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lunes, 20 mayo, 2024
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Por: Fernando Cuervo* •

La Gualdra 341 / Séptimo Aniversario Gualdreño

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Siempre dudé hasta que ocurrió lo de esa noche. Al llegar, azotó la puerta y todos nos quedamos en silencio. ¿Están listos? dijo mientras sus ojos nos repasaban uno a uno. Su boca estaba seca y el olor a tabaco llenó la habitación. Los demás me vieron como si yo tuviera la respuesta. Siempre lo hacían porque eran unos idiotas. Jamás comprendieron qué es lo que hacíamos y el por qué. Sólo llegaban, dejaban sus chamarras, encendían su respectivo cigarro con el mío y se contaban chistes de mal gusto.

            —¿Tú qué crees? ¿Que nos da miedo? Por algo estamos aquí ¿no? —dije mientras los demás asentían cabizbajos.

Está bien, nos dijo. Vayámonos.

Escogimos el callejón más alejado. Tres de un lado y dos del otro. ¿La tienes? Murmuró al mismo tiempo que rechinaba los dientes. Sí, respondí. La saqué, resplandecía con el cañón aún limpio.

            —Jálale cuando quieras —gritó mientras extendía los brazos en forma de cruz.

Vi sus ojos llenos de ira. Me estaba retando y por primera vez tuve miedo de su presencia. Sin embargo, la duda creciente de esos días no podía soportarla más. Como una canción llena de ruido y euforia. Recordaba todas sus palabras en las reuniones y cómo nos había convencido. Llegué incluso al momento en que lo vimos por primera vez, aquel bar y sus tatuajes extraños. Y la recompensa. Todo a la vuelta de la esquina, tan cerca de mí…

Una ráfaga de siete disparos atravesó su cuerpo como siete relámpagos en la noche fría. Todos corrieron excepto yo. Me quedé unos segundos más. Me acerqué, no vi la sangre, pero lo que jamás olvidaré serán sus ojos: abiertos y más rojos que nunca. A la siguiente semana recibí el dinero y el mismo revólver cargado con las siete municiones intactas.

* Puebla.

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