El gradual desmantelamiento del pacto social mexicano

El gradual desmantelamiento del pacto social mexicano

De 2000 a 2006 desempeñé el cargo de vicepresidente de la mesa directiva del Senado de la República, espacio plural en el que también participó el siempre polémico panista Diego Fernández de Ceballos, quien también participó, como yo, en la 55 Legislatura de la Cámara de Diputados, durante la segunda mitad del sexenio de Carlos Salinas de Gortari (1991-1994).

A lo largo de esos nueve años lo vi actuar incansable en la construcción de mayorías PRI- PAN alrededor de las principales propuestas programáticas del PAN, incluidas en el decálogo neoliberal, sin que le importara el hecho de que los presidentes en turno pertenecieran a diferentes partidos; él tenía claro que el tiempo para sus propuestas había llegado y disfrutaba que los propios priístas le llamaran jefe cuando les transmitía sus acuerdos con Carlos Salinas.

Durante la 55 Legislatura se modificó el artículo 27 Constitucional en materia agraria y las leyes del sector que produjeron la ruina de millones de agricultores, así como las leyes secundarias que regulan la minería y la energía eléctrica, que permitieron la concentración en muy pocas grandes empresas nacionales y extranjeras de las concesiones mineras, y la participación tramposa de empresas privadas, en su mayoría españolas, en la generación de energía eléctrica.

También tuvo una participación destacada en la decisión de destruir las boletas electorales de la elección presidencial de 1988, coincidencia que selló su alianza con Salinas y su grupo, al cerrar la posibilidad de que algún día se realizara una investigación independiente sobre aquella elección histórica. Su cercanía con Salinas también era objeto de sarcasmos y generador de apodos como el de “ardilla” porque no salía de Los Pinos.

Pero la participación de Diego en lo personal no es sino lo más visible y destacado entre un gran número de acercamientos y acuerdos entre las dirigencias formales del PAN con los presidentes priístas, incluyendo aquellas que permitieron a Salinas y Calderón asumir sus cargos en momentos de mucha debilidad, por el apoyo mutuo de ambos partidos, justificados apenas con argumentos endebles como el expresado por el líder histórico del PAN, Luis H. Álvarez, cuando declaró que la ilegitimidad de origen de Salinas podría subsanarse ganando legitimidad durante su ejercicio del poder.

Son innumerables los asuntos importantes aprobados en el Congreso de la Unión con la colaboración de ambos partidos, pasando por la privatización y desnacionalización del sistema bancario, el Fobaproa, las múltiples privatizaciones teñidas de corrupción, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, las reformas al sistema de justicia, etc., hasta llegar a las más recientes: la reforma laboral y la energética, emblemáticas a más no poder del Consenso de Washington.

Ha sido, entonces, la colaboración sistemática de ambos partidos, PAN y PRI, la causa eficiente del desmantelamiento gradual del pacto social surgido de la Revolución Mexicana y plasmado en los artículos emblemáticos de la Constitución, y de la aplicación a rajatabla, durante más de 30 años, de las políticas económicas sugeridas por los Chicago Boys, que han provocado el estancamiento, el desempleo y la desigualdad, dañando a millones de personas, especialmente a la juventud, y propiciado la inseguridad y la violencia.

La cercanía de ambos partidos también explica por qué, allá por los primeros años 90, Diego Fernández y Carlos Salinas soñaran con transformar el actual sistema de partidos pluralista en uno bipartidista al estilo norteamericano, en el que sólo el PAN y el PRI fueran opciones viables de poder en México. A estas alturas es evidente que el factor insuperable que frustró esas intenciones ha sido el surgimiento y permanencia de un liderazgo sólido de las izquierdas mexicanas: el liderazgo de Andrés Manuel López Obrador.

El hecho de que tanto en 2006 como en 2012 se haya convertido en el enemigo a vencer por los neoliberales y los haya obligado a cerrar filas en torno a uno de ellos, o en torno a sus reformas, habla de que el único bipartidismo viable en México es el que integrarían un partido de las izquierdas encabezado por AMLO, y el de los neoliberales unidos.

Reconocer esa realidad debe ser el primer paso para iniciar el gran diálogo nacional necesario para construir o reconstruir el pacto que permita la regeneración del tejido social y la coexistencia pacífica entre los mexicanos.

La búsqueda de los acuerdos fundamentales entre nosotros pasa por reconocer la diversidad social y el pluralismo político realmente existente en el país y en sus regiones, pero lo fundamental es entender que hoy no existe un pacto social que nos una, y que de esa realidad puede surgir el peor de los mundos para el pueblo mexicano. ■

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