La prisión corpórea

La prisión  corpórea
  • Inercia

El cuerpo, compuesto por sistemas orgánicos esenciales, nos constituye como seres vivos, es nuestra principal frontera e identidad personal; es en los tiempos actuales un bien altamente valorado en el que se invierten altos cuidados, dinero, tiempo e incluso sacrificio para su manutención. María Elena Lora dice que en la postmodernidad se establece “un tipo de relación del sujeto con el cuerpo en el que se radicaliza el valor de este último, hasta llegar a constituirse en un valor comercial, que puede funcionar como un capital en la economía del mercado”.

Así, mientras el cuerpo, de manera autónoma llega a tener más valor que los otros componentes humanos, permite el culto al egoísmo y por irónica consecuencia nos hace padecer humillaciones, violencia y decadencia de nosotros hacia los otros e inversamente.

 

La catarsis corporal

Michel Foucault en Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión dedica en el apartado Los cuerpos dóciles una fuerte reflexión respecto a cómo la corporalidad se ha convertido en nuestra propia cárcel. Explica que mantenemos al cuerpo bajo estrictos horarios, trabajo y pensamiento, lo que se puede entender como una disciplina, de esta forma “la disciplina fabrica así cuerpos sometidos y ejercitados, cuerpos ‘dóciles’. La disciplina aumenta las fuerzas del cuerpo (en términos de utilidad económica) y disminuye esas mismas fuerzas (en términos de obediencia política)”. En otras palabras, entre más productivos somos aumenta nuestra plusvalía, pero no tanto como para revelarnos al sistema en el que nos desenvolvemos.

En México el problema no sólo radica en esta manipulación, sino en que la producción efectuada no conlleva una recompensa proporcional, pareciéndose a un sistema de esclavitud. Así,  la represión llega a exceder muchas veces lo humanamente posible y nuestra capacidad de sometimiento parece que está llegando al límite.

Uno de los síntomas claves de que nuestro cuerpo necesita manifestar su malestar se encuentra en la violencia; durante las últimas semanas, una ola de agresiones entre jóvenes estudiantes se ha esparcido por todo el país ante la vista de todos, gracias a la tecnología que permite ahora presenciar ciertas escenas indignantes. Estas situaciones tienen la función de hacer catarsis, pues este tipo de riñas siempre han existido en las escuelas, en la calle, en el hogar, pero más importante es que ahora existe la necesidad de exponerlas masivamente, como una forma de provocar e incitar a los demás; es innegable, que tanto quien las exhibe como quien las contempla están trenzados en una catarsis del resentimiento que impera en la sociedad mexicana: ver el castigo en el otro.

Este fenómeno inicia como un suceso orgánico o psíquico, originado en lo hondo del ser, donde la injusticia, la represión y el dolor están sumergidos, pero se va somatizando hasta hacerse presente de forma incontrolable como una fuerza mayor, que es la violencia.

 

La prisión del resentimiento

De una u otra manera, en este país el resentimiento se ha manifestado como una forma de vida; lo vemos en toda su extensión mediante el clasismo. La clase baja resentida con la clase alta y viceversa. Los equipos de futbol, los partidos políticos o cualquier postura solo son el detonante de una larva interna que siempre está al acecho del otro: el odio.

Según Tomás Moulian, el resentimiento tiene dos sentidos, el primero es una vivencia traumática por la privación de algo, el segundo es la existencia de un dolor con eco; así, el resentido es alguien que no se recupera del dolor porque espera que alguien más lo cure, por lo que mantiene la creencia de que su bienestar depende de los otros, no de él. Esto le permite culpar a los otros de su desdicha y mantenerse en la cómoda postura de víctima, la cual se practica con gran maestría en México.

Este sentimiento es generado no sólo por el culto a lo material, sino que también es un sistema político en el que se pretende generar el odio entre las personas para que de esta forma se mantengan desunidos; así se garantiza que los individuos permanezcan en un estado de soledad, en el que lo único importante es “uno mismo”, la corporalidad, el egoísmo; así nuestras vidas, problemas y demás situaciones personales cobran mayor categoría que las de los demás ¿No fue este pensamiento lo que originó la situación de bullying en Zacatecas hace unos días? Adolescentes que se consideran el centro de atención del mundo, por lo cual se tiene que eliminar aquello o a aquel que diga cualquier cosa desfavorable.

El resentimiento es precisamente una de las más infranqueables prisiones, pues nos somete al odio, siendo éste el que nos domina y nos hace actuar de determinadas formas. La conciencia queda nublada, desprovista de valor humano, rezagada como si se tratara de un bien que no se necesita o como si se tratara de un accesorio que se quita y se pone a placer en el cuerpo.

Entonces la primera dictadura a vencer es la propia corporalidad, en la que creemos tener el control y sin embargo, nos rige una disciplina en la que, por paradójico que sea, lo que realmente impera es lo inhumano. ■

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