Detenidos o empujados por los poderes fácticos y formales, los cambios del mundo imponen leyes de silencio, negación o sumisión, todo con el fin de evitar(se) mayores sobresaltos. Así las cosas, se rechaza lo desagradable –que ocurre a diario– y se consagra al sigilo como la práctica más socorrida para tratar con los vuelcos e incertidumbres del globo.
Negar como colofón dubitativo está siempre a la orden, como también están los intentos del gobierno de ser interlocutor válido, oportuno y respetuoso, ante la avalancha crítica que ha comenzado a caerle encima a medida que el ingrato tiempo de la política arroja saldos, por demás desfavorables, a un movimiento amparado de origen por la necesidad del cambio, la revolución de las conciencias y composiciones alusivas a la transformación, que no puede sino inspirarse en las que marcaron los dos siglos de construcción republicana que, ¡ahora sí!, podría presumir de habernos traído a una meta congruente con tanta lucha y sacrificio.
Del lado opuesto de la acera de la revolución, pacífica y no, la crítica se retroalimenta, amplía objetivos y desentierra argumentos nutridos de zambullidas varias en una historia patria a la que hemos decidido no regalar descanso. Vivir fuera del Presupuesto es vivir en el error, solía decir el recordado Tlacuache Garizurieta, pero lo que ahora presenciamos no es precisamente un ejercicio edificante de la (auto) llamada clase política. Es, sin más, una burda apropiación del Estado y sus núcleos más sensibles; donde el poder siente que puede explayarse y sentar las bases de su autorreproducción, ampliada diría algún marxista desvelado, para pronto toparse con la triste evidencia de que el Estado deambula por los pasillos sin recurso alguno ni afiliación tentadora para el público en general.
Podemos proponernos un gran simulacro merced al cual las hostilidades se pospongan, a condición de que los actores del caso, los pobladores de las antesalas del simulado poder del Estado junto con quienes se atreven a ostentarse como los capitanes del capital, se comprometan a sentar las bases de una humilde recuperación que ya no puede ser sólo económica, mucho menos financiera, porque el deterioro impuesto por sus perpetradores se ha instalado en los resortes primordiales de lo que solíamos identificar como Estado, todavía cuando celebrábamos nuestra congénita capacidad de autoregeneración.
Decir ahora que la transición se frustró, o peor que fracasó, es un juicio temerario que hacen sin el menor rubor algunos de los usufructuarios del tránsito pacífico al régimen plural y sujeto a leyes donde –todavía– nos movemos. Lo que requerimos es una arriesgada toma de posición, de los partidos y de quienes los acompañan, sobre el país y sus contradicciones, carencias y excesos, problemas y perspectivas. Una cuidadosa, a la vez que creíble, exposición de los motivos que han llevado a la liza de la confrontación debería terminar en un honesto reconocimiento: muchas son las tareas pendientes que, por ineptitud o desinterés, se han quedado fuera del radar de las diversas fuerzas políticas. Así, podríamos empezar a retomar la magna tarea inconclusa de la reforma del Estado, cambio fundamental por el que luchaba Porfirio Muñoz Ledo.
La arena deliberativa tiene que ser reapropiada por los partidos y sus bases, junto con quienes decidan arriesgar unos juicios que han debido guardar a la espera de épocas más propicias. Tiempos para re-conocernos como ciudadanía republicana, en formación, y dispuesta a impedir que el clima de negación y abuso se nos imponga y despliegue su corrosiva misión destructiva.
Los ya cientos de miles de jóvenes estudiantes, de universitarios que colonizan campus y cubículos, centros de investigación y espacios culturales son prueba viva, cotidiana, de que no hay resignación ni desesperanza que no pueda ser superada merced al permanente cultivo de la palabra, las letras y las artes, como acaba de recordárnoslo con precisión y finura nuestro gran escritor Juan Villoro al recibir el premio y recordar, con cariño y respeto al tribuno mayor que fue, y gracias a gente como él, seguirá siendo, Carlos Fuentes.



