La inevitabilidad del progreso

La inevitabilidad del progreso

Una epidemia acontece cuando, en una población que habita una cierta región, “el número de casos de una enfermedad infecciosa excede claramente la frecuencia esperada” (J. Rey Calero (1989) “Método epidemiológico y salud de la comunidad” Interamericana, Madrid). En el artículo “Epidemic”, de la catorceava edición (1929) de la enciclopedia británica, la explicación es más dramática y mejor: “significa la aparición repentina de una enfermedad infecciosa, cuya incidencia crece hasta un pico con mucha o poca rapidez para, a continuación, declinar con lentitud”. Después del artículo citado viene, en la misma referencia, un artículo acerca de la epidemiología en el que aparece, en letra pequeña, el siguiente comentario: “la teoría del curso de una epidemia, sin embargo, como guía para la solución del problema no ha resultado, desafortunadamente, tan fértil como se esperaba”. Los autores del comentario son John Brownlee y Major Greenwood , expertos en estadística y epidemiología ingleses. Alrededor de 1928 había escépticos respecto a la utilidad del conocimiento de las leyes que rigen el movimiento objetivo de las pandemias, y aún hoy existen los que consideran que las políticas públicas para manejar la salud de la comunidad no son las adecuadas porque acatar sin crítica el confinamiento es asumir la subordinación (e.g.“La amenaza real” de Gustavo Esteva, La Jornada 20/04/2020). Hay en todo esto una discusión de fondo que trataremos de sacar a la luz. Podemos concebir a las pandemias como un proceso social, resultado del encadenamiento y ramificación de la interacción entre un infectado y un susceptible, por lo que, si recordamos que ese proceso está definido por leyes de evolución expresables matemáticamente, concluiremos que algunos fenómenos sociales son, después de todo, explicables desde una metodología científica. Tal es el sentido que, para Foucault (en “El nacimiento de la biopolítica”), posee el termino “biopolítica”: la biopolítica es el manejo científico de las poblaciones humanas, el control de los nacimientos, las muertes, la reproducción, la salud vistas desde un punto de vista estadístico. Y acontece como una de las estrategias del pensamiento liberal para limitar la acción estatal, la otra estrategia es la teoría económica neoclásica y su progenie. Consecuencia de lo anterior es que la toma de decisiones basada en la estructura jurídica y política del Estado se torna irrelevante, porque sólo desde la perspectiva científica son manipulables los parámetros poblacionales. Cuando López Obrador desafiaba a su “equipo científico” e invitaba a la población a salir, abrazarse y asistir a restaurantes, vindicaba la razón estatal antiliberal del siglo XVIII, cuando por fin decidió que los científicos tomarán las decisiones, se operó un viraje hacia la estrategia biopolítica de contención estatal. Bolsonaro, en Brasil, despide a su ministro de salud para demostrar que el antiliberalismo sigue vigente y el Estado puede llegar a ser todo, o casi. Hay en todo esto un rejuego entre las dos estrategias liberales, por un lado, a los que critican la mercantilización de todos los aspectos de la vida humana, y utilizan la pandemia para diagnosticar un fracaso del mercado porque no proveyó de servicios médicos a toda la población, se les responde con la heroica gesta de la epidemiología (i.e. la biopolítica) que salva vidas mediante la delicada docimasia del periodo de confinamiento para permitir que un perimido sistema de salud funcione, por el otro, quienes se oponen a la biopolítica no ofrecen nada mejor que el “ordoliberalismo” alemán al solicitar mejores sistemas de salud, seguro de desempleo, planes de edificación de viviendas etcétera. Aquí cabe una cita de Foucault: “(el liberalismo) constituye, y esta es la razón de su polimorfismo y recurrencia, una herramienta para la crítica de la realidad: crítica de la gubernamentalidad previa de la que uno quiere liberarse, o de una gubernamentalidadpresente que uno quiere reformar y racionalizar al reducirla, o, en fin de una gubernamentalidad a la que uno se opone y cuyos abusos quiere limitar”. Hoy por hoy el consenso está en pensar desde alguna de las muchas posiciones del espectro liberal, incluso desde aquella que trata de hablar a partir de la condición social en la que se ubican millones de personas sin hogar, sin trabajo, en la informalidad o los márgenes de lo social. La última estrategia de la biopolítica, manejada por Boris Johnson en un primer momento, va pareja con la libertad de mercado porque, así como este se autorregula sin necesidad de la intervención estatal, aquella puede prescribir la regulación del crecimiento poblacional a través de las pandemias. Que sobreviva el que haya de sobrevivir, aunque esos sean los que mejores hábitos de vida tienen, o poseen abundantes reservas de capital. En la presente situación, sea coyuntural o no, vemos a los líderes políticos en movimiento a lo largo de las diferentes posiciones del espectro liberal, ocupando una para desecharla debido a la rapidez con la que cambian el número de muertos, los precios del petróleo, el índice de desempleo, buscando acomodarse a la que le rinda los mayores dividendos para cuando pasen la pandemia y la recesión económica. Esa agitación, compartida por todos los que comentamos, indica una incapacidad: la de imaginar una sociedad distinta a la que habitamos. ■

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