Cambio climático: los derechos humanos como movimiento (I/III)

Cambio climático: los derechos humanos como movimiento (I/III)

Encubierta tras un halo de ambigüedad, de una deliberada  -ambivalente- posición,  aprovechándose de palancas y artilugios legales,  las posiciones “negacionistas” del cambio climático se han hecho con el control político en los Estados Unidos, y proyecta su ominoso programa de desmantelamiento de una parte fundamental de la institucionalidad, del marco normativo, disminuyendo radicalmente el presupuesto, e, incluso, en sus intentos de expansión ilimitada de dominio pseudo-racional propias del autismo desquiciado de las elites, enfrascadas en la lucha por el poder diferencial entre ellas, y contra las mayorías sociales,  buscan avanzar en el  amordazamiento -o en la torsión perversa-  del imaginario social emergente/alternativo de la ecología y del calentamiento global, claramente -y objetivamente-  provocado  por la humanidad (de origen antropogénico).

Ese nuevo imaginario social  emergente/alternativo, visible en una miríada de luchas, que a lo largo y ancho de los continentes, aparecen –y, algunas, desaparecen- como parte de ciclos no del todo elucidados. Lo esencial es que se trata de una creación humana (social-histórica) alimentada  a lo largo de más de cuatro décadas (para no remontarnos más allá), en esa historia en curso, se han entretejido de manera compleja entre otros elementos, la investigación científica, junto con las luchas y movimientos sociales contra la destrucción ecológica y contra el calentamiento global, que apoyándose en el conocimiento generado por la ciencia, en sus valiosas –irrenunciables e indispensables- aportaciones, reconoce también –a través de una serie de insigths múltiples y diversos-  de modos lúcidos y reflexivos, los insuperables límites del conocimiento  científico mismo; pero también, la imposibilidad de actuar concertadamente,  propia de los Estados, entes burocráticos ocupados exclusivamente en mantener o incrementar el poder, campo reservado para la lucha entre actores portadores de intereses particulares, sacrificando el interés general, incluyendo entre esos actores a las corporaciones multinacionales, etc.

Se trata de conflictivas y complejas constelaciones, negociaciones y luchas  entre “bandas” políticas globales, que han demostrado su incapacidad para establecer y para llevar a su realización los objetivos de una política global (nacional, local),  que pueda situar en primer plano la lucha contra la destrucción ecológica y el cambio climático.

Sabemos -ya- a estas alturas que se trata de una transformación social y política, que debe ser emprendida a escala planetaria, a la que debe dársele  una urgente, merecida, prioridad, en la medida en que  se trata de una amenaza que está -ya- descomponiendo la vida colectiva en el presente y que afectará de modos devastadores la convivencia de la humanidad en los años por venir (destruyendo nuestro hábitat).

Como bien sabemos, en la COP 21 (París) y en la COP22 (Marruecos), para no  aumentar  globalmente  la temperatura, luchar por mantenerla por debajo del umbral de  1.5 grados C (o, menor a 2 grados C).

A nivel político, los desacuerdos, y la desmedida hipocresía propia de la diplomacia internacional, es muy visible en diversos aspectos relacionados con las tramas de poder, los intereses y los acuerdos establecidos tanto en la COP 21,  como en la COP 22, producto de desiguales y asimétricas negociaciones entre los distintos actores: los Estados, las empresas transnacionales, la ONU, las ONGs, los movimientos sociales, etc. Pero la disidencia de los que no se pliegan ante la pos-verdad, y mantienen un compromiso reflexivo -y autocrítico- con la defensa de la vida también ha conseguido sostenerse, e incluso, se ha mostrado capaz de cobrar una fuerza creciente  (ciertamente, aún difusa, y con problemas complejos no resueltos), como lo muestra la lucha ejemplar de Standing Rock, y su más recientes acciones masivas de boicot a los bancos que financian los oleoductos en Dakota, y otros estados en el norte de Estados Unidos, después de que Trump levantó con un decreto, la suspensión decretada por Obama. Una lucha emblemática, que forma parte de una miríada de luchas que se despliegan por muy diversos lugares.

Las elites y sus complices neo-negacionistas del cambio climático, parece que no son capaces de incidir -ya- de manera significativa,  en  el debate científico. Dentro del mismo se ha alcanzado un consenso cuasi-universal, alrededor del  97% de los científicos, dentro del campo especializado en las ciencias del clima, apoya los resultados de un conjunto amplísimo de investigaciones con una  “robusta” metodología.

Gracias a ello, fehacientemente, “sabemos que los seres humanos están causando el cambio climático y sabemos que el tiempo va a cambiar a medida que se desarrolla este proceso” y parafraseando a Michel Mann, estamos muy cerca de demostrar que existe una relación directa entre el cambio climático y una familia de fenómenos meteorológicos extremos, sequias, inundaciones, etc., que están provocando grandes daños a sectores cada vez más amplios de la humanidad.

Ante este panorama adverso: ¿cómo articular el cambio climático a los derechos fundamentales entendidos  como  movimiento en defensa de la dignidad humana y de la tierra-patria?

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