Napoleón, el mérito y las instituciones mexicanas

Napoleón, el mérito y las instituciones mexicanas

Andrew Roberts describe de forma detallada como Napoleón Bonaparte llegó a ser uno de los hombres más poderosos en el mundo.  Nacido en Córcega, Napoleón tuvo que esforzarse desde joven para poder llegar a donde llegó. Sus padres vivían cómodamente, pero en realidad no eran una familia extremadamente rica. Con base en el esfuerzo, el muchacho de Córcega ganó una beca para poder asistir a la escuela militar de artillería de París. Una vez concluida su formación, Napoleón se convirtió en un miembro más del ejército francés y debido a su dedicación al oficio fue designado general del ejército de Italia. Ahí, sus logros militares empezaron a abrir el camino que lo llevaría a convertirse en emperador.  Incluso cuando algunas de sus ideas eran bastante autoritarias, dice Roberts, la historia de Napoleón es una historia acompañada por la meritocracia.

Ya como emperador, Napoleón cometió uno de sus primeros errores como dirigente. Decidió nombrar a su hermano Luis rey de Holanda y a su hermano José rey de Nápoles y de España. Al respecto Roberts afirma que se trataron de los primeros nombramientos napoleónicos donde el mérito poco tenía que ver. Muy pronto ambas decisiones probaron ser un error.  Incluso cuando Napoleón podía confiar en sus hermanos para extender su dominio, tanto Luis como José probaron no tener las características adecuadas para gobernar.

Otro de los errores de Napoleón, según Roberts, fue su constante tendencia a mentir sobre los resultados de las batallas. Después de cada batalla, Napoleón tenía la mala costumbre de reportar un número altísimo de prisioneros y bajas en el ejército contrario y un número más bajo que el real para el ejército francés. En un principio, los números de Napoleón distaban poco de la realidad, pero conforme pasó el tiempo las diferencias se fueron haciendo más grandes.  Al final nadie creía en las cifras de las batallas estimadas por Napoleón.

Falta de mérito y cifras maquilladas fueron entonces dos de los pilares que hicieron que poco a poco Napoleón fuera perdiendo legitimidad. Algo muy similar está pasando en México en estos mismos momentos. Un político con una buena trayectoria académica y profesional está tratando de imponer a una figura que no tiene los méritos necesarios para ocupar un puesto en la institución que está a cargo de medir a México. Los resultados pueden ser catastróficos.

Independientemente de cuál sea el perfil de la persona que llegue a ocupar la vicepresidencia vacante del INEGI, lo menos a esperar es que sea alguien que tenga los méritos para estar ahí. La historia nos ha enseñado qué sucede cuando se imponen personas en posiciones que alguien más merece en igual o mayor grado. Es evidente que una sola persona (o quienes estén detrás de esta) no podría cambiar el espíritu y la forma de trabajar de una institución tan robusta como lo es el INEGI. Sin embargo, lo que si cambiaría es la percepción de la gente hacia la información que el INEGI produce. ¿Qué consecuencias tendría esto?

La Junta de Gobierno del INEGI ha estado integrada desde su formación por personas con una amplia trayectoria en la administración pública. No solamente son personas con bases técnicas muy bien fundamentadas sino personas que saben cómo sobrellevar las situaciones complicadas que podrían poner en riesgo la legitimidad de la información. Ninguno de ellos tiene un perfil que pueda ser cuestionado tan duramente como el de la actual candidata a ocupar el puesto vacante. Es ahí donde radica el verdadero problema. No se trata de la juventud de la contendiente, ni de su corta carrera o de su inexperiencia en un puesto con tan alto nivel de responsabilidad, se trata de que alguien más quiere imponerla haciendo caso omiso de la importancia del mérito que han tenido y tienen quienes han ocupado los puestos de vicepresidentes en el INEGI.

Tal vez la situación sería muy diferente si el vínculo entre la candidata y quienes la impulsan no fuera tan directo. Muy probablemente, de ser aceptada, Paloma Merodio podría hacer un buen papel en el INEGI, sin embargo, la forma de llegar a ocupar ese puesto no es la correcta. Existen muchos jóvenes igual de capacitados que también podrían hacerlo. La diferencia radica en que la mayoría no tiene una palanca que los ayude a saltar los primeros cuarenta kilómetros de un maratón para ponerlos enfrente de la meta.

La cosa sería también diferente si las candidaturas se dieran por consenso de la Junta de Gobierno del INEGI sin ningún tipo de intromisión de actores externos. Después de todo el INEGI es una institución autónoma respetada. Si la candidatura de Merodio hubiera salido de ahí y no desde Los Pinos los cuestionamientos hubieran sido menores y la legitimidad de la candidata mayor. En resumen, el problema no es la candidata, sino quién y cómo la quieren poner. ■

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