La amistad y sus exigencias políticas

La amistad y sus exigencias políticas
“La amistad es la más política de las virtudes”, cita la autora ■ FOTO: LA JORNADA ZACATECAS

■ Inercia

Dice Rolando Picos Bovio que “la amistad es la más política de las virtudes” pues mientras “la política representa el campo de lo público, de lo que debe ser puesto en común (ex puesto) y participado en la comunidad” la amistad “entrevera lo público y lo privado, pues los lazos de la amistad exigen entre amigos la comunión de intereses y su isonomía, la igualdad esencial que implica el reconocimiento del otro.”

Es decir, que en toda amistad hay cierta proyección de nosotros mismos, en palabras de Jean Pierre Vernant: “Toda amistad es, en efecto, particular: cada individuo tiene su círculo personal de amigos, pero ese círculo forma una comunidad que es como la imagen reducida de la ciudad”; en este sentido, no es extraño que en la política, como en otras manifestaciones sociales, el compadrazgo sea la ley que gobierne.

La amistad como patria

A partir del auge del imperio romano, la amistad ya no es sólo una virtud por medio de la que se puede compartir con el otro las reflexiones filosóficas, intereses o aspiraciones comunes, como se practicaba en el mundo helénico, sino que los romanos ven en los amigos un medio de defensa en el entorno político.

Esta idea ha prevalecido hasta nuestros días; la amistad tiene una función identitaria, es decir, los grupos amistosos conforman una especie de patria que exige lealtad y a cambio puede ofrecer protección e identidad al individuo; por el contrario, si esa fidelidad se trasgrede hay castigos, dentro de los cuales el mayor y más grave es ser expulsado del grupo.

Quienes creen que una expulsión no es algo para preocuparse, seguramente tienen un ideal de amistad con una cantidad más o menos fuerte de romanticismo, y consideran que no pertenecer a un grupo ofrece libertad y comodidad… Y en realidad así es, pero esa libertad también tiene un precio que tarde o temprano se debe pagar, pues aquellos que no pertenecen a algún círculo identitario, en primer lugar, han de ser considerados inadaptados, locos, rebeldes, y en segundo, semejantes epítetos son mal vistos e incluso castigados en nuestra sociedad… ¡No por casualidad existen los manicomios y las cárceles! Estos lugares están hechos para aquellos que no encajan en ningún lugar, que son personajes incómodos y que deben ser encerrados en un lugar que les haga ver lo marginales que son.

Ante tal exigencia de pertenecer a un grupo, el ser humano, en nuestros días, pervive en la manutención de su propia estadía dentro de las fronteras amistosas, aunque ello implique renunciar a la individualidad. Y es que, no existe una amistad que, a cambio de sus servicios de asociación, no exija determinadas actitudes, creencias o apoyos… y vaya que esto es una violenta imposición.

En el diálogo De amicitia o Lelio de Cicerón, dedicado a su amigo Tito Pomponio ático, se expresa que: “Como primera ley de la amistad sanciónese ésta: que pidamos a los amigos cosas honestas, sin siquiera esperar a que se nos soliciten; que siempre haya cortesía; que esté ausente la vacilación, pero que siempre osemos dar libremente el consejo; que en la amistad valga muchísimo la autoridad de los amigos que aconsejan bien, y que ella sea empleada para amonestar no sólo abiertamente sino también con dureza si la situación lo exige, y que sea obedecida cuando se emplee”.

Aunque, según sus estudiosos, Cicerón propone una idea de amistad en la cual ésta media entre la virtud griega y la política romana, resulta evidente su interés de tipo legislativo, pues antes que nada, para éste romano la amistad tiene leyes y por tanto también sanciones. Si bien convoca a pedir cosas honestas y cortesía, también exalta el valor de la amistad como una autoridad que se debe obedecer a manera de ‘consejo’; y este comportamiento prima en nuestro presente.

Amistades interesadas

Y es que pertenecer a un grupo de amigos no es una actividad inocente como podría creerse. En realidad, aparte de exigir la adaptación de nuestra personalidad a la que se requiere en determinado círculo, también promueve la renuncia y enemistad con los otros círculos. En este contexto, vivimos en una constante guerra de guerrillas.

En nuestro país es visible esta situación desde la esfera pública entre los partidos políticos o equipos deportivos, gobernantes versus gobernados, entre instituciones educativas y demás, hasta lo privado pues incluso las redes sociales proclaman la amistad como una forma de promoción de lo propio frente a lo ajeno.

¿Entonces la amistad no existe en el sentido puro y amoroso? En determinadas circunstancias se podría decir que la amistad es fraternal y desinteresada, pensemos, por ejemplo, en la existente entre consanguíneos, entre los cuales no se exige otra cosa que no esté ya implícita en el hecho de ser familia. Pero más allá de la sangre, la amistad es la principal vía para la aceptación de la otredad, por tanto, es un ejercicio que ayuda a tolerarnos y permitirnos coexistir; quienes no desarrollan estas prácticas son los primeros en ser expulsados, y a veces no sólo de un grupo, sino de la vida misma. ■

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