En la UNAM se hace que pasa pero no pasa

En la UNAM se hace que pasa pero no pasa

El son del corazón

Se cierra un ciclo más de la puesta en escena para elegir nuevo rector en la UNAM. Desde 1970, cuando tuve la oportunidad de ingresar a la Facultad de Ingeniería de esta institución, rectores han ido y venido. En 45 años, según observo, nada ha pasado en los métodos para elegir a la máxima autoridad de esta enorme universidad.

Casi siempre, los postulantes que desean llegar a la cumbre se presentan con un listado colmado de ideas; las ocurrencias se transforman en programas y la prensa, maldita prensa, decora el escenario con reportajes atusados para dar la impresión de que, en efecto, la junta de Gobierno de la UNAM, por vez primera, da señales de transparencia y escucha, con supuesta hondura crítica, las intervenciones de los candidatos.

 

En democracia, estamos muy fríos

La tradición ocultista de la Edad Media permea el recinto de la UNAM en cada ciclo de elecciones para rector. Por ahí aparecen los escribas comprometidos o a sueldo, que saben resaltar los potenciales académicos de su defendido, pero nunca aportan elementos suficientes acerca de sus compromisos y contradicciones.

Los candidatos asisten a una pasarela donde simulan decir todo acerca de la problemática universitaria, avanzan en algunas soluciones, proponen un programa particular y, divino absurdo, siempre concluyen sin afirmar algo determinante acerca de las verdaderas carencias de la máxima institución de educación superior en el país, como son la falta de transparencia, la ausencia de democracia, el vacío en la rendición de cuentas y, cosa no despreciable, la presencia de grupos políticos y partidarios que lastiman la vida escolar con sus vicios corporativos y su afán de control académico.

En la elección de 2015, las cosas no serán diferentes. Perdón, sí existe una diferencia, marcada por la cantidad prescindible de precandidatos que acudieron para hacer bola en las audiencias con sus propuestas, juicios y reflexiones que poco benefician a una institución educativa privada de ideas vigorosas y prácticas determinantes, donde la democracia y la representación de todos los sectores llenen los huecos dejados en décadas de administración rutinaria.

 

Aquí estamos, con lo mismo de endenantes

Dejo clara constancia de un punto de vista muy personal: la UNAM no avanza un comino con los rudimentos decorativos que luce en esta nueva elección. La universidad, una entelequia abandonada en las tradiciones de mitad del milenio pasado, no ofrece perspectivas alentadoras para un futuro modernizador que debe responder, con enfoque sustentable, con los atributos de la innovación y la sustancia vanguardista de la ciencia y la tecnología.

En este momento, la UNAM resiste con rubor los embates de los críticos y sólo avanza en colorear un ramillete de discursos trillados. Las cosas están así: la modernidad exige procedimientos transparentes para que el conocimiento reverdezca y sus frutos, representados en profundas reflexiones, avances tecnológicos e innovaciones alentadoras, den fortaleza al desarrollo soberano del país.

Nada existe del recuento anterior. Por el contrario: la opacidad, la falta de transparencia, y el hermetismo mágico y divino de los miembros de la junta de Gobierno, sustituyen con paradojas cualquier idea de apertura, en una universidad que debe liberarse del contexto poco humanista de una modernidad depredadora que desea cimbrar, más bien destruir, las raíces culturales de nuestro país.

Es triste constatar que los candidatos, de engañosa izquierda o de mezquina oficialidad, se presentan en el estrado de los interrogatorios con una idea repetida, débilmente genuina, acerca de lo que debe ser la universidad. Todos ellos leen un dictado de carencias y propuestas, como si éstas fueran producto de reflexiones poco conocidas; pero el que esto escribe constata, con cierta agudeza y decepción, que las soluciones esgrimidas poco tienen de singular. La nueva generación de aspirantes a dirigir a la UNAM, se mueven entre quimeras que ocultan la manida elaboración de sus planteamientos. Los actuales pretendientes, personajes aristocráticos y privilegiados, no han corrido la legua.

 

La costumbre de lo mismo

Ya es tarde para identificar qué aspirantes son de izquierda o de derecha. Quiénes son pejistas u oficialistas. Un halo de uniformidad se postró en las cabezas de los candidatos, donde los problemas torales del país no tienen por qué ser aludidos.

Ninguno de ellos, por ejemplo, hizo mención acerca de que nuestro atraso científico y tecnológico tiene que ver con la supeditación económica y política nacional a los dictados del Imperio norteamericano. Nadie hizo comentarios de la deuda externa y, lo que es más, no procedieron a enlistar los términos geopolíticos subordinantes que definen a nuestra educación como repetitiva, memorista y con pocos registros de independencia creativa.

Los candidatos que desean dirigir a la UNAM no consideran relevante hacer una llamada de alerta acerca de nuestra sujeción económica y cultural. Para ellos, el país marcha en bonanza, sin impedimentos exógenos de importancia que nos impiden realizar nuestros proyectos de educación con soberanía.

Acaso están convencidos de que  la universidad es un campo divino y de ensueño, al margen de la realidad del control imperial y del atraso con que la conciben los partidos políticos tradicionales del país.

En las elecciones de la UNAM no participan los verdaderos actores. Los interesados en administrar sus espacios políticos y recursos financieros son grupos que, en una situación de emergencia, se echan la mano en contra del crítico insistente que los señala y cuestiona.

La idea de democracia es una ausencia mortal. ■

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