Eres una Biblia sin Jesús

Eres una Biblia sin Jesús

Comó el libro de color negro de hojas amarillentas y casi desprendidas y lo arrojó con fuerza. Nunca se fijó qué texto era. Simplemente quería que ella dejara de leer día y noche ese pequeño “tabique” que tenía el lomo remendado con cinta de esas que usan los electricistas para aislar.

Miró como voló y se fue deshojando por el aire mientras surcaba hacia un incierto destino. Cayó por allá, unos 20 metros de su vista. Vio cómo rebotó una, dos tres y hasta cuatro veces antes de quedar quieto abierto a expensas de la intemperie. Una suerte de martirio con Jesús lastimado una vez más, pero no por un romano sino por un cristiano. Absurdos sentidos. “Una biblia sin Jesús”, pues.

Peor aún, acá jamás llueve. Justo en esos instantes se ennegreció el cielo e inició una tormenta tupida.

Ya por la noche cuando Emelia, vestida de negro hasta el tobillo, buscaba su libro para retirarse a su habitación, preguntó a todos menos a Eleuterio.

Eleuterio era troquero. De esos que manejan camionetotas y tráileres con cajas enormes que trasladan mercancías de un lugar a otro. En este caso, era de un estado a otro. Siempre que hacia base en su casa, llegaba cansadote, sin ganas de nada…más que dormir. Descansaba como oso hibernando, unas 10 horas de filo se quedaba dormido.
Su esposa sospechó que quizá este lo tenía para arrullarse antes de dormir. De manera sigilosa se metió al cuarto y los ronquidos de “Tello” eran insoportables como continuar la búsqueda en esa habitación. Salió y no buscó más.

Alguien tocó a la puerta de madera, por cierto hecha por su abuelo Abundio Cerceda. Era su vecina que le pidió no delatarla por lo que le iba a contar. Emelia le prometió silencio sepulcral ante la eventual confesión.

La afortunada vecina vio cuando Eleuterio por la parte trasera de la casa, por ahí de las tres de la tarde, justo cuando ella y sus hijos se disponían a comer, arrojó con fuerza un libro de color negro.

-¿Oiga usted, pues lo miré cómo agarró hasta impulso para aventarlo…qué ingrato, cómo tirar un libro, pos de qué sería señora Eme?

Emelia se llevó las manos a la cabeza se mesó la abundante cabellera que le rebasaba los hombros. Hizo una mueca de fastidio y agradecida por lo que la vecina le contó, se metió muy enojada hacia el cuarto de su esposo.

Lo despertó a empellones. Hasta casi tirarlo del otro lado de la cama.

Somnoliento, Eleuterio preguntaba por qué la repentina suspensión de su siesta reparadora de tantas horas de trajín en su chamba. No acertaba ni entendía qué quería su mujer.

-¿Qué te pasa estás loco o qué…mira que tiraste mi biblia…qué te hice viejo, por qué me hiciste eso…no es de cristianos bien nacidos hacer eso. Tiraste las sagradas escrituras, sí sabes lo que hiciste…verdad?

Frotándose los ojos, Eleuterio sólo dijo que se confundió. Le pidió perdón por haber hecho eso. Juró ir en búsqueda del libro y traérselo, pero la mujer molesta le advirtió que si a la mañana siguiente no le compraba una biblia nueva se fuera de la casa, que no le iba a tolerar una acción así. “Mira que ofender a Dios y Jesús, nuestro señor”.

Lo cierto es que “Tello” confundió, pues días antes alguien le dijo que uno de sus hijos andaba leyendo el libro clásico de la pornografía inicial en los jóvenes “Memorias de una pulga”. Y como le dieron santo y seña –características, pues- del libro. Este no reparó y en cuanto vio el libro lo tiró.

Al alba, Eleuterio despertó y se dirigió a buscar el libro mutilado. No lo encontró, alguien más temprano que él lo levantó y recogió las hojas entre las hojas de los escuálidos árboles que ahí vivían.

El marco crítico de Eleuterio lo cerraban dos emisiones de radio. Una expelía sonidos de una Rapsodia húngara y la otra, la canción que interpretaba Pedro Yerena. Esa que dice:

“Eres una brújula sin rumbo…un reloj sin manecillas, una biblia sin Jesús…calles, las conoces metro a metro y bajo ese pavimento tienes la tumba y la cruz…” ■

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