Glocalidad

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Casi cada semana tenemos un país-utopía nuevo, uno que solución la pandemia del Covid-19 de forma casi mágica, con pocos contagios, pocos muertos y pocos costos.

Esto comenzó incluso antes de que México entrara en emergencia. Apenas existía nombre para la enfermedad producida por el virus Sars-Cov-2, y comenzaban a saberse de unos cuantos casos importados en este país, cuando algunos ya llamaban al cierre de fronteras, a la interrupción del tráfico aéreo, expulsión de turistas y migrantes, y algunas medidas más que rayaban en la violación de los derechos humanos.

No pocos países fueron radicales en estas acciones, Estados Unidos por ejemplo impidió los vuelos provenientes de Europa, un continente a cuyos habitantes ni siquiera les pide visa, como a los mexicanos.

Entre el pánico, el síndrome de Malinche y la xenofobia latente, pronto surgió en México el clamor para hacer lo mismo pese a que los expertos advertían que la medida de poco serviría en un mundo globalizado como este.

Hoy hemos visto que ni tan radical medida con todos sus costos económicos y sociales pudo frenar el que el vecino del norte se convirtiera por un tiempo en el epicentro de la pandemia llegando a tener un tercio de los casos, y un número de muertos que supera el que ese país vivió en la guerra de Vietnam.

Cuando la realidad alcanzó a Estados Unidos y España e Italia ya se encontraban mal, hubo quien consideró ejemplar a Alemania, cuyo número de muertos por covid-19 es bajo en relación con su número de contagios y en comparación con el resto del mundo.

No obstante, tomarlo como modelo a seguir teniendo 170 mil casos con una población de 83 millones de personas es cuando menos precipitado.

Oriente que tan poco conocemos y sin embargo tanto nos fascina, no podía estar fuera de esa ansiedad por encontrar el modelo a seguir.

Corea del Sur ganó los reflectores con sus notables estadísticas que dan cuenta de un aparente éxito en el control de la pandemia. Sin embargo llama la atención que esto se atribuyera sin mucho fundamento al número de pruebas de covid-19 que realiza.

En un análisis un poco más profundo podían escucharse otras explicaciones, como el sistema de control gubernamental sobre los ciudadanos, la disposición a la disciplina social de sus habitantes, su priorización del bien común sobre el bien individual, la facilidad para controlar el aislamiento social y dar seguimiento a los enfermos gracias a la tecnología, etcétera.

Pese a sus medidas poco convencionales, o quizá por ellas, algunos creen que el modelo a seguir es Suecia, quien dentro de su región ha sido uno de los países con un confinamiento más blando, y prácticamente nulo. Si bien sus 24 mil casos no parecen ser una cifra alarmante en comparación con España o Italia, tampoco resultan pocos si se les compara con los 5 mil 673 que tiene Finlandia, o los 3 mil 178 que tiene Hungría.

El presidente ruso Vladimir Putin, habitual centro de mitos y teorías conspiranoicas no hace mucho era el protagonista de notas en redes sociales que hablaban de una supuesta victoria total frente al covid-19 gracias a medidas como el cierre de fronteras. Hoy sin embargo tiene más de 10 mil casos de contagio diario en una población de 145 millones de personas.

Reino Unido, cuyo ritmo en la pandemia se asumía similar al de España es el segundo país con más muertos por covid-19 en el mundo, ya superando a Italia, quien reflejaba una situación de catástrofe hace apenas un mes, y hoy parece ya de salida.

Ávidos de referentes, es inevitable hacer comparaciones de la situación de cada país, aunque estas resulten imposibles.

En el mejor de los casos, como en líneas anteriores, estas comparaciones se hacen en función de sus poblaciones, lo que a botepronto podría parecer justo, pero que con toda honestidad hemos de aceptar que no lo es.

El número de habitantes no hace ni de lejos comparable a un país con otro, pues a ese dato tendría que agregarse en el análisis la densidad poblacional, y si se le busca otros datos como edad promedio, condiciones de salud, de transporte, cuestiones educativas, culturales, laborales, de tecnología, y un largo etcétera que nos deja fuera de toda aseveración seria a los neófitos en el tema.

Esto, aunado a la situación permanentemente fluctuante de la pandemia, anula casi toda probabilidad de encontrar el cruce perfecto entre el dónde y el cuándo que nos permita dar con la receta mágica para enfrentar la epidemia.

No nos queda de otra, es momento de suspender las filias y las fobias, y de entender que este fenómeno, quizá más que ningún otro en la historia, nos obliga a pensar de forma global y actuar de forma local. ■

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