comunicación con el cosmos se detiene por un momento. El agua cae y los callejones que antes eran arroyuelos se abruman de agua. Las calles del centro se disfrazan de del arroyo que antes solían ser y, por fin, sabemos que se acerca el calor, el verano zacatecano que forjó el espíritu chichimeca, con su clima incierto, pero sin dejar de ser nunca duro. Un dios sol implacable que dora la tierra y agota al labrador. Un dios lluvia que a veces no se digna a aparecer, pero que otras veces deja sentir su enorme y húmeda presencia sin tregua.

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