Magisterio al grito de guerra

Magisterio al grito de guerra

Jesús Martín del Campo publicó el 16 de noviembre de 2013 en el diario La Jornada un artículo denominado El movimiento magisterial, de nuevo al punto de partida, en dicho artículo expresa el citado autor que el diálogo que se ha mantenido entre los maestros disidentes y las autoridades no educativas (Secretaría de Gobernación), se ha convertido en un verdadero círculo vicioso, en consecuencia, la autoridad educativa lejos de dialogar con los docentes, se ha encargado de desprestigiar al magisterio mexicano, haciendo saber a la sociedad que no es éste el que sacará adelante al país de todos los conflictos sociales, incluso culpando a la educación de los males que la sociedad padece.

¿Qué hay detrás de esta simulación de negociación? ¿Por qué la autoridad educativa no se acerca a los docentes y sí lo hace con otras organizaciones que tienen la intención de posesionarse del sistema educativo y del país?

Se ha hecho saber a la sociedad que los maestros disidentes no quieren ser evaluados precisamente porque no cuentan con los conocimientos suficientes, en consecuencia, no ejercen una docencia de “alto impacto”, “efectiva”, “productiva” y de buena “calificación”; se pretexta que el Instituto Nacional de la Evaluación de la Educación (INEE) será un organismo “autónomo” encargado de evaluar a los maestros de la manera más “justa” ¿cómo? ¿Aplicando instrumentos de evaluación estandarizados y con una orientación punitiva? Entonces cabría preguntarnos qué es lo que se quiere evaluar del maestro: los conocimientos o el desempeño.

No hay avances significativos ante los reclamos de parte del magisterio por la aplicación de una ley que constitucionalmente es punitiva, sancionadora y, lo que es peor, que viola la ley misma (Ley General del Servicio profesional Docente); una ley a la cual hay que honrarla desobedeciéndola puesto que incluso propicia un proceso de control administrativo laboral con carácter regresivo.

La evaluación se encuentra en el centro de discusión, ha dado ésta lugar a una movilización del magisterio mexicano, la cual ha sido aprovechada por diferentes medios de comunicación para colocar a los profesores como los enemigos del progreso y bienestar de la nación. Al respecto cabría aseverar que las acciones que se han emprendido para darle el uso de la voz a los docentes han sido mera simulación puesto que se ha caído en una serie de improvisaciones y toma de decisiones inapropiadas.

Tal vez los maestros mal llamados opositores a la Reforma Educativa, con sus acciones piden que antes de crear leyes que evalúen, se cree una cultura de la evaluación toda vez que la actual no ha arrojado buenos resultados, en consecuencia, viola toda ley institucional y constitucionalmente impuesta. Se requiere ser sistemáticos en los procesos evaluativos, ¿por qué no evaluar primero a los programas educativos para saber si realmente responden a las necesidades de un contexto determinado? Esto es importante dado que las evaluaciones terminarían trastornando los programas educativos y evitaríamos así culpar sólo a los maestros por los malos resultados que históricamente se han obtenido.

Es la evaluación la que detona todo tipo de puntos de vista e incluso conflictos de diferente índole, a ella y de ella se habla de acuerdo a como se diseña y aplica, Enrique Calderón Alzati en su artículo de opinión Evaluación y reforma educativa que publica también el 16 de noviembre del citado año y diario, comenta lo siguiente:

“Hace unos cuantos años, el gobierno de Nuevo León anunció con bombos y platillos que había establecido un proyecto para convertir a la ciudad de Monterrey en una ‘ciudad del conocimiento’, la primera de su tipo en nuestro país, siguiendo el ejemplo de algunas ciudades estadounidenses, europeas y asiáticas en donde esto estaba realmente sucediendo; después de algunos años, el proyecto, al que se le deben haber adjudicado fondos importantes, ha sido olvidado; en las evaluaciones de Enlace de 2013 de matemáticas para la evaluación media superior, Monterrey quedó en uno de los 10 últimos lugares entre las 75 ciudades más importantes del país, indicándonos con claridad que el proyecto nunca fue evaluado para conocerse su avance”.

Con ello se deduce que los maestros no tuvieron responsabilidad por este fracaso dado que ni siquiera se les actualizó ni se les valoró el nivel de conocimientos que tenían en torno a esta disciplina.

Por lo aquí expuesto, ¿cuál es el grito de guerra que el magisterio debe dar? El de pedir un alto a las recriminaciones de las cuales han sido objeto los maestros, acusándolos de su mala preparación e inadecuada aplicación de estrategias didácticas para que los alumnos construyan conocimiento por sí solos; el de luchar por que sus derechos tanto laborales como humanos no sean vulnerados ante la aplicación de “exámenes” perversos que terminarían exhibiéndolos públicamente como maestros deficientes.

Un grito de guerra que lleve consigo la exigencia para que todos y cada uno de los docentes que conforman el magisterio sean realmente considerados e ingresen a programas de actualización permanente y puedan responder de esta manera a las exigencias de una sociedad del conocimiento. ■

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