Enrique Serna, el tercero en discordia [Primera parte]

Enrique Serna, el tercero en discordia [Primera parte]

La Gualdra 288 / Notas al margen

 

Mi relación con la obra de Enrique Serna siempre ha sido extraña. Llegué a ella de manera indirecta, por intercesión de B, mi novia. A decir verdad siempre me he sentido como el lector voyeur entre ellos, espiando sobre el hombro del lector original, apropiándome y disfrutando de un texto que originalmente no me pertenecía.

A fin de cuentas la lectura de una obra siempre se vuelve paralela a las circunstancias en que ésta fue leída. Hay una suerte de simbiosis entre las lecturas y la vida del lector: el libro llega y se ve transformado por su habitante, de igual manera que el habitante se transforma a través del libro. La lectura es un suceso que impacta en la vida de quien la realiza, quizás por eso la mejor manera de hablar de la obra de Serna sea a través de mis encuentros con su literatura: una cronología del voyeur que entró a mirar y se quedó a dormir en el cuarto de los invitados.

Enrique Serna es un escritor mexicano, nacido en 1959, que ha publicado más de una docena de libros, entre los que se hallan novelas, cuentos y ensayos. La primera vez que uno de sus textos llegó a mis manos fue porque B me lo había prestado. Comencé a leer la novela con la soberbia de un escritor en pañales que siente que ya puede pedalear sin rueditas de seguridad. Estaba en la fila del banco, iba a cobrar el cheque de mi beca de “creador joven”. Día de quincena, la sucursal era una feria de olores y gruñidos quejumbrosos. El libro de Enrique sería mi única opción si quería soportar en la fila y salir con mi jugoso apoyo gubernamental en los bolsillos.

Bastaron unas cuantas páginas para darme cuenta de dos cosas: yo no sabía escribir un carajo, y de no ser porque necesitaba el dinero de la beca para malvivir, hubiera preferido irme de ahí y mantener mi dignidad de “escritor en pañales”. La segunda tiene que ver con algo más importante, Enrique Serna no sólo era un buen narrador, era uno que se dejaba leer, uno de ésos que realmente escriben para contar, para decirnos algo y no sólo para embarrarnos en la cara su superioridad intelectual y sus habilidades de albañil de la prosa. Las páginas de El miedo a los animales avanzaban a través de mis ojos con mayor velocidad que la cola de asalariados. Para cuando salí había leído casi la mitad de la novela (de más de 300 páginas), y estaba convencido de que si mi novia leía a ese monstruo, no podría volverle a enseñar mis propios textos sin sentir vergüenza.

Luego de que pasara mi azoramiento, compuesto también por los celos y ese incipiente voyerismo, pude terminar el libro. El miedo a los animales es, además de una novela negra, una sátira que evidencia y destripa el medio literario asemejándolo al sucio contexto criminal que se vive en México. Con una excelente mezcla de humor, acción e intriga, nos cuenta una historia que deja al descubierto las obsesiones, las ambiciones, las derrotas y los miedos de un policía mexicano, ex reportero de nota roja, que siempre quiso ser escritor y que ahora tiene el deber de investigar el asesinato de uno de esos seres olímpicos que tanto enaltecía. La animalización que menciona el título deja ver sus colmillos en todos los personajes –poetas, novelistas, editores- que participan en una historia donde el engaño, la deslealtad y la traición son el motor de la trama. Al igual que con su novela La doble vida de Jesús, Enrique Serna nos demuestra que él es un escritor que trabaja con la literatura como evidencia. Un entramador que recupera la realidad para ficcionalizarla y, con ello, hacerla verdaderamente real.

Quizás hay dos grandes funciones en la novela: revelar y evidenciar, aunque ninguna de las dos está exenta de la otra, sí hay, en cada obra, una permanencia de una sobre otra. Mientras que la que revela nos muestra esa otra realidad que no percibimos –generalmente se trata de textos más poéticos, pienso en Alessandro Baricco, Julio Cortázar, Calvino-, la que evidencia redescubre una realidad que ya conocíamos pero no habíamos visto realmente o desde cierta perspectiva. Las novelas de Serna trabajan con base en esa función: evidenciar, reconstruir la realidad para devorarla en forma de libro. Desde El ocaso de la primera dama (luego llamada Señorita México) pasando por Uno soñaba que era rey, o El seductor de la patria, y hasta La doble vida de Jesús, el autor es un develador de la realidad, un demoledor que evidencia la fealdad tras la fealdad que ya conocíamos.

Ni B ni yo tenemos ya el libro que comencé a leer aquella vez en el banco. Menos de un año después la beca se me acabó y ella me lo regaló, junto con otros ejemplares, para venderlo y poder seguir siendo uno de esos personajes asustados y ariscos que llaman escritores.

[Continuará]

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