La Educación está en la calle (1ª Parte)

La Educación está en la calle (1ª Parte)

Es un sentir histórico de que toda cultura que se precie de serlo, necesita cimentar sus bases como tal a través de un afianzamiento de los principios de supervivencia dentro de un buen nivel de vida de la sociedad que la sustenta; desde su nacimiento como un ente organizado y desde el rescate que haga de sus experiencias en el ánimo de extenderse.  Es evidente, pues, que una sociedad para fortalecerse y trascender, debe rescatar sistemáticamente los momentos cotidianos que le den sustento y valor a su existencia.  Cuando la cotidianeidad  afianzada arroja sus primeros resultados concretos y repetitivos, dando pauta a la Historia, nos encontramos con que la única posibilidad de reproducir los medios y las formas de producción, para la supervivencia de la sociedad y su cultura, es forjada y afianzada por medio de una práctica que consciente e inconscientemente plantea y ofrece la posibilidad de revivir indefinidamente los momentos en que cualquier forma de cultura apoya su permanencia: el fenómeno de la educación.

Desde este contexto, la educación es vista como la forma en que la sociedad enseña y aprende los principios que le han dado vida y, asimilándolos dinámica y ordenadamente, podrán en el futuro garantizar su estancia dentro del complejo desarrollo de la humanidad.  Por decirlo de una manera concreta, independientemente de sus riquezas materiales y posibilidades tecnológicas, una sociedad solamente podrá garantizar ciertas probabilidades de éxito para su permanencia, en la medida que logre que la mayor parte de sus miembros desempeñe acertadamente su papel social con una aportación individual instruida y constructiva, lo cual sólo puede lograrse a través de un proyecto educativo general y efectivo.

Es evidente que a lo largo de los años mucho se ha invertido en dicho proyecto en todos los lugares del mundo donde el ser humano se ha desarrollado.  Existe un extenso acervo literario que constata las experiencias por demás enriquecedoras y diferentes en cuanto a las opciones que han existido para la educación ordenada y sistemática, desde algún mítico antepasado aprendiendo el secreto de la generación del fuego, pasando entre otros pasajes el Portal Socrático hasta los actuales agitados días en que sientan sus reales los modelos cibernéticos y los intentos subliminales.

En resumen, todo parece indicar que el objetivo primordial de todo proyecto educativo general consiste en acumular y transmitir para las nuevas generaciones el mayor volumen de conocimientos posible y un razonamiento sistemático que los aplique atingentemente, como el medio fundamental de sobrevivir, superarse y trascender como una forma de cultura.

En la búsqueda de dicho objetivo han surgido innumerables propuestas teóricas y prácticas que obedecen a diferentes corrientes de pensamiento y en la mayor parte de los casos a marcadas corrientes de interés, tanto ideológicas como  políticas y hasta filosóficas, como hasta meras formalidades y modalidades de impacto social.

La humanidad ha sido testigo del generoso despliegue de propuestas para mejorar lo que se ha dado en llamar el proceso de enseñanza-aprendizaje. Hoy día, es notable como las corrientes de pensamiento no solo plantean esquemas de diferentes posturas filosóficas, políticas e ideológicas que se manifiestan a través de diferentes aproximaciones metodológicas para el desarrollo del fenómeno educativo desde un número indeterminado de interpretaciones. Es también evidente que los planteamientos para el desarrollo del proyecto educativo han emergido desde posturas clasistas y hasta raciales, lo que a fin de cuentas ha dado como resultado una confusa propuesta para la educación de la sociedad.

Por si lo anterior no fuera suficiente para aportar elementos de confusión en la búsqueda de dicha propuesta, en los tiempos actuales el impedimento principal con que se topa cualquier intento para mejorar el proceso educativo, es su declarado empobrecimiento. Cuando se habla de los órganos rectores de la educación, de las características de la infraestructura educativa o de los presupuestos destinados a la enseñanza, siempre son caracterizados por lamentables limitaciones y si lo sumamos al alineamiento casi absoluto y definitivo de los profesionales de la enseñanza y a un desenfrenado desarrollo de alegorías de apoyo para la educación, se llega al final a tres resultados notables: a) la infraestructura y recursos de apoyo para la enseñanza son por regla general incompletos, defectuosos y muchas de las veces innecesarios, mal usados o inutilizados; b) los administradores, mediadores y responsables directos de la enseñanza casi siempre muestran limitaciones insuperables para llevar a cabo armoniosa y eficientemente su misión y por último c) la mayoría de los aprendices sólo logran un mediano avance dentro de la aventura educativa y esto, en el mejor de los casos, pues el paso y permanencia dentro de las instituciones educativas no garantiza el aprendizaje.

Resumiendo, cuando hablamos de carencias presupuestales casi absolutas para la adquisición de materiales de primer mundo y tecnología de punta; de una infraestructura especializada inexistente o en el mejor de los casos, deficiente; un cuerpo administrativo y docente limitado y desorientado y lo peor, una población estudiantil que tiene a los hábitos de estudio para un aprendizaje vitalicio y competente como la última de sus prioridades, obliga a afirmar sin ambages, que la educación está en la calle: literal y metafóricamente. ■

 

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