México Lindo y Podrido… y Zacatecas otro tanto Violencia de género. Un grito desde los Altos de Chiapas, de una mujer zapatista (parte 2)

México Lindo y Podrido… y Zacatecas otro tanto Violencia de género. Un grito desde los Altos de Chiapas, de una mujer zapatista (parte 2)

En tiempos tan complejos como los que vivimos actualmente, metidos en el aislamiento de nuestra privacidad y con el mínimo contacto con el mundo exterior, realmente no tenemos a que aferrarnos dentro de esta que se ha vuelto una compleja y complicada existencia. Algunos tienen la fortuna de aferrarse a la fe que por lo que se ve ya pocos conservan, aunque es sin lugar a dudas una gran ayuda sobre todo en momentos difíciles como los que vivimos, mientras que otros, muchos, la gran mayoría se asoma a los medios masivos de comunicación, electrónicos o impresos – pero siempre vía digital – donde no todo lo que se dice es apegado a la verdad, y la verdad – si es que existe – tenemos que buscarla en otros horizontes, tendríamos prioritariamente que asomarnos al fondo de nosotros mismos, a nuestro interior, llámenle como quieran alma, subconsciente – que claro no es lo mismo – con el objetivo de aprovechar estas largas horas de soledad para conocernos mejor y para aceptar lo malo que existe dentro de nosotros – no solo lo bueno o positivo – e intentar en la medida de lo posible modificarlo sin que ello dañe nuestra propia naturaleza.

Existen quienes – supongo que es una minoría – viven solos, algunos de ellos solamente acompañados de sus pensamientos y de su propia historia. Existen otros – supongo que son mayoría – que conviven con familiares cercanos, con la esposa o esposo, y con algunos hijos, y son claro tiempos de afinar la convivencia evitar los roces y apreciar mejor lo que tenemos al lado – porque podemos perderlo – Sin embargo la convivencia es difícil, sobre todo si existe alguno que se sienta superior y, peligrosa cuando este personaje resulta ser un típico macho mexicano y es ahí donde se da la violencia de genero casi siempre – pero no exclusivamente – donde la víctima es la mujer quien sigue no solo al pendiente de la tarea de los hijos que vía digital se vuelve más compleja, sino la encargada de cocinar, limpiar y hasta sanitizar el hogar mientras el marido sentado solo observa pasivamente la televisión y excepcionalmente contribuye al bienestar del hogar del que también forma parte y al que también está obligado.

Son tiempos de asomarse a los libros y existen toneladas de ellos – por decirlo metafóricamente – dentro del mundo digital, hace unos días pedí vía Amazon un par de libros pero me contestaron que tendría que esperar por que entregar libros no era esencial dentro del escenario de la pandemia ¿Cómo es que no va a ser esencial? No entiendo el mundo en que vivimos, y claro los jóvenes hartos de la circunstancia comienzan a salir desprotegidos ellos mismos y desprotegiendo a los demás, como si no pasara nada, y el futuro sigue incierto entre las noticias falsas o verdaderas ¿? Y la información oficial, que casi siempre son contrapuestas, y por otro lado las redes sociales que nos confunden aún más.

Son tal vez tiempos de asomarnos a lo que yo entiendo – por qué lo conozco y lo he vivido – el paraíso terrenal, el paraíso en la tierra, los municipios autónomos, aquellos conocidos como caracoles, donde el yo ha sido desterrado como concepto por el nosotros, donde nada es más importante que el bienestar de la comunidad, donde todos trabajan para lograrlo, donde no reciben ayuda – ni la piden ni la requieren – del Gobierno que sienten como ajeno y casi como enemigo, donde no pasan hambres como otras muchas comunidades indígenas, donde se vive el espíritu del Zapatismo que México y el mundo conoció el 1 de enero de 1994, día que Salinas de Gortari nos mintió como inicio de nuestro país dentro del primer mundo.

Estas palabras que siguen son el complemento de las que les hice llegar hace apenas una semana, son el grito de las mujeres zapatistas desde los Altos de Chiapas.

“Y mira, lo que te voy a decir, lo principal nos lo ensañaron las compañeras de las comunidades zapatistas. Porque luego también nosotras somos culeras que pensamos que estamos mejor, o que sabemos más, o que no estamos tan jodidas, y entonces queremos darles clases de feminismo, enseñarles a luchar por sus derechos. Esas son mamadas. No tenemos nada que enseñarles por muchos libros, o por muchos tuits, o por muchas mesas redondas, o encuentros. Y las compañeras, cuando vamos o cuando vienen, no nos vienen a decir que hacer, ni nos critican, ni nos malmiran, ni nos malhablan, como dicen ellas. ¡Nos hablan y nos dicen que quieren aprender! Dime si no te jode eso. Si nosotras no tenemos nada que enseñarles. Ellas nos dicen, con su lucha propia, con su historia, que cada quien a su modo. Cuando nos cuentan sus historias nos dicen “así hacemos nosotras pero cada quien su modo”. Lo más cabrán es que con su lucha, nos cuestionan, nos preguntan, nos dan un madrazo de esos que se agradecen, porque nos avientan un “¿y tú que?” que te da para abajo y que te da para arriba, de una forma que olvídate del síndrome premenstrual.

Lo que nos hiso que a mí, y creo que a otras, acercarnos al zapatismo, no fueron las compañeras. O si también las compañeras zapatistas. Y no por que quisiéramos ser como ellas. Pero ni modo, también tienen que ver los pinches compañeros zapatistas.

Lo que pasa es que el zapatismo es bien cabrán, porque te hace que quieras ser mejor, pero sin dejar de ser lo que eres. No te digo que te vayas a vivir a una comunidad, ni que aprendas su lengua, ni que te tapes el rostro, ni que dejes tu familia, ni que abandones todo y te subas a una montaña con las insurgentes o donde quiera madres que estén. Te dice y te pregunta: “aquí estamos nosotras haciendo esto aquí, ¿Qué estás haciendo tu allá?” y el zapatismo no anda con mamadas que gorda, que flaca, que alta que chaparra, que prieta que güera, que fresa que reventada, que vieja, que joven, que savia que ignorante, que campesina que ciudadana.

Y créeme que no hay amor más cabron que ese, que te respeta, que te ama justo como eres, pero que te envenena porque al mismo tiempo hace que quieras ser mejor persona, mejor mujer. No te lo exigen, no te lo dicen. Vaya, ni siquiera te lo insinúan. Y ahí está lo jodido, porque esas ganas nacen de ti misma. Y no hay nadie a quien reclamarle, ni a quien darle cuentas, sino al pinche espejo. Y no podemos echarle la culpa a los pinches hombres, o al pinche sistema, o a las condiciones, o a la chingada. Es bien, pero bien cabron, porque te avienta encima de todo, o sea que te obliga a que te hagas responsable de ese amor. No te deja ni un pinche rincón donde esconderte. Pinche Zapatismo.

Y díganle a los pinches hombres que vallan y chinguen a su pinche padre, si su padre, porque su madre no tiene la culpa de que sean tan pendejos. Y díganle a las compañeras que… que… mira, yo no soy creyente, pero no encuentro otra expresión para decirles lo que pienso, así que diles que… que las bendiga Dios, que espero algún día no estar frente a ellas, sino a su lado, y no sentir que la vergüenza me arde en el pecho. Que espero que llegue el día, en que cuando me digan “compañera”, sea porque lo soy. Y ya, porque tengo que ver lo de los Tercios Compas, y hacer lo de la revista, subir los comunicados a la página, la grabación, la revisión del texto, la artesanía, ir a la reunión, a la chamba, al jale, al trabajo, a la lucha, siempre a la lucha.
Ah, y dile al gato-perro que si vuelve a orinar la silla, me va a oír.

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