Resolver excepciones, para salvar la regla

Resolver excepciones, para salvar la regla

Luego de trece años de prisión acusado de encabezar una emboscada en la que murieron siete policías, el maestro tzotzil Alberto Patishtán salió libre. Por su libertad se pronunciaron muchos, desde el obispo Samuel Ruíz quien le entregó en su celda un reconocimiento por su labor a favor de los derechos humanos, organismos internacionales como Amnistía Internacional, el subcomandante Marcos, y hasta el gobernador de Chiapas, Manuel Velasco Coello.

Sin embargo, los recursos legales por su liberación se agotaron, sólo quedaba solicitar el indulto a Enrique Peña Nieto o al Poder Legislativo, pero el maestro indígena se negó argumentando que no pediría perdón por algo que no había hecho. En su cuerpo invadido por el cáncer, queda mucho espacio para la dignidad.

En vista de que el encarcelamiento de Patishtán tenía un costo político en crecimiento, y que su libertad no enfadaría a nadie que fuera poderoso actualmente, el Senado hizo las reformas necesarias, para que pudiera ser indultado por Peña Nieto en virtud de que sus derechos humanos fueron violados en el proceso. Lo que el sistema de justicia no logró, el Poder Legislativo, bajo las órdenes del Ejecutivo pudo hacer con una ley prácticamente a modo.

Con los mismos fines, liberar a presos políticos, la Asamblea Legislativa del Distrito Federal disminuyó la pena por el delito de ataque a la paz pública hace unos meses, lo que permitió la libertad bajo fianza de catorce detenidos en los disturbios del primero de diciembre.

Celebrar estos dos cambios legislativos, y sus resultados, más allá de sus formas es inevitable. Pero cantar victoria por lograr la libertad de quince presos políticos es olvidar que hay muchos más que viven situaciones de injusticia y que no han logrado la proyección que permitió a los casos citados resolverse.

El Estado mexicano lo tiene bien aprendido, para callar cualquier caso que escandalice hay que tratarlo así, como caso, como particular, como si fuera una excepción de un sistema casi perfecto, que una vez atendido, será prácticamente impoluto.

Así, se ha obligado a investigar sólo los homicidios que son reclamados en manifestaciones, los de quienes tienen amigos y familiares que limpian su nombre del sucio delito de morir en condiciones violentas; los que se escapan de ser sepultados bajo la afirmación de que “andaba en malos pasos”. Los demás, los que no tienen familiares adineradas, bien relacionadas o creativas suficientemente como para llamar la atención de la sociedad sobre su tragedia, pasan al olvido, a la ominosa cifra de muertos del día, del mes, del sexenio.

A la indignación que dejó el caso del niño humillado en Tabasco por un empleado municipal que lo obligó a tirar su mercancía la calló la oferta de darle una papelería a su familia por parte de Angélica Rivera, y la del gobierno de Tabasco de darle una beca. Según lo último que supimos en la prensa, ni una ni otra llegó, pero los anuncios fueron suficientes para hacer olvidar a la sociedad que el caso en cuestión era sólo un botón de muestra de muchos pequeños que viven la misma circunstancia diariamente. ¿Hay que grabarlos a todos para que cada uno de ellos reciba la atención que merecen?

Y los cinco minutos de fama de hace unos días, correspondieron a Paloma Noyola, la niña que fue bautizada como la “futura Steve Jobs” por la revista Wired, y con ello quizá echaron a perder su futuro académico. Cargando semejante expectativa, la pequeña y su familia dejaron plantados a las autoridades del municipio donde viven por ir a un programa de televisión, y posteriormente, Paloma quedó fuera de un concurso de matemáticas, siendo superada por varios niños, quizá de condición tan humilde como la de ella, pero sin la gran fortuna de haber sido retratados para la televisión o para una revista.

Y para quien busca consuelo de las decepciones que deja el futbol, los ánimos pueden recuperarse con los niños triquis que han conmovido con sus proezas deportivas y sus pies descalzos. La historia de siempre, la de los garbanzos de a libra que superando las mayores adversidades salvan el pellejo de una política deportiva fracasada, que concentra los recursos en las estrellas y descuida a quienes inician.

La sociedad, acostumbrada al dramatismo, a los casos únicos y excepcionales, se conforma con las migajas que caen a unos cuantos y deja de exigir cambios estructurales para que las excepciones se conviertan en regla. El efecto es terrible, igual al del cuerpo que acostumbrado a la automedicación ya hizo resistencia al antibiótico. Así seguimos, tapando heridas profundas con curitas, esperando que cambiando todo, no tengamos que cambiar. ■

@luciamedinas

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