Partidos, elecciones y cambio social (5)

Partidos,  elecciones y cambio social (5)

En ésta y otras columnas se ha reiterado, que las elecciones sirven a las clases dominantes para elegir cuál sector de ellas gobernará, al mismo tiempo que, su desarrollo y resultado,  permiten  medir la temperatura política de la sociedad en tanto indicadoras del tamaño de la oposición y del descontento.

Si se revisa la historia reciente del PAN, PRI o PRD gobernando el país, estados o municipios (y/o hasta la misma capital de México), puede apreciarse que los empresarios favorecidos en la obra pública, prestación de servicios, negocios, inversiones, etc., son, generalmente, los mismos que financiaron las campñas de cada uno de ellos y que garantizaron su triunfo con recursos superiores al financiamiento público que las “autoridades electorales” les asignaron con “la ley en la mano”.

Mas la historia reciente nos dice también que, con todo, la izquierda institucional             –favorecida por el voto en algunos lugares– ha sido incapaz de sacar de la pobreza y marginación a sus gobernados; de modificar la correlación de fuerzas y, evidentemente, de provocar que la clase en el poder y sus instituciones se debiliten. Esto, debido a que sus gobiernos los han dedicado a tratar de fortalecer esas instituciones y no a combatirlas; a encubrir los orígenes de la pobreza; a adecuar toda su política a la del territorio gobernado, abandonando la pespectiva del contexto nacional y la lucha de clases. Por eso es que fracasan como gobierno y son finalmente absorbidos por la lógica electoral-administrativa del sistema al que dijeron combatir.

Para los pobres y explotados, el participar o no en las elecciones debe ser siempre una cuestión de táctica. Pueden abstenerse de participar y hasta boicotear los procesos para evidenciar la farza, la maniobra, enequidad y antidemocracia, o bien pueden utilizarlas para educar y organizar a su clase; como tribuna o para medir o contar el tamaño de su propuesta; para impulsar la movilización y el polo de fuerza alternativo al capitalismo…

La izquierda institucional en los estados y municipios hoy en disputa, han perdido de vista en sus campañas, el contexto nacional para, pragmáticamente, concentrarse en las necesidades “propias de la región”, a sabiendas –por ejemplo– que en el pasado 1 de mayo los trabajadores exigieron a gritos en las calles la renuncia inmediata de Enrique Peña Nieto. Nadie, o casi nadie, recoge para sus campañas locales este sentir, como tampoco recogen en los debates sobre la represión y la inseguridad, el caso Ayotzinapa, de las autodefensas, los feminicidios, etc., y sí en cambio, la idea del mando único militar y eso de “trabajar formal y coordialmente con la federación en beneficio del estado…”

Metidos en el la lógica por “mejorar” o reforzar las instituciones vigentes, los partidos dejan atrás las necesidades y propuestas populares de construir órganos de democracia directa como las de la policía comunitaria, los grupos reales de autodefensa (frente al narco y la violencia estatal), gobiernos autónomos o el derecho a la revocación (en asambleas abiertas y populares) de los mandatos…

Una izquierda revolucionaria a diferencia, es la que pugna por la ampliación (y no restriccioón) de los derechos, libertades y poderes políticos de las masas y ciudadanos; por ampliar le democracia directa además de la pluralidad de partidos, organizaciones y tendencias políticas (con o sin registro); por el libre acceso a los medios de difusión masivos y, por lo señalado más arriba, por la iniciativa de las masas a su autoorganización: Comités de base, de barrio, de estudiantes; asambleas generales, etc. Un verdadero partido de izquierda y revolucionario, ayuda a su clase social a autogobernarse; no la gobierna.

La idea de que es posible producir un “cambio decisivo” por la vía puramente electoral y parlamentaria, ha sido refutada por el curso de la historia. Todo indica más bien, que se trata de un miedo a la iniciativa de las masas que puedan desbordar las capacidades de control de su dirección; se les considera demasiado atrazadas, incultas, incompetentes y hasta “toscas” como para reconocerles el derecho a resolver con su propia iniciativa y acción, las grandes cuestiones del futuro de México. A la luz de estos años, imagino así los procesos electorales y su resultante durante 1988 y 2006.

Según los “expertos reformistas de la política”, solo el voto ciudadano puede llevar a la oposición al poder real en un Estado al que puede desmantelársele “gradualmente”. Nada más falso. La falta una organización que cuestione la raiz del poder económico vigente y no solo su corrupción, que haga suyas todas las demandas progresistas de los movimientos y clases oprimidas (aún las puramente democráticas), es la cuestión central para un cambio social. Para eso es igualmente necesario, unir las luchas en curso, centralizarlas organizativamente para (respetando todas las corrientes y tendencias en su interior), hacer posible un plan estratégico político general. Esto es, poner a la altura de los intereses inmediatos de los trabajadores, los intereses históricos.         Clarificar los problemas de la táctica y la estrategia, en la lucha general contra el poder capitalista establecido…

(Continuará) ■

 

Fuente: Guillermo Almeyra / Ernest Mandel (obras)

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