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martes, 30 noviembre, 2021

Tiempo de gobernar con la sociedad

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Por: Carlos Eduardo Torres Muñoz •

Gobernar con la sociedad es la clave, sí, pero no bajo cualquier rumbo, sino uno que respete los límites de este modelo que ha significado el mayor avance civilizatorio en la configuración de un sistema político para la humanidad: la democracia constitucional
FOTO: LA JORNADA ZACATECAS

Cada vez resulta más evidente que nos encontramos en tiempos complejos, inmersos en un proceso de evolución social, política, científica e incluso ambiental, nunca antes vista en la historia de la humanidad. No solo resulta evidente, es ya una obviedad. Sin embargo, la conclusión de lo anterior no ha llevado necesariamente a los cambios en ciertas posturas, estrategias y formas, que pudieran esperarse, al conceder en tales antecedentes. Mientras la sociedad cambia rápidamente, y, por tanto, sus formas de relacionarse, comunicarse e incluso organizarse, lo hacen a un ritmo de velocidad, no siempre ordenada, los Estados y los gobiernos en particular, han dejado la batuta, con las consecuencias que todo lo anterior tiene: ingobernabilidad, inestabilidad, incertidumbre e inseguridad institucional. El mercado tampoco parece entenderlo del todo, aunque, dada su naturaleza lleva cierta ventaja, lo que también significa un problema para el Estado: cada vez hay nuevas dinámicas que aún no entiende y ya debiera regular.

¿Qué alternativas tiene el Estado, y en particular, los gobiernos para asumir tales retos? No hay que inventar tampoco el hilo negro, desde nuestra perspectiva, sino darle forma, sistematizar y consolidar, esquemas que se han venido promoviendo y discutiendo, desde hace cuando menos un par de décadas. La gobernanza, como propuesta que integra a la sociedad, ya no como actor pasivo, sino como agente en la toma de las decisiones públicas; el gobierno abierto, que utiliza los anteriores elementos y suma el uso de las tecnologías de la información al proceso de la gobernanza y, el buen gobierno, como un concepto que implica la profesionalización de la administración pública, a partir de la apertura institucional, la transparencia y el debido respeto al Estado de Derecho. Sin embargo, todo ello, de lo que se ha escrito y se seguirá escribiendo, parece a años luz de nuestra realidad. Lo cierto es que la crisis que enfrenta la democracia no hace posible un consenso tan aceptable como para configurar el acuerdo que hiciera falta para llevar a la práctica dichas ideas. Incluso, metas, como la de la profesionalización de la burocracia, han entrado en un debate que hace crisis en los avances que se tenían en la materia. Se trata de un lamentable círculo perverso: el que los gobiernos no se perciban eficaces y las instituciones capaces, provoca crisis en la democracia; que la democracia entre en crisis a su vez incentiva la polarización y ésta última impacta en la eficacia y capacidad de las instituciones y sus actores. El dilema de la política ha trascendido a un dilema de la democracia y del Estado mismo, sumido en un debate interno entre las opciones a seguir en un contexto como el que hemos venido describiendo.

Volvamos al punto: en circunstancias tan complejas como las que nos rodean, el Estado y los gobiernos, no tienen más que la alternativa de ceder a su sociedad la brújula, sin perder el rol rector de las transformaciones que vengan, a partir de consensos mínimos establecidos en la democracia constitucional: democracia liberal, derechos humanos, reglas claras que doten de certidumbre y seguridad jurídica a todas las personas, por citar las más claras.

Gobernar con la sociedad es la clave, sí, pero no bajo cualquier rumbo, sino uno que respete los límites de este modelo que ha significado el mayor avance civilizatorio en la configuración de un sistema político para la humanidad: la democracia constitucional.

@CarlosETorres_

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