La palabra de Marcos

La palabra de Marcos

El primero de enero de 1994 el personaje sub Marcos impactó al mundo. A través del pasamontañas México supo que por voltear al norte (con el Tratado de Libre Comercio) apareció el sur y por esperar la modernización llegó la tradición, la milenaria, la indígena. Fue así como surge públicamente/mediáticamente el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) y el subcomandante insurgente Marcos. Tan oportuno, tan impactante.

El 25 de mayo de 2014, en la Realidad, Chiapas, Marcos (también autodenominado subcomandante de acero inoxidable, botarga y holograma) se aplicó la eutanasia: el personaje fue creado por necesidad y ahora sus creadores, los zapatistas, lo destruyen por su inutilidad. Esta vez no hay impacto en la clase política. El silencio indica que su muerte es clara. No obstante, sus formas de resistencia, contrario a lo que aspira el zapatismo, son lecciones para los luchadores sociales y sus reivindicaciones. Marcos fue un invento de los indígenas, pero los zapatistas son verdaderos.

Antes de que Marcos causara baja en el inventario del EZLN, mucha gente honesta del movimiento social ya criticaba la solemnidad del personaje/actor. Hoy sabemos que el que observó tal cosa en realidad no veía o, más bien, se fijaba sólo en el distractor que creó el zapatismo. Eludió que la idea latente del indigenismo es la vida comunitaria. Esta concepción del mundo y de la política en un país harto de modernidad provocó incomprensión y en el mejor de los casos asombro y esperanza.

La muerte del sub Marcos permite ver lo intrascendente que son los personajes cuando están por encima de las personas (el colectivo) en las organizaciones políticas de izquierda. Esta inversión del poder es una de las lecciones más importantes que dio el zapatismo en su forma de hacer política. Pasarán muchos años para que esto pueda permear en los partidos políticos de izquierda (ni para que mencionar a los de derecha, esos nunca entenderán).

El último comunicado de Marcos quiebra nuestras creencias occidentalizadas sobre el funcionamiento de las organizaciones políticas y la relación del líder con la masa (que sí piensa). Contrario a nuestra práctica política (en la izquierda y en la derecha), con los zapatistas el redentor y el caudillo, los mesías y los salvadores son prescindibles. Su existencia sólo es conveniente cuando el colectivo así lo quiere. En cambio “la vergüenza, la dignidad” y “mucha organización” son los elementos fundamentales para la lucha. No hay lugar para apreciaciones vanas: en los zapatistas no existe disyuntiva entre “negociar o combatir, sino entre morir o vivir”. No se trata de buscar quién nos dirija, ni buscar a quien dirigir. El asunto estriba en buscar al compañero, al “que de frente nos viera”.

Quizá este crecimiento cualitativo en la forma de concebir la lucha, imperceptible para algunos, sea el punto de inflexión entre la izquierda tradicional (la marxista-leninista-estalinista-maoista-castrista-chavista) y el movimiento zapatista. La autodeterminación y el “mandar obedeciendo” en el movimiento social, siempre serán las ideas más genuinas de cualquier lucha y por ende su coraza.

La desaparición del sub y su posible reencarnación en el Subcomandante Insurgente Galeano (muerte para que haya vida), es la nueva estrategia política de los zapatistas. Ciertamente, surge en un momento en que nos empezábamos a preguntar sobre la existencia real de Marcos.

El subcomandante fue un personaje a modo. Por su voz y su pluma occidentalizada/modernizada supimos que fue un buen exponente de la cultura occidental, pero a la vez pudo transmitir la otra cosmovisión, la indígena. El comunicado del EZLN plantea —más allá del asunto ideológico del caudillismo, mesianismo y todos los ismos (hasta el de Tehuantepec) — la vida de las organizaciones políticas de izquierda y sus vicisitudes. Explica que las decisiones que tomen los de abajo son válidas en la medida que sean verdaderas y no impuestas.

El subcomandante Marcos no existió. No tenía los ojos verdes, azules, ni cafés. Tampoco jugó futbol profesional, ni era universitario. Mucho menos era originario de la triste Tamaulipas y por ende su hermana no trabaja en la Secretaría de Gobernación. Sin embargo, no murió para vivir. En contracorriente a la visión cristiana (y la del mismo sub), su nacimiento y su muerte tuvieron el mismo efecto: dar vida al indigenismo y proveer de una nueva ética a los movimientos sociales: “mandar obedeciendo, no venderse, no rendirse, no claudicar”. Para allá debe caminar todo el movimiento social en México.

No hubo engaño, ni jugada maestra. El haber de los zapatistas esta en un movimiento inacabado (como todos), pero definido (como pocos). ¿Qué pasaría si todos los políticos siguieran el ejemplo del exsubMarcos y confesaran lo que en verdad son, es decir, una botarga? No esperemos a que lo hagan, señalémoslos ya. ■

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