Un hombre que escribe sobre mujeres. Vaya paradoja. Pero, efectivamente, aprovecharé este espacio para hablar del Día Internacional de las Lesbianas, que se conmemora cada 8 de octubre.
Cuando estudiaba la licenciatura en Letras, Marcela Gándara, entonces profesora mía, nos increpó con una pregunta: ¿cuántas escritoras habitan sus libros? Vaya cuestionamiento. Pocas eran las mujeres dentro de mis estantes y, desde entonces, me propuse adquirir más lecturas femeninas. Aquella pregunta me permitió reconocer una ausencia que hasta ese momento había pasado inadvertida.
Algo semejante sucedió durante mis andanzas lectoras, cuando comencé a interesarme por la historia de las disidencias sexuales. Encontré que buena parte de los relatos sobre la liberación homosexual concedían mayor protagonismo a los hombres. Debo ser franco: hasta en los márgenes somos los hombres quienes nos atrevemos a apropiarnos del escenario y desplazar a las mujeres.
En el activismo sucede una tensión similar. Parte de ello, considero, reside en las diferentes experiencias que habitamos. Las luchas, los procesos de organización y las vivencias particulares han configurado espacios de participación que no siempre convergen. Incluso dentro de una misma comunidad persisten desacuerdos, jerarquías y disputas por la representación. He presenciado encuentros fructíferos y desencuentros difíciles de conciliar. Tampoco pretendo generalizar una brecha ni asegurar una perfecta unión.
El 8 de octubre, como fecha de conmemoración lésbica, tiene antecedentes cuya reconstrucción histórica todavía presenta algunas incertidumbres. Se le relaciona con las movilizaciones de mujeres lesbianas en Nueva Zelanda durante 1980 y con las celebraciones organizadas en Melbourne, Australia, en 1990. Su posterior circulación internacional permitió establecer una jornada dedicada al reconocimiento de la cultura, las experiencias y las luchas de las lesbianas.
Y siempre es fundamental la memoria. México tiene precedentes decisivos para el movimiento de liberación homosexual precisamente en las mujeres lesbianas. Nancy Cárdenas, escritora, directora teatral y activista, participó en los primeros esfuerzos de organización política durante los años setenta. Posteriormente surgieron agrupaciones como Lesbos, en 1977, y Oikabeth, en 1978, esta última vinculada con el trabajo de Yan María Yaoyólotl Castro. Su presencia en las movilizaciones de aquel año y en la primera Marcha del Orgullo Homosexual de 1979 forma parte de una historia que todavía merece mayor atención.
Aquellas mujeres discutieron la sexualidad, la autonomía y las relaciones de poder desde sus propias experiencias. Sus debates también alcanzaron al feminismo y a los movimientos homosexuales, donde encontraron alianzas y contradicciones. Recuperar sus nombres permite comprender que la historia de la disidencia sexual mexicana tuvo distintas voces desde sus primeros años de organización.
En Zacatecas he conocido dos territorios que, aunque estrechamente relacionados, merecen algunas precisiones: el lésbico y el sáfico. El primero remite a una identidad afectiva, sexual y política asumida por mujeres que sienten atracción por otras mujeres. El segundo recupera el nombre de Safo, poeta de la antigua Grecia originaria de la isla de Lesbos, y suele emplearse para referirse a un campo más amplio de experiencias afectivas y eróticas entre mujeres, incluidas aquellas que se identifican como bisexuales o pansexuales. Sus fronteras son flexibles y dependen también de las formas en que cada persona decide nombrarse.
A pesar de mi homosexualidad, de mi participación en el activismo y de mi trabajo como investigador, reconozco que todavía me falta comprender muchas de estas experiencias. He aprendido que la cercanía con una comunidad tampoco garantiza conocer su diversidad interna.
Estas reflexiones me llevan a recordar a algunas mujeres cuyo trabajo he podido conocer en Zacatecas. Pienso en María Elena Ortega Cortés, cuya trayectoria feminista y política incluye la defensa del matrimonio igualitario y la presentación de iniciativas legislativas; en Paz Barrón Delgado y los años dedicados a la organización del movimiento para el soporte de las marchas; en Yurynova Fibela Esparza y su trabajo universitario por la diversidad y la inclusión; y en Sonia Félix Cherit, cuya trayectoria artística y feminista ha abierto espacios de encuentro y reflexión.
También recuerdo a Paloma Lizardo y Diana Márquez, quienes han llevado las experiencias lésbicas y sáficas al terreno de las artes visuales. A ellas sumo a Vianey Raudales, cuyo trabajo con las juventudes y la diversidad sexual he tenido oportunidad de conocer.
Las menciono porque, de algún modo, he podido conocer sus trayectorias, escuchar sus inquietudes y observar parte de su trabajo. La vida me ha permitido convivir con ellas y encuentro en esta conmemoración una oportunidad para expresarles mi reconocimiento. Desde luego, sus experiencias y posiciones son distintas, como distintos son los espacios desde los cuales han contribuido a las discusiones sobre las mujeres, la diversidad sexual y los derechos humanos.
Hay muchos más nombres. En la academia, en el gobierno, en los medios de comunicación, en las empresas zacatecanas, en la educación y en los espacios comunitarios. Mujeres que llevan décadas organizándose y otras que comienzan a construir sus propias redes. Reconozco las omisiones de esta breve relación. La memoria también tiene sus limitaciones, particularmente cuando la escribimos desde nuestras propias cercanías.
Según la Encuesta Nacional sobre Diversidad Sexual y de Género de 2021, elaborada por el INEGI, en Zacatecas se estimaron 75,267 personas de 15 años y más que se identificaban como parte de la población LGBTI+, equivalentes al 6.4 por ciento de ese grupo de edad. Sin embargo, la información publicada para las entidades federativas no permite conocer cuántas de ellas se identifican específicamente como lesbianas. Esa limitación estadística también merece nuestra atención.
Reconocer la memoria histórica resulta indispensable. También debemos discutir las condiciones materiales de la vida cotidiana: el acceso a la salud, a la educación, al empleo, a la vivienda, a las artes y a la cultura. Las mujeres lesbianas y sáficas enfrentan realidades atravesadas por la edad, la posición económica, la procedencia territorial y sus propias relaciones familiares y comunitarias. Queda mucho por investigar sobre esas experiencias en Zacatecas, especialmente fuera de los espacios que han concentrado nuestra atención pública.
Regreso, entonces, a aquella pregunta que Marcela Gándara nos hizo en la universidad. Pienso en las mujeres ausentes de mis primeros estantes y en todas aquellas que todavía faltan en nuestros archivos, investigaciones y relatos sobre la diversidad sexual zacatecana. Me interesa que las nuevas generaciones puedan encontrarlas, leerlas, discutirlas y reconocer lo que hicieron antes de que nosotros llegáramos.
Que vivan las lesbianas y el safismo.



