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martes, 28 junio, 2022
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De partidos e identidades

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Por: LUCÍA MEDINA SUÁREZ DEL REAL •

Los resultados electorales de la última contienda no dejan mucho margen e interpretación. En este momento morena gobierna ya 20 estados de la República, aproximadamente el 60% de la población y si se cuenta a sus aliados, como el Partido Verde, en San Luis Potosí, y el PES, en Morelos, son 22 estados.
No hay en la historia de México una situación similar. Si bien hasta finales de los 80, todo México era territorio del PRI, la situación era distinta porque esa fuerza política nació en y con el poder, y luego lo fue perdiendo paulatinamente.
Morena en cambio nació en la oposición, y comenzó a gestarse cuando su líder moral renunció al partido que había presidido alguna vez y que lo había postulado en tres ocasiones porque el PRD se aprestaba a firmar el Pacto por México.
Con los años, pero sobre todo con los éxitos, han llegado muchos más de aquellos que iniciaron, y la mayoría de ellos, unos conscientes y otros a regañadientes, han tenido acatado la línea programática de ese partido.
Esto ha significado que a pesar del arribo de convencidos y camaleones, MORENA ha logrado permanecer con una identidad clara en el imaginario colectivo.
Sin duda en ello ha sido clave la fortaleza del liderazgo de López Obrador, y Morena tendrá el reto de permanecer cohesionado, con identidad y rumbo claro, más allá de la figura de ese líder moral que no deja de ser un simple ser humano.
Al otro lado de la acera el reto es mayor.
Aliado con sus anteriores “archienemigos” el Partido de la Revolución Democrática (PRD) dejó de ser la opción de izquierda para quien buscaba una vía electoral en esa ideología, lo que lo tiene ahora en su mínima expresión; muy lejos de las gubernaturas que alguna vez tuvo y de los más de 100 diputados que logró.
Hacer campaña y votar con la derecha deja a sus militantes, muchos de ellos valiosos, sin posibilidad de persuadir a quien en otro momento pudo haber simpatizado con ellos.
Nadie lo dice mejor que su dirigente nacional, un ex guerrillero, además, cuando afirma que dejaron de querer comer empresarios a querer comer con ellos.
Su aliado tiene una historia similar. El PRI ha sacrificado su identidad y construcción de marca en alianza con el Partido Acción Nacional que nació como su oponente.
El momento más claro de ello fue en la disyuntiva que planteaba la Reforma Eléctrica, en la que, en lugar de reivindicar su corte nacionalista, optaron por adoptar las ideas que dieron origen a Acción Nacional.
Con acciones como esa, tanto en los hechos, como en el discurso cedieron a Morena la posibilidad de asumirse herederos de la tercera transformación que a los tricolores había dado origen. Y no reparan en ello ni siquiera cuando convalidan este momento histórico-político y a sus protagonistas como “cuarta transformación”.
Queda pues en ese lado la predominancia del PAN que vive las dulces y las amargas de su victoria cultural. Y con ello se mantiene como la opción para quién comparte los conceptos políticos que ese partido defiende, así sea, a juzgar por los resultados recientes, una población minoritaria.
Esos resultados que evocan debilidad han hecho apetecible la fuerza electoral que pudiera aportar Movimiento Ciudadano, pero es justo ese partido el más consciente de la necesidad de construir identidad.
El reto no es menor porque se asumen oposición de un candidato al que postularon, y porque en él cohabitan actores de orígenes e ideas muy diversas entre sí.
En esta complejidad el partido tiene que digerir el casi natural reflector que jalan Enrique Alfaro en Jalisco o Samuel García en Nuevo León, cuyas virtudes y defectos serán endilgados a esa fuerza política.
Conscientes, quizá, de sus posibilidades electorales, el Partido del Trabajo se ha quedado aparentemente cómodo con su papel de aliado de izquierda. Mientras que el Partido Verde ha sabido hacer de su maleabilidad su principal virtud y ha logrado sobrevivir los últimos 20 años aliándose a la fuerza política predominante.
En términos generales, en esas condiciones, llega cada fuerza política, y comienza ya la lucha en un lado, y búsqueda en el otro, por encontrar al o la piloto o pilota que representen mejor esas identidades, y sean más congruentes con sus ideales.
Para unos, lo mejor será encontrar al que más se relacione con ellos, los otros buscan justamente al que menos se les parezca. Dos años nos quedan por delante, y aburrido no será.

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