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lunes, 16 mayo, 2022
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¿Qué hacemos con las ardillas?

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Por: Mauricio Flores •

La Gualdra 510 / Río de palabras

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Y ahora, dice ella con una mezcla de preocupación y entusiasmo, qué vamos hacer con las ardillas.

Ella, como muchas otras, puede que viva por los rumbos de Portales, Narvarte, Del Valle y hasta la Roma, perímetros de la gran ciudad donde una fauna desconocida parece decidida a compartir espacios, luego de las tediosas semanas de recogimiento dictadas por la pandemia.

Ardillas en el parque, ardillas en el revuelto cablerío, ardillas en lo más alto de los postes, ardillas en las cornisas, ardillas en el balcón y, oh no, ardillas tras la ventana del comedor. Ardillas que nada saben de sana distancia alguna ni de delta ni de ómicron. Caminando muy derechito por las alturas y resguardándose en los árboles que ya resienten los fríos del caminante invierno.

Qué vamos hacer con las ardillas, repite ella, al hacer memoria de la multiplicación de estos y otros mamíferos en los espacios urbanos.

Hace años leyó Libertad, la novela del norteamericano Jonathan Franzen donde una pareja muuuuuy ecologista, Patty y Walter Berglund, aboga en favor de unos pajaritos ante la degradación de la industria neoliberal contaminante. Petirrojos. ¿Por qué? “Porque ese pájaro me gusta. Es muy pequeño y bonito. Pesa menos que la falange de mi pulgar y va y viene cada año desde Sudamérica hasta aquí. Eso de por sí ya es una maravilla”.

 Algo así debería sentir con las ardillas, es pregunta, dice ella, mientras estas siguen ahí. En todo lo alto.

***

Ya una maestra, retomadas las clases presenciales, mandó a sus pequeños alumnos a investigar sobre ellas. Y ella, ya verás cómo investigábamos nosotros en mis tiempos, le prohibió a su hija entrar a internet para cumplir con la tarea.

Vete mejor a la papelería y pides una monografía de la ardilla, le dijo, así, una monografía de la ardilla. O una biografía, una de esas estampitas de seis por ocho (centímetros) donde los datos de la clase del día siguiente estaban contenidos, sucintamente, casi en su totalidad.

Sí, lo corroboró después la maestra, la tarea cumplida, la mejor del grupo. Una ardilla es un pequeño animalito perteneciente al orden de los roedores, unas doscientas especies, que habita prácticamente todas las regiones del mundo, excepto Australia, vaya a saberse el porqué, en apariencia inofensivo para el ser humano.

Que vive, retoma la narración de la hija, vocecita aguda, en pequeñas madrigueras, túneles y sitios muy oscuros donde se resguarda de sus depredadores y donde también almacena alimentos, bellotas, nueces, semillas, algunos insectos, guácala…, para sus temporadas de hibernación, coincidentes con los días de frío. Por ello su insistente presencia ahora, ¿entienden todos?

De pelaje oscuro, algo rojizo y otras más claras, las ardillas son nuestras amigas, dijo la maestra. Ahora vemos más, es cierto, pero siempre nos han acompañado en parques, Chapultepec, los Viveros de Coyoacán. ¿Han estado ahí? No son una fauna nociva, aun roedores como las ratas, sin embargo, debemos de tener mucho cuidado con ellas. No dejarles basura ni desperdicios de comida porque ellas no se quitarán de encima, como las ratas. Uy. Limpieza, palabra clave.

Avanzará el frío y las ardillas disminuirán su presencia en la gran ciudad, es la sentencia: antesala de la tranquilidad y cierto desencanto.

Sucederá con las ardillas…, pregunta ella, el minutero del reloj caminando sin pausa, donde un lugar debiera haber para las nerviosas visitantes que trajo la pandemia. (Alguien le dijo que por las calles de la Álamos, a media noche, se han visto familias de cacomixtle atravesar las calle, pero no lo cree).

Todo cuando ella, una nueva ardilla hurgando cada vez más cerca del balcón abierto, prosigue su lectura de Los vencejos, del español Fernando Aramburu, donde el protagonista central, Toni, un maestro universitario, ha dispuesto suicidarse, sí o sí, dentro de un año.

Convencido de que “no hay mayor fraude ético que la negación de la muerte”, el personaje aramburiano camina todas las mañanas a su trabajo, y en el recorrido confiesa: “Adoro los vencejos. Vuelan sin descanso, libres y laboriosos. A veces miro desde la ventana a unos cuantos que tienen sus nidos bajo las cajas de aire acondicionado del edificio de enfrente. Pronto emprenderán su vuelo vertiginoso anual. Si nada se tuerce y mi vida sigue por el camino trazado, aún estaré aquí la próxima primavera cuando regresen”.

Algo así se podrá hacer con las ardillas, imagina ella, a las que ya cree adorar.

***

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la-gualdra-510

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