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jueves, 26 mayo, 2022
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Tomás Mojarro: Tres momentos del autodidacta Maestro

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Por: SIMITRIO QUEZADA •

La Gualdra 510 / Literatura / Personajes zacatecanos

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En 1966, Emmanuel Carballo pidió a 11 discípulos suyos, escritores mexicanos menores de 35 años, que escribieran sendas autobiografías para que fueran publicadas. Los elegidos fueron Juan Vicente Melo, José Agustín, Gustavo Sainz, Carlos Monsiváis, Juan García Ponce, Salvador Elizondo, Sergio Pitol, Vicente Leñero, Marco Antonio Montes de Oca, Raúl Navarrete y Tomás Mojarro.

La producción resultante fue una serie llamada “Nuevos escritores mexicanos del siglo XX presentados por sí mismos”, bajo el sello de Empresas Editoriales S.A. México. Cada libro, empero, tuvo un tiraje de apenas 2,000 ejemplares. Quien esto escribe encontró el de Tomás Mojarro, numerado con el 664 en el quinto piso de la biblioteca de la Universidad de Texas en El Paso, en agosto de 1999.

Desde las primeras páginas puede apreciarse a un ladino Tomás de todavía 33 años, juguetón, nostálgico y dispuesto a mejorar con pinceladas de ficción ensoñadora los días de su infancia en Jalpa. Audaz, el Mojarro autobiografista de 1966 es el “meramente escritor”, todavía no activista político, que va tomando cada vez mejor distancia de sus ecos faulknerianos. Atrás quedaron su cuentario Cañón de Juchipila (1960) y sus novelas Bramadero (1963) y Malafortuna (1966).

En las páginas encargadas, repito, Mojarro reescribe su infancia para darle un tono más célebre. Así, muchos lectores de su biografía nos creímos en un principio que su abuelo materno, José Medina Luna, era un viejo oficial cristero de caballería que en las madrugadas llegaba a la casa de su hija para montarse detrás al nieto y que así el chiquillo le cubriera la espalda frente a un ataque vengativo, “una bala rencorosa”.

En realidad, Medina Luna fue un agricultor que tenía un pequeño predio en la región conocida como “La cañada”, rumbo a la comunidad Tenayuca. Cuando no era época de siembra, el hombre “bajaba” al pueblo, a la calle Guerrero, donde tenía una modesta peluquería.

Audaz fue Mojarro al intentar vendernos algo legendario, pero más audaz resultó su maestro Carballo quien, con el gesto tajante de quien sacó a Mojarro de su oficio de mecánico de aviones en la zona militar de Zapopan, consignó sin miramiento en el prólogo, respecto a su pupilo: “Sus estudios han sido escasos, dispersos y superficiales”.

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Enclavado en el cañón extendido entre dos sierras, el sureño pueblo zacatecano Jalpa entró a 1941 remarcando entre la luz los límites de su cabecera: al oriente la calle Tacuba, acariciando al río Juchipila, al poniente la calle Juárez y la irregular Niños Héroes, lindero para los amplios y ascendentes terrenos conocidos como “El Potrero” (hoy Barrio del Rosario).

Pueblo tozudamente católico, de raigambre franciscana, el pueblo donde se mentaba más a Duranes, Flores, Medinas, Sandovales y Aréchigas tenía poco más de medio siglo con santuario en el Cerro de la Cantera, llamado así por los mestizos, o Cerro del Nido de Águilas, como era su denominación caxcana.

Al pie de ese cerro, pasando el mismo río Juchipila, se erigen todavía dos moles: la mejor hecha es la parroquia donde se adora a un cristo tostado, de deliberada piel indígena, oscura como la melaza: le llaman El Señor de Jalpa, su festividad da apertura a cada año y se le ha hecho una novena para distribuir entre los rancheros, desde las comunidades Cofradía hasta San José de La Villita. El otro edificio es la presidencia municipal: modestos cuartos para el despacho administrativo y cárcel pestilente para mantener a raya a borrachos y cacos.

Un niño de nueve años se encamina al corredor de esa presidencia. Hijo del zapatero Juan, el crío Tomás aprieta el paso para no llegar tarde a la enseñanza del tercer curso. Los salones de adobe de la escuela habían caído: por eso en el pasillo de la casa de poder se impartían las clases.

Su gran educadora, empero, es su madre, Tula Medina. Maestra de religión, supersticiones y remedios caseros. Ángel guardián que se aparecía en medio de sus calenturas y delirios. Tula y Jalpa enseñaron a Tomás lo mejor que, dentro de un entorno de pobreza condenatoria, podían darle.

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Es 2018, marzo, día 11. La cabina radiofónica tiene un fondo entre gris y nácar. Con tono rojo, se ilumina de pronto el anillo que está arriba del micrófono. Frente a él, el hombre de 85 años —gorra de estambre negro, chaleco del mismo color, sudadera de un azul casi níveo— comienza su lección sobre fábulas: “De animales voy a hablar esta vez”, anuncia bajo los bigotes canos, de aguacero. Su voz tiende a lo cavernoso, aunque con tono siempre didáctico. Es el hombre sin estudios, que ahora vuelve a educar al radioauditorio, como desde hace innumerables domingos siete.

Esopo, Fedro, Iriarte, Samaniego, Lafontaine desembocan en ese discurso radiofónico de Tomás Mojarro, alias El Valedor, quien auxiliado por Isabel Macías, su compañera de vida en los años más recientes, insiste en que se debe abandonar la mediocridad para salir del subdesarrollo.

Su carrera de escritor, dentro de la “literatura pura”, abordó desde 1960 hasta 1973, cuando publicó la novela Trasterra, la que Vargas Llosa prefirió en un certamen por encima de Si te dicen que caí, de Juan Marsé. Después de eso, Tomás decidió enfocarse en la pedagogía del pueblo desde los libros y los medios de comunicación, con el cariz del Materialismo histórico que en su momento lo subyugó.

Con temblorosas manos sostiene Tomás una cuartilla. De a poco, inicia una dosificación de datos: “Horas efectivas dedicadas a la educación: 1,195 en Corea. En México, 562 horas. Nuestro país tardaría 50 años en alcanzarlo”.

Suelta la hoja y cruza las huesudas extremidades. Sus ojillos de topo bajan y suben con agilidad. Vuelve a levantar la voz: “El hábito de lectura de los japoneses: 91 puntos. El de los mexicanos, 2 puntos”. Toma agua purificada de una botella plástica y fustiga después a la subcultura televisiva que, junto con los “aborrecibles celulares”, tiene secuestrado al intelecto de mexicanas y mexicanos.

Como buen jalpense, Tomás Mojarro es terco. Lo será hasta el final, hasta ese 7 de noviembre de 2021 en que, debilitado al extremo, transmitió el que sería su último programa. Frente al micrófono insiste ahora en sus historias sobre gatos que gobiernan a los ratones. Los roedores no eligen a sus semejantes como autoridades, sino que creen que ante el mal gobierno de los gatos negros lo mejor es elegir a mininos blancos o amarillos o pintos (de coaliciones).

Mojarro resume en 54 minutos frente al micrófono la filosofía de necesarias acciones por las que las masas pueden emanciparse. Esto sin necesidad de combatir a los políticos con otros políticos; como que era muy consciente de que la proximidad al poder es, más que una tentación, un fuerte peligro para quien busca un mejor entorno.

En este contexto, su concepto de “Valedor” (fiador, aval) implica, entonces, el resumen y tono general de su relación con sus radioescuchas, lectores y talleristas. El de Jalpa busca ser valedor de su paisanaje, a cambio de que ellas y ellos sean también valedores de él y así se cohesionen más “las células” de la sociedad.

*       *      *

En las líneas finales del mismo libro donde el maestro Carballo parece deslizar entre líneas que, de sus 11 elegidos, Mojarro es el de estudios más escasos, dispersos y superficiales, el aludido jalpense asienta, a manera de reconocimiento:

“Soy un autodidacta, pero que envidio con envidia de la buena a ‘los de mi camada’, que casi todos, a lo que yo sé, han tenido oportunidad de estudiar en la universidad”.

Y más adelante insiste, con su humildad de varón de sayal:

“Ahora soy no más que un provinciano, con todos los defectos y ninguna virtud, que en este oficio el provinciano no tiene ninguna, como sí la tiene en los discursos patrióticos”.

Más de 52 años después, el 11 de marzo de 2018, Tomás Mojarro estaba ya instalado en esa vía del despertar las consciencias ciudadanas. Instalado en el furor de esa tarea, el de 85 años y medio terminaba su programa con un comentario que bien puede resumir el diagnóstico del autodidacta Maestro respecto a los pobladores de este país:

“Todo esto es México (con sus injusticias y problemas sociales). ¿Y nosotros? ¡N’ombre: creo que las Chivas ya van ganando!”.

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la-gualdra-510

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