Ninguna gran historia carece de tropiezos

Ninguna gran historia carece de tropiezos

Las vidas de los siempre triunfadores y privilegiados suelen ser tan aburridas como planas. Más cuando todo se les dio, cuando sus proezas son más bien artificiales, cuando heredaron recomendaciones, apellidos y senda parcialmente recorrida; cuando las palmadas y buenos comentarios, aunque fueran falsos u obligados por interesada correspondencia, quedaron como preludio de cada nueva etapa.

Sólo quien llega con el espinazo roto puede contar una historia que cautive. Sólo quien fue traicionado o abandonado, sólo a quien le cuelgan las vértebras, sólo quien regresó más desprovisto, sólo quien llega maltrecho, quien es piltrafa. Sólo quien gotea sangre de los labios reventados puede fijarnos al asiento con emoción, puede dar rienda a nuestro delirio.

Quien fue sentado en el trono por maquinaciones de otros, para que sirva a intereses de otros, no tiene derecho a veneración. Sólo quienes sobrevivieron a la ignominia pueden dignificarnos a partir de sus testimonios. Sólo quienes han soportado las dentelladas de lo injusto pueden motivarnos a buscar justicia. Sólo quienes conocen la ingratitud pueden construir con mayor esmero.

Sólo quienes sudan pueden hacer del mundo un lugar más fragante. Sólo quienes corren descalzos son dueños de esta tierra. Sólo quienes se enlodan pueden legarnos jardines. Sólo quienes han soportado los rechazos pueden ampliar el tamaño de las puertas. Sólo quienes caen tienen la autoridad para enseñarnos cómo debe uno levantarse.

Ninguna gran historia carece de tropiezos. La trama se enriquece debido a las tribulaciones. Los golpes a la roca le forman perfiles magníficos. Los paisajes más bellos son los que tienen fisuras, arrugas, depresiones y erosiones. Las dificultades templan, marcan, nos hacen trascender. Ningún fuego asusta a quienes vienen de vivir en el infierno. Ningún golpe vuelve a asustar a quienes fueron atados a la roca y soportaron picotazos en el hígado.

No hay mejor talento digno de aprendizaje que el de resucitar. No hay mejor victoria que hacerse de un rosario de derrotas y, sabiéndolo cargar, seguir avanzando.

Las vidas de los siempre triunfadores y privilegiados no sirven como lección. Serán cuando mucho tufillo, emanación de gracias seguramente inmerecidas. No más.

No la posición: me interesa la superposición. Pueden tener todo quienes nada tienen ya por perder. Que los demás continúen hablando mal de ellos, que los señalen y los diezmen más: sólo se evoluciona entre el medio adverso.

Me interesa vivir, pero sólo en la medida en que puedo crecer. Valoro los retos, no me avergüenzo de las heridas. No pretendo borrar en quienes me conocen los registros de las idioteces que he cometido. No busco borrar los accidentes, mis excesos y faltas a la prudencia.

Ninguna gran historia carece de tropiezos. Ninguna vida ejemplar queda exenta de dolor. Ningún gran humano llega a la gloria con la cara limpia. Las cicatrices son el mejor testimonio del paso y el profundo aprendizaje, cuando de veras hay aprendizaje y fecundo crecimiento.

 

*Maestro en Escritura Creativa

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