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miércoles, 18 mayo, 2022
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Los ancianos y el desarrollo de la sociedad (1)

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Por: Jorge Humberto De Haro Duarte • admin-zenda • Admin •

La sociedad y sus ancianos

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Hoy día, la vida se manifiesta a una velocidad inconcebible. Todo se transforma sin siquiera tener conciencia de los cambios y los seres humanos deben adaptarse a transiciones vertiginosas donde el aprendizaje que forzosamente debe adquirirse para enfrentar circunstancias que eran difícil de vislumbrarse hacia el inevitable e impredecible futuro, debe también, adaptarse y desecharse ante nuevas demandas. La tecnología se ha desarrollado de tal forma que su avance ha superado la capacidad de asombro y por consiguiente, de adaptación. De pronto aparecen nuevas formas de vida derivadas de este fenómeno y, antes de que la población mundial en constante incremento pueda asimilar los cambios, se vuelven obsoletas para forzar a los seres vivientes del planeta a abandonar el presente sin disfrutarlo y siquiera voltear hacia atrás para adaptarse a un futuro en constante evolución.

Así es como ante este panorama, la expectativa de vida de los humanos se ha incrementado en todo el mundo y hoy, en México, es de alrededor de 75 años. Si tomamos en cuenta que hay aproximadamente 125 millones de residentes en el territorio nacional, entonces, la población económicamente activa (PEA) que es de aproximadamente 55 porciento, es decir, cerca de 70 millones de personas, aunque no pueda decirse que siquiera la mitad de ellas, desempeñen oficios bien remunerados, lo que arroja un constante conflicto en la capacidad para ocuparse en un empleo que genere salarios dignos.

Este fenómeno es un tanto disparejo con las personas denominadas de la “tercera edad”, es decir, la población que ha superado los sesenta años, que hoy día representa aproximadamente el 7.5 porciento del censo general, lo que significa que más de 9 millones de mexicanos son considerados dentro de esta categoría. Sin embargo, la población económicamente activa dentro de este rango de edad es de solo 3.5 millones, es decir, un poco menos del 40 porciento. La cifra nos indica que esta es la población que tiene la menor capacidad de ingreso dentro de todos los rangos. Si juntamos los tres últimos datos -población, PEA e ingresos- encontraremos que la combinación de resultados es la más desfavorable dentro de todos los niveles de edad de la población. Y el dato de omisión es el más dramático de todos, pues nos dice que casi seis millones de adultos mayores carecen de un empleo u oficio que les reditúe un ingreso, dependiendo en última instancia, de pensiones de jubilación o de programas de apoyo por parte de los gobiernos en sus diferentes niveles.

Además, dentro del presupuesto de egresos de las diferentes formas de administración pública, la población que tiene destinados menos recursos para cubrir con sus necesidades básicas es la de los mayores de sesenta años, la mayor parte del presupuesto de asistencia se destina al cuidado de los niños y de los jóvenes, destacando entre otros aquellos denominados como de “capacidades diferentes”, de centros de readaptación,  de rehabilitación o de madres solteras, por mencionar algunos casos.

Peor aún, dentro de las legislaciones mañosas de nuestras cámaras, la tendencia histórica de los últimos cinco sexenios ha sido la de escamotear los derechos laborales de los trabajadores retirados, que automáticamente son personas cercanas a los sesenta años de edad y mayores. Existe el agravante de que el Sistema de Ahorro para el Retiro (SAR), hasta ahora, no ha dado los beneficios que debiera estar aportando a todos aquellos que han llegado a la edad de retirarse, en términos globales.

Inicialmente, el gobierno de la Ciudad de México -antes Distrito Federal- dio origen a un programa de pensiones para ancianos desamparados que posteriormente el gobierno federal y casi todos los estados han tratado de imitar. Pero el beneficio final apunta más bien hacia las ventajas electoreras de los clanes grillescos que dominan el espectro político del país. Aún debe hacerse una evaluación histórica de estos programas. Pero más bien parece un programa de limosnas que otra cosa. Sin embargo, algo es algo.

Si a todo lo anterior, se agrega la marginación en que sobreviven los “viejitos”, en términos generales, dentro de los núcleos familiares, comunitarios y sociales, los resultados de este análisis son cercanos a la devastación. Difícilmente existe un núcleo de población que sobreviva en situaciones tan desventajosas que esos cerca de diez millones de habitantes que subsisten en pleno estado de marginación. A pesar de ser las voces más autorizadas para orientar al resto de la población sobre los derroteros a seguir para establecer pautas de convivencia y crecimiento dentro de un esquema sustentable, puesto que son quienes han acumulado la experiencia necesaria para opinar, con más conocimiento de causa, que cualquier otro sector de población, sobre la conveniencia de adoptar planes de desarrollo con más probabilidades de éxito. ■

 

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