Umberto Eco para siempre, para todos

Umberto Eco para siempre, para todos

Pocos pensadores, escritores, intelectuales o como quiera llamárseles tienen la capacidad que tuvo Umberto Eco de llegar a tantos y con tal fuerza.

Su muerte a los 84 años de edad nos apesadumbró la tarde del viernes 19 de febrero y pronto se convirtió en el tema más hablado en twitter; mientras en Facebook llovían las citas, las recomendaciones de libros, y las anécdotas personales de los ecos de Eco.

Esto es fenómeno común cuando una personalidad de ese tamaño intelectual muere, pero intuyo que esta vez, la mayoría no tuvo que googlear su nombre, o buscar rápido alguna cita interesante para colocar en la red social, y poder así, lamentar el fallecimiento con toda la pedantería que la ocasión amerita.

No, segura estoy que la mayoría de quienes lamentaron la muerte de Umberto Eco, al menos entre mis contactos, tienen un poco de él en sus bibliotecas personales.

Algunos de ellos lo amaron y lo odiaron al mismo tiempo con su Cómo se hace una tesis (1989), libro de cabecera en el tema para muchos docentes, a pesar de los años, y de la diversidad metodológica y disciplinar.

Unos más, quizá sepan de él gracias al best seller El nombre de la rosa (1980), cuyas 30 millones de copias vendidas y traducciones a cincuenta lenguas sólo se explican por su capacidad de atrapar lo mismo a los amantes de las historias policiacas, a los curiosos interesados en la teología, y a los que gustan enredarse entre significantes y significados.

Quizá, los picados habrán seguido con El péndulo de Foucault (1988) o El cementerio de Praga (2010).

Otros de mis amigos suspirarán por Eco pensando en el arte, en la Historia de la belleza (2004) y la Historia de la fealdad (2007), en los que logró sintetizar parte del imaginario colectivo formado en siglos, en apenas unas páginas, todo con el hablar sencillo de la verdadera erudición.

Algunos recordarán que congeniaron con la crítica al periodismo extorsionador que con la novela Número cero (2015) develó Eco. O quizá con su rabiosa crítica a las redes sociales por considerar lamentable que en ellas tienen, en el mejor de los casos, la misma resonancia un premio Nobel que una legión de idiotas.

Los menos pensarán en sus aportaciones a la filosofía, a la que definía, como Aristóteles con la metafísica, como la respuesta a un acto de asombro. También habrá quien extrañe sus ensayos sobre semiótica, cultura, y hasta comics, que lo hizo ganar el Premio Príncipe de Asturias de comunicación y humanidades en el año 2000, la Legión de Honor en Francia, y hacerse acreedor a más de 38 doctorados honoris causa.

El péndulo de Foucault La historia de la fealdad El nombre de la rosa Cómo se hace una tesis

A algunos quedará el recuerdos de Eco en varias de esas áreas, pero quizá, lo mejor que puede quedar de él es su auténtica humildad para explicar en el más sencillo de los lenguajes sus abrumantes saberes, y su generosidad de escribir para el más novato de los lectores.

Quedará también, sin duda, la solidaridad fraterna con la que se unió a una protesta por los 43 estudiantes desparecidos de Ayotzinapa cuando aquel 8 octubre de 2014 se topó con una manifestación de mexicanos en la Piazza Cardusio, en Milán, Italia, que exigían justicia.

Si Eco tenía razón en aquello de que “el autor debería morirse después de haber escrito su obra. Para allanarle el camino al texto”, apenas empezamos… Nos quedan sus textos.

 

“Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas”. Umberto Eco en La Stampa

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