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miércoles, 6 diciembre, 2023
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Acapulco: la emergencia.

■ Leonel Contreras Betancourt. Para el “Chac”, un guerrerense bien nacido.

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Por: LEONEL CONTRERAS BETANCOURT •

Tan rápido como sea posible es como se debe actuar en la reconstrucción y renacimiento del nuevo Acapulco.

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Apenas había pasado el ojo del huracán con su estela de destrucción. Cumplida la tarea de la conferencia mañanera del miércoles 25, el presidente de los mexicanos tomó la decisión de marchar a Acapulco. Lo haría, o lo intentaría, por carretera cuando la intensa lluvia todavía no amainaba y el clima no era el más favorable para viajar. Decidió lanzarse en una cruzada casi personal. Sólo acompañado por el chofer, quizá su guardia de seguridad y los secretarios de la Defensa y de Marina. ¿Qué le llevó a hacer esto? ¿Un fugaz golpe de audacia, una temeraria ocurrencia o las prisas por estar en el lugar del siniestro, evaluar a vuelo de pájaro los daños catastróficos y girar las primeras instrucciones para el auxilio de la gente? No lo sabemos o no lo sé. El caso es que resultó ser un viaje por demás accidentado y pudiera decirse que hasta frustrado así halla llegado a su destino.

Atascado al salirse de la carretera obstruida con troncos, piedras y lodo de los derrumbes, y acongojado dentro del Jeep militar; vimos la imagen del presidente López Orador que él no quisiera saber nunca de ella. Es esta escena con la que la prensa que no lo quiere y sus adversarios se han estado cebando, después de su intento arrebatado por querer llegar a reunirse con los damnificados de Acapulco. Sus malquerientes declararon tras conocer este desafortunado pasaje, que esas imágenes representan “la forma ultrapersonal de gobernar”, (RRP, dixit.). Un reflejo de su acendrado ego e incurable narcisismo.  

Lo ocurrido en la hermosa bahía y sus alrededores, la madrugada del miércoles 25 de este octubre, con la llegada rugiente e infernal del huracán Otis, resultó un desastre que se está tornando en una tragedia social. Devastado como nunca antes se había visto, Acapulco y los guerrerenses afectados por el siniestro requieren de los mexicanos, como uno solo, al lado del gobierno, es hora de que brindemos nuestro desinteresado apoyo y solidaridad para que se vuelva a poner de pie. Cebarse con la desgracia y culpar al presidente de no haber evitado la desgracia, raya en la perfidia. Pero tan malo es que la prensa y opinocratas se ceben contra el titular del ejecutivo como que éste les revire con calificativos. Unos buscan lucrar desprestigiando y acusando a Obrador y éste dividiendo y polarizando más a la opinión pública cuando lo que debería hacer es erigirse y actuar como estadista. Caer en la provocación y entrar a una disputa de dimes y diretes con sus adversarios da la imagen de un presidente, que más que representante del Estado mexicano, se asume como el líder de su Partido. No es hora de la lucha partisana sino de la unidad y la acción por las mejores causas para buscar superar y revertir la tragedia de los guerrerenses.

Contra Otis y la fuerza de la naturaleza, poco se podía hacer. La destrucción material y la devastación del Puerto eran inevitables. Se pudieron ahorrar pérdidas humanas si el fenómeno hubiera dado tiempo para la evacuación y el traslado a los refugios. Se preveía que llegara a cierta hora y se adelantó. En seis horas pasó de ser tormenta tropical a huracán categoría 5. Aún si se hubiera procedido a la evacuación y resguardo 12 o 24 horas antes de que tocara tierra, ¿en que albergues se habría resguardado a un millón de personas? Otis fue un fenómeno atípico por la fuerza y la rapidez con la que llegó.

Por lo demás, y esto no debe servir de consuelo; Acapulco ya estaba desbastado. Teniendo por gobernadora a una joven inexperta y con pocas tablas en la política, aunque electa por la mayoría que la votó, llegó al cargo como resultado del capricho del presidente luego de que el INE le tumbó la candidatura de su leal y favorito, el padre de la gobernante local, a quien apodan el “Toro sin cercas”. Quien, por cierto, ya había gobernado la ciudad siniestrada. Desde antes, con él como autoridad del paradisiaco y ya decadente puerto y posterior a él, el clima social se había venido deteriorando y agravando por la presencia de los grupos de la delincuencia organizada dedicados además del trasiego de drogas, a cometer un sinfín de delitos y de erigirse en un Estado paralelo mediante el cobro de impuestos como el derecho de piso.

Ante la desgracia ocasionada por la tragedia de Otis, no queda más que actuar. Habrá que empezar por fijar las prioridades. Primero atender las defunciones y seguir buscando a los desaparecidos y enseguida auxiliar a los pobladores con agua y alimentos. El servicio eléctrico y el abastecimiento de gasolina al parecer están ya casi resueltos. Pero si no se quiere que tras el siniestro sus habitantes sean presa del dengue, colera, el hambre y el pillaje extendido y generalizado, habrá que actuar.

Levantar a Acapulco, implica no sólo la reconstrucción de su infraestructura urbana, también hay reconstruir el tejido social y acabar con la inseguridad. Devastado ya estaba. El turismo del que dependen sus pobladores y el 80% de la economía de todo Guerrero, debe regresar lo más pronto posible. Rápido, pero también con buen modo. Bien hecho.

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